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Zaragoza

La vida en tiempos de pandemia: Calor de hogar para prostitutas

Gervasio Sánchez se centra en cómo está afectando a las mujeres que acuden al Centro Fogaral.

R., embarazada de nueve meses, muestra la ecografía a la directora Marta Jiménez mientras la trabajadora social Victoria Calvo atiende a otra mujer
R., embarazada de nueve meses, muestra la ecografía a la directora Marta Jiménez mientras la trabajadora social Victoria Calvo atiende a otra mujer
Gervasio Sánchez

Un 44% de las mujeres son de Guinea Ecuatorial, un 19% nigerianas, un 7,5% colombianas, casi un 7% rumanas, un 6% brasileñas, un 5,5% españolas. También hay dominicanas, nicaragüenses, guatemaltecas y de otras nacionalidades. Sus edades varían entre los 19 y los 64 años, aunque la mayoría pertenecen al bloque que agrupa a las que tienen entre 26 y 44 años. La situación administrativa de casi la mitad de las 240 mujeres es irregular, es decir, carecen de papeles, de permiso de residencia y trabajo, de opciones laborales para subsistir.

Acuden al Centro Fogaral, que significa ‘calor de hogar’ en aragonés, porque posiblemente es el único lugar donde reciben sonrisas, besos y abrazos (antes del confinamiento) y son tratadas sin arrogancia y con dignidad. Porque la prostitución "no es una elección tomada libremente sino un destino al que se han visto abocadas", como se explica en este proyecto. Porque la vida, a veces, es un puente sin barandillas por el que es difícil caminar sin caerse al abismo.

Hace más de 30 años varias congregaciones religiosas decidieron abrir este centro de acogida para prostitutas en la capital aragonesa y Cáritas se encargó de seleccionar al personal. "Pueden tomarse un café o darse una ducha, cargar el teléfono o echar una cabezadita sin que nadie las moleste", explica la directora y pedagoga Marta Jiménez, responsable del proyecto desde 1994 y de un equipo formado por tres trabajadoras sociales, una educadora social, 15 voluntarias como la periodista Nuria Gironella, y el único hombre, también voluntario y encargado de temas de administración.

Llegan con la autoestima por los suelos porque se sienten gordas, sucias (...) las siguen tratando como prostitutas cuando van al comprar

"Vienen buscando apoyo económico, orientación para regularizar su situación administrativa. Intentamos que participen en talleres de aprendizaje que les inserten social y laboralmente aunque la falta de tiempo (muchas horas en la calle o en el club) lo hace muy complicado", cuenta la trabajadora social Victoria Calvo, con 32 años de experiencia en Cáritas.

"Una prostituta, aunque no tenga papeles, sí tiene derechos. Si se siente acosada o ha sido violada podemos acompañarla a que haga la denuncia", comenta la directora. "Algunas llegan con la autoestima por los suelos porque se sienten feas, gordas, sucias, las llaman negras en cualquier esquina o las siguen tratando como prostitutas cuando van a comprar naranjas al mercado", recalca la trabajadora social.

La llamada de la maternidad es intensa en el colectivo. Algunos hijos son de parejas, casi siempre de paso. Otros son de clientes. Algunas quieren pensar que son de parejas cuando son de clientes. La violencia es un tema muy recurrente en sus testimonios. "Intentamos saber cómo se sienten con los clientes, les enseñamos pautas de defensa contra las agresiones, les ayudamos a narrar sus historias para que tomen conciencia de que muchas han sufrido trata con fines de explotación sexual", explica la directora.

Fogaral entrega un complemento económico mensual a las mujeres más necesitadas para que puedan subsistir y comprar alimentación, productos de higiene o pañales para sus bebés. Pero el confinamiento decretado hace cinco semanas ha reducido sus ingresos a cero euros. Necesitan efectivo para pagar el alquiler de una habitación que varía entre 180 y 200 euros al mes o recargar el teléfono para llamar a los servicios sociales del Ayuntamiento de Zaragoza, "que no están siendo muy ágiles", según afirma la directora. La mayoría tiene derecho a ayudas sociales porque en Zaragoza "se puede empadronar una persona (presentado el pasaporte) aunque viva en una situación irregular".

La trabajadora social atiende a una beneficiaria en el centro Fogaral
La trabajadora social atiende a una beneficiaria en el centro Fogaral
Gervasio Sánchez

En las dos últimas semanas han llegado unas cincuenta prostitutas nuevas de un escalafón económico superior que viven en pisos de 600 euros al mes. "No son mujeres que cobran entre 15 y 25 euros por servicio como la mayoría de nuestras beneficiarias. Tienen un alto nivel de vida aunque también gastan mucho más. Tras dos semanas sin ingresos han comenzado a sufrir escasez. Hay personas del este de Europa, centroamericanas y un grupo de cuatro mujeres chinas", explica la trabajadora social.

La primera mujer citada durante la mañana es de origen ruso "aunque no sé de qué ciudad". Fue víctima de trata, sufre trastornos psíquicos y participa en un taller. "Si no dibujo me pongo mala", comenta y le regala un dibujo a la trabajadora social.

J., de 24 años, es de Guinea Ecuatorial y vive en Zaragoza desde hace casi tres años como irregular. Ha acabado un grado medio en un centro privado, vive en una habitación de 200 euros, estudia y se prostituye desde que llegó a la ciudad. "Dos semanas antes del confinamiento me quedé sin clientes. Desde febrero prácticamente no consigo ingresos", explica.

Las trabajadoras de Fogaral mantienen unos vínculos muy especiales con las mujeres. "¿Qué tal corazón?". "Gracias, mamá por llamarme", contesta la señora rumana de 29 años a la trabajadora social que podría ser su madre. "Iba a empezar las prácticas. Pero mi profesor me ha dicho que me aprobará y que las haré en septiembre", explica la mujer a punto de finalizar un grado medio de soldadura.

El 20 de abril a las 8.30 es el día señalado para que R., de 36 años, guineana y madre de un joven de 20 años, dé a luz a su segundo hijo. Derrocha simpatía y se ha salvado de la expulsión gracias al hijo que va a nacer tras ingresar un año y tres meses en una prisión. "Mira qué hijo más guapo voy a tener", le dice a la directora mientras le enseña una ecografía de gran resolución en el móvil.

Hace un año y medio N., de 32 años, abandonó Nicaragua con sus hijos de 11 y 7 años. "Tenía un puesto de comida para estudiantes cuando empezaron las protestas. Sufrí amenazas de los paramilitares progubernamentales, perdí el trabajo y mi exmarido solo me entregaba unos 35 euros del acuerdo de separación. Vendí todo y viajamos a España", recuerda. "Intenté buscar un trabajo normal, pero todo el mundo me pedía el permiso de residencia. Me las he tenido que ingeniar para que mis hijos no sepan a qué se dedica su madre", cuenta.

Y., de 37 años, sabe que es abuela desde hace unas semanas porque se lo dijo su hermana por teléfono y ha podido ver la cara de su nieto en Facebook. Se casó cuando todavía era una niña. A sus dos hijos de 21 y 18 años no los ve desde hace doce años cuando se separó definitivamente de su marido. "Solía venir borracho, me pegaba y mi segunda hija nació de una violación", explica sin rodeos.

La directora Marta Jiménez a la derecha y la trabajadora social Victoria Calvo atienden a una mujer en el centro perteneciente a Caritas
La directora Marta Jiménez a la derecha y la trabajadora social Victoria Calvo atienden a una mujer en el centro perteneciente a Caritas
Gervasio Sánchez

Empezó a prostituirse a los 17 años cuando huyó por primera vez de su casa. "Elegí el camino fácil", explica. "Prostituirse es muy duro", le reprende cariñosamente la trabajadora social. Hace cinco años tuvo una tercera hija con otra pareja que todavía hoy la amenaza de muerte. Hubo un juicio por malos tratos y le concedieron una ayuda por violencia de género. El día que su expareja le sacó una navaja en la calle, decidió entregar a su hija a los servicios sociales.

Y. demuestra ser una gran narradora cuando se le suelta le lengua. "Renuncié a las visitas mensuales para no dañarla. Ella ya tiene estabilidad y yo la sigo buscando. Le dejé una carta en el expediente de menores para que la lea cuando sea mayor de edad", confiesa. La directora sentencia: "Fue un acto de gran arrojo y valentía por tu parte".

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