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Torreblanca: el ruido de nunca acabar

Tras una década de lucha y con una sentencia judicial a su favor, los vecinos de la urbanización zaragozana piden una solución a la contaminación acústica que genera la A-68.

Varios vecinos de la urbanización Torreblanca, junto a las deficientes pantallas antirruido.
Varios vecinos de la urbanización Torreblanca, junto a las deficientes pantallas antirruido.
Francisco Jiménez

Por un momento pensaron que el problema se iba a resolver, que los años de lucha y una sentencia judicial a su favor habían tenido su fruto y el ruido de la A-68 por fin se iba a acabar. Pero no ha sido así. Los vecinos de la urbanización Torreblanca de Zaragoza siguen sufriendo ese ruido permanente que provoca el tráfico, especialmente el de los camiones, y que no les deja descansar. Los últimos apaños a las insuficientes pantallas antirruido que ha hecho el Ministerio de Fomento de poco han servido y los afectados no descartan volver a los tribunales.

La urbanización Torreblanca, que depende del barrio rural de Garrapinillos, tiene 140 viviendas y está situada junto al Alcampo de Utebo, entre la A-68 y la N-232. Con la construcción de la variante de Utebo en 2004 empezó el tormento y las protestas. Se colocaron algunas pantallas acústicas, pero sin capacidad para paliar las molestias. Ya en 2009 presentaron firmas en las que pusieron de manifiesto las afecciones por los ruidos. Recabaron el apoyo del Defensor del Pueblo, del Justicia de Aragón. Pero al final no les quedó más remedio que acudir a los tribunales. Y ganaron.

En 2015, una sentencia les dio la razón y concedió un plazo de seis meses al Ministerio de Fomento para resolver el problema. Pero no se tomaron medidas y el ruido siguió. Los vecinos recuerdan que antes de las elecciones de 2019 salieron en un programa de televisión para denunciar lo que les pasaba y poco  después empezaron a colocar pantallas.

Pero el resultado no ha sido el esperado. "Lo han hecho todo mal", lamenta Salvador Gutiérrez, uno de los vecinos afectados. La solución que dispuso la Demarcación de Carreteras era colocar unos pilares de hierro para sostener unas nuevas pantallas antirruido que elevaban la altura de las anteriores hasta los cuatro metros.

Problemas en las pantallas

El problema es que entre las viejas pantallas y las nuevas hay un hueco de separación de 30 o 40 centímetros, por donde entra el ruido. Allí se ha planteado el apaño de colocar una tira de metacrilato, "pese al peligro de que el viento la arranque, caiga en la carretera y cause un accidente", dicen los vecinos, que consideran que la protección debería ser "hermética".

También en la parte inferior hay un hueco que da directamente a la carretera. Y además no se ha elevado la altura de todas las pantallas, que tampoco cubren el perímetro de toda la urbanización. "Lo han dejado muy mal. Ya que se han puesto a hacerlo deberían haber alargado 50 metros o más", dice José Luis Sarmenteros, otro de los vecinos de la urbanización Torreblanca, que recuerda que el paso del aire por los huecos hace más ruido. "Si viene viento de Levante, el ruido es atroz", añade Salvador Gutiérrez.

Hace dos meses, la comunidad de propietarios envió una carta a la Demarcación de Carreteras de Aragón para reclamar una mayor altura de todas las pantallas instaladas, así como el cerramiento de los huecos de la parte inferior y de la superior. Pero los vecinos no han recibido respuesta. "Nos sentimos impotentes. Nos topamos con la administración y no nos hacen caso", lamenta Salvador, que avisa de que la comunidad de propietarios está dispuesta a volver a los tribunales para lograr una solución.

"Los vecinos que están más cerca de la carretera no pueden dormir. La gente mayor está de los nervios", dice Salvador. Acostumbrados a vivir con doble ventana, los residentes insisten en que los problemas se agravan en los picos de tráfico pesado de primera hora de la mañana y la última de la tarde. "Vivo en la parte mala. Como es un ruido constante, hay que cerrar la ventana. Pasan más de 50.000 vehículos al día. Esto es un infierno", concluye José Luis Sarmenteros.

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