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Cuando el Mercado Central pudo perderse entre escombros

La proyección de una gran avenida planteó hace 40 años el derribo de la lonja, pero la firme lucha vecinal lo impidió.

Más de 40.000 personas firmaron para evitar el derribo del Mercado Central
Más de 40.000 personas firmaron para evitar el derribo del Mercado Central
Heraldo.es

El Mercado Central se ha coronado ya como una parte indiscutible e indispensable de la historia de Zaragoza. Pero no siempre ha sido así. En la década de 1970 la ciudad estuvo a punto de despedirse de forma definitiva del singular edificio, que pudo haber acabado convertido en ruinas y, finalmente, borrado para siempre del dibujo de la urbe. Por fortuna, las máquinas de demolición no llegaron nunca a cebarse con la centenaria lonja, que ganó del todo la batalla cuando en 1978 la denominación de Monumento Histórico-Artístico –hoy Bien de Interés Cultural (BIC)– la afianzó, ahora sí, con tinta indeleble, en el presente de cada generación de zaragozanos.

La sensación de que tarde o temprano llegaría una despedida comenzó a hacerse especialmente latente entre 1965 y 1968, alrededor de 65 años después de que se erigiera la obra del arquitecto turiasonense Félix Navarro.

Fue entonces cuando el gobierno municipal anunció sus planes de ampliar el paseo de la Independencia o de crear una gran avenida, la denominada Vía Imperial, desde la Puerta del Carmen hasta el Ebro, un proyecto que debía pasar por las ruinas del mercado. "La inauguración del puente de Santiago es un fuerte disparo con puntería hacia el derribo del Mercado Central de la plaza de Lanuza, si es que se piensa llevar, sin prisas ni pausas, la realización de la Vía Imperial", publicó en marzo de 1967 este periódico, como inequívoca señal de las nubes negras que se cernían sobre el futuro del emblemático edificio.

La noticia causó rechazo en buena parte de la ciudadanía, que se opuso firmemente al derribo, tanto por las consecuencias que tendría para los detallistas como por la negativa a perder un edificio que se había convertido en parte importante del discurrir cotidiano de la vida en la ciudad.

El primer intento de echar abajo la lonja se frenó, pero unos años después, en 1973, la idea se reactivó y volvió a desencadenar otra batalla entre vecinos e instituciones por un asunto que para las voces críticas tenía su raíz en intereses especulativos. Otros puntos de la ciudad sí que sucumbieron, como el bloque entre las calles de Cerdán y de Escuelas Pías –actual Cesaraugusto–, que fue derruido pese a que también hubo una importante oposición. Incluso se constituyó una asociación vecinal con el objetivo de que continuase en pie.

El movimiento para salvar el mercado tuvo varios impulsores y algunas figuras que destacaron en la vorágine de una lucha ciudadana con la que muchos quisieron colaborar –algo que más tarde se vería reflejado en 40.000 firmas–. Una de estas personas fue el profesor Guillermo Fatás, luego director de HERALDO, que al recordar lo sucedido transmite la importancia que el asunto tuvo en su momento para la sociedad zaragozana. "Era un error muy grave, de esos que luego la ciudad está llorando siglos", asegura.

Una difícil batalla vencida

"Me llamó Emilio Gastón –después Justicia de Aragón– y me dijo que se podría conseguir, que no sería fácil, pero que había que intentarlo", rememora Fatás. "Yo fui más escéptico y pensé que no íbamos a sacar nada", apunta, porque la difícil batalla se libró durante los últimos años del franquismo , cuando oponerse a la autoridad no solía ser una tarea sencilla.

"Me pareció un error muy grave, de esos que luego la ciudad está llorando siglos"

Tras esto tomaron una firme decisión y se pusieron manos a la obra para llevar el caso la Justicia y salvar la lonja. Sumaron esfuerzos con los sectores más afectados, sobre todo, con Lázaro Soler, presidente de los detallistas del Mercado Central, que veían más cerca que nunca el fin de su sustento, pero también con vecinos y particulares, que se negaban a decir adiós a la plaza de abastos, a la que tantas personas acudían de manera religiosa cada día.

Finalmente se recabó todo lo necesario, incluidos siete u ocho kilos de folios llenos de firmas comprobadas, y la batalla, calificada en HERALDO como "una lucha contra la diarrea asfaltadora que no parece sino la de David contra Goliath", se ganó. 

"Fue un triunfo inesperado de la gente con pocos recursos en un momento en el que estaban prohibidos los partidos políticos. Ello demuestra que no hay que desalentarse", cuenta Fatás sobre el feliz desenlace. Desde entonces el Mercado Central ha formado parte –ya incuestionable– de la vida diaria en Zaragoza y, tras su segunda reforma, todo apunta a que sus puertas se han vuelto a abrir con más fuerza que nunca.

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