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Excepciones en una plaza casi desértica

Los bares y comercios de las zonas más turísticas lamentan la acusada falta de viajeros. Son pocos, pero todavía quedan algunos que se animan a visitar la capital aragonesa

La oficina de turismo de la plaza del Pilar.
La oficina de turismo de la plaza del Pilar.
José Miguel Marco

En la plaza del Pilar, encontrar a alguien mapa en mano y cámara al cuello es casi como ver una rara avis. Algo que era lo más común hace tan solo unos pocos meses se ha vuelto ahora, en esta extraña y nueva realidad marcada por la pandemia, en motivo de sorpresa. Sin embargo, aunque sean pocos, siguen quedando turistas que se animan a visitar, sin miedo pero con precauciones, la capital aragonesa.

Ayer, unos minutos después de las once, en el centro de la ciudad nada dejaba entrever –más allá del calor– que se trataba de un día en plena época vacacional. No obstante, si se observaba con ojo agudo, era posible cazar in fraganti a algún visitante que acudía a informarse a una oficina de turismo.

En esas estaba Ana del Molino que, junto a su hija, se dirigía decidida hacia la Basílica del Pilar. "Vamos con prudencia pero estamos tranquilas, después tenemos una visita programada a la Aljafería", contaba. El viaje se trataba, eso sí, de una parada en el camino entre Barcelona y Salamanca y no se alargaría más allá de unas pocas horas. Susana Gabaldón también acababa de llegar a Zaragoza junto al resto de su familia. "Somos de Lleida y hemos venido a pasar el día, no nos quedaremos a dormir", explicaba. "No tenemos miedo", sentenciaba.

Pese a estas raras excepciones, lo cierto es que la plaza del Pilar presentaba un aspecto de lo más atípico para tratarse de mediados del mes de agosto. Los trabajadores de los bares y comercios de la zona son quienes mejor pueden dar fe del drama que supone para la economía esta pérdida de viajeros. "Hay demasiada diferencia. Esta zona la mueve el turismo y el año pasado teníamos la terraza llena. Ahora, está vacía", denunciaba Tatiana Castaño señalando hacia el exterior del restaurante Punto y Coma, en el que es camarera.

A unos metros de distancia, en la tienda de 'souvenirs' La Mañica, el panorama era el mismo. Soraya Torres, una de las dependientas, indicaba que el bajón de clientes era tal que han pasado de contar con siete empleadas por estas fechas a ser solo dos. "Estamos mal, se nota que no viene gente de fuera –declaraba–. Ahora nos compran sobre todo personas que han venido para ver a la familia". 

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