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Los misterios de la ciudad subterránea

En el subsuelo de Zaragoza hay localizada una treintena de restos de cloacas del siglo I. A escasa distancia, en el barrio de San Pablo, serpentean decenas de bodegas que antaño conectaban entre sí. Son solo dos ejemplos de los pasadizos y leyendas, que se confunden bajo tierra.

Los restos de la cloaca romana que se esconde bajo la Casa de la Mujer.
Los restos de la cloaca romana que se esconde bajo la Casa de la Mujer.
Oliver Duch

Zaragoza mira al cielo y levanta (la próxima, en la avenida de Navarra) grandes torres. Sin embargo, igual de interesante es mirar sus entrañas y sumergirse en un subsuelo en el que se encuentran desde cloacas romanas hasta restos de palacios que, según la leyenda, sirvieron de cárceles inquisitoriales.

Conocido es que la zona de San Pablo estaba trufada de bodegas, muchas de las cuales conectaban entre sí. Hoy en día ya no se puede recorrer el barrio de forma subterránea, a pesar de que aún quedan túneles cegados más que evidentes en, por ejemplo, las instalaciones del Albergue municipal. En este rincón de la calle de Predicadores una escalera lleva del siglo XXI al XV. En la misma estancia donde hoy se hacen recitales y conciertos años atrás, allá por 1470, estaba el palacio del inquisidor Pedro de Arbués.

Cuenta José Juste, gerente del albergue, que en el siglo XVII se derribó el edificio original pero se conservaron las bodegas, que son las que hoy pueden verse con unos arcos fajones. En el recorrido, en el que se baja a 4,5 metros de profundidad, se adivinan los túneles de la red de pasadizos que antaño conectaba Zaragoza y que, cuentan, llegaba desde las orillas del Ebro hasta el palacio de Sástago. En su día sirvieron de red de comunicaciones e, incluso, albergaron hospitales de campaña en la guerra de Independencia, pero después se reconvirtieron en almacenes gracias a sus excelentes condiciones de temperatura. Lo que queda de este entramado subterráneo y de las muchas bodegas de San Pablo (especial atención a las Perdiguer) se han podido recorrer en los últimos años gracias a unas visitas teatralizadas de la compañía Los Navegantes de la mano del PICH.

¿Qué más secretos encontramos en las profundidades zaragozanas? Aunque apenas son visitables las del Foro Romano, son más de 30 los restos de cloacas del siglo I catalogados en la ciudad. Las hay bajo viviendas particulares (en las calles de San Lorenzo, Estébanes o Jusepe Martínez) pero también arañando los cimientos del palacio de los Morlanes o de la Casa de la Mujer. En este caso, tras una puerta semiescondida del auditorio y bajando una docena de escalones de hierro, se accede a un tesoro oculto, incluso para algunas de las trabajadoras de la Casa. El tramo de cloaca está en perfecto estado, es de suponer que comunicaba con las cercanas de las Termas y el Foro, y forma parte de un extenso catálogo, cuyo estudio más completo es el de los arqueólogos municipales Pilar Galve y Francisco Escudero que va a cumplir ya veinte años. En este texto se explican los trucos para la excelente conservación de estas infraestructuras, muchos de los cuales pasan por su resistente material: el hormigón romano (opus caementicium) y el encofrado con árbol de sabina. Muchos de estos túneles estuvieron en servicio hasta la época medieval, cuando se reconvirtieron en bodegas porque la humedad dentro es tan palpable como en el Puerto Fluvial o en otras construcciones de la época de Tiberio.

A pocos metros muchos se preguntan qué misterios aguardan en los sótanos y las criptas del Pilar, habida cuenta de que la basílica permanece ajena a las crecidas del Ebro a pesar de su cercanía al río. Quienes se ocupan del mantenimiento del templo cuentan que antaño sí solían anegarse algunas estancias pero hoy permanecen intactas gracias a los muros de contención de la ribera. El talud original se hizo en el siglo XVII pero se reforzó para evitar la porosidad del suelo en los años 60.

Uno de quienes más saben de las tripas de la ciudad es Antonio Cantero, jefe de la Unidad de Subsuelo de la Policía Nacional, la encargada de inspeccionar las galerías del alcantarillado y experta, por tanto, en la cartografía urbana subterránea. Los seis agentes que la forman la unidad de ‘los topos’ cuentan que Zaragoza tiene más de 200 kilómetros de colectores superiores a 1,40 metros de diámetro por donde cabe sin problema una persona. La anchura de los conductos, que serpentean entre garajes, bóvedas y sótanos, oscila entre 20 centímetros y casi 3 metros, y es raro que la temperatura supere los 20 grados centígrados. Cantero sabe que la distribución de las cloacas es fundamental para determinar por dónde discurrían las calles de la antigua ciudad romana y que muchos de aquellos túneles colapsaron en la Edad Media, lo que hizo que se multiplicaran los pozos negros en la ciudad. No fue hasta 1905 cuando volvió a plantearse configurar una completa red subterránea de alcantarillas de abastecimiento y algunos agentes se hacen eco de los relatos de las galería bajo tierra que unía el Pilar con el Ayuntamiento y la Seo. “Debido a los garajes que se han ido construyendo, se han partido y ahora solo hay tramos de algunas de ellas”, explican.

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La unidad de Policía del Subsuelo, durante una de sus actuaciones.
O. Duch

Si nos sumergimos en vetustas profundidades, también es obligado mentar algunos de los pozos más historia de la ciudad: obviando el de San Lázaro, destacan sobremanera el medieval del museo Alma Mater (Diocesano) o el del palacio de la Aljafería, que tiene mucho que contar. Está en la torre del Trovador (ya saben, la que inspiró la ópera de Verdi al adaptar una tragedia teatral de Antonio García Gutiérrez de 1836). A través del primer piso del palacio, que podría datar de la segunda mitad del siglo IX, se llega por un estrecho corredor a un aljibe o pozo circular que, con una profundidad de 12 metros, llega hasta las capas freáticas del río Ebro. "Cuando lleva mucho caudal, hay agua en este pozo", explican en las visitas guiadas. Dado su gran tamaño (cinco metros de diámetro) podría haber servido para abastecer de agua a todos los habitantes de la fortaleza y, ahora, unas escaleras de caracol permiten intuir dónde queda su fondo.

No tan relacionado con las ‘bajuras’ como con el patrimonio oculto está la historia del arco enterrado del puente de Piedra. Muchos zaragozanos desconocen que el puente medieval original tenía siete ojos, pero uno de ellos, el más próximo a la basílica del Pilar está tapado y olvidado bajo el paseo de Echegaray y Caballero. Pero esa es otra historia...

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