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Pignatelli: cinco vidas contadas desde el otro lado

No es fácil dar la cara cuando se convive con el miedo y bajo amenazas, pero cinco vecinos de la zona de Pignatelli dan un paso adelante para poner voz a su sinvivir.

María y Pilar, tras una de las pancartas que se desplegaron en la plaza del Pilar de Zaragoza durante la protesta de los vecinos de Pignatelli.
María y Pilar, tras una de las pancartas que se desplegaron en la plaza del Pilar de Zaragoza durante la protesta de los vecinos de Pignatelli.
Oliver Duch

Durante décadas, el entorno de Pignatelli fue un pequeño ‘pueblo’ en el corazón de Zaragoza. Así lo sienten quienes llevan más tiempo viviendo allí, que lo recuerdan como un lugar donde prácticamente todos se conocían y en el que las calles, repletas de florecientes comercios, respiraban vida. Por entonces, apenas había un piso vacío en sus edificios –muchos de ellos todavía protegidos y catalogados por su interés histórico artístico– y se consideraba un privilegio vivir allí. Pero a finales de los 80 llegó la droga y con ella una incipiente delincuencia, desatándose el éxodo que ha terminado condenando al barrio al olvido. Quienes han sobrevivido a él, se niegan a que la espiral de violencia que han traído los nuevos okupas –en su mayoría, jóvenes extranjeros que superada la mayoría de edad dejan los centros de acogida y se refugian en edificios abandonados de la zona– termine expulsándoles de la que siempre fue su casa. Por ello y pese al miedo que les provoca convivir con quien les intimida y amenaza, cinco de ellos han decidido alzar la voz. Algunos todavía no se atreven a dar su verdadero nombre, pero todos relatan en primera persona un auténtico sinvivir: la vida desde el otro lado.

MARÍA. Llegó al barrio hace 30 años

"Cuando compré el piso me daban miedo los clubes de alterne, ahora son el menor problema"

Han pasado tres décadas desde que María dejó su pueblo para irse a estudiar a la capital aragonesa. Pasó algún tiempo hasta que pudo pensar en comprarse un piso modesto, pero cuando llegó el momento no tuvo ningún problema en instalarse en el entorno de Pignatelli. «Lo tenía todo a mano. Y esto era entonces lo más parecido a un pueblo, un sitio en el que la gente se reconocía por la calle y se ayudaba.Entonces no tenía ningún miedo de volver a casa sola por la noche», explica. Pero los años han difuminado esos recuerdos y hoy confiesa con dolor que no dudaría en irse si pudiera. «Me arrepiento muchísimo de haber comprado. Cuando lo hice, me daban miedo los clubes de alterne, ahora son el menor problema», reconoce. Porque María está casada y es madre, y aunque a ella nunca han llegado a atracarle, su marido y su hija –todavía menor– sí han sido víctimas de sendos asaltos. «Pero no solo es la delincuencia, son las formas de vivir. Aquí se consiente todo, los gritos y la música a tope de madrugada, la basura por todas partes... Esto es un destroza vidas. El Ayuntamiento adecenta un solar para convertirlo en parque infantil y no hace nada cuando sabe que está invadido por prostitutas», se lamenta. Basta conversar con ella unos minutos para percibir su intranquilidad.«La vida no es vida cuando se vive con miedo», apostilla.

La Policía, justo antes de inspeccionar uno de los edificios okupados por jóvenes extranjeros en el entorno de Pignatelli.
La Policía, justo antes de inspeccionar uno de los edificios okupados por jóvenes extranjeros en el entorno de Pignatelli.
José Miguel Marco

JORGE. Abrió su tienda hace más de cuatro décadas

«Ni de la Policía ni de los jueces, la culpa es de las leyes. ¿Por qué no nos permiten poner cámaras hacia la calle?»

Como a casi todos a los que les han salido las canas en estas calles, este «histórico» comerciante del entorno de Pignatelli reconoce que no solo es el barrio el que ha cambiado.«Yo soy también ahora otra persona. A veces no me reconozco.Pero cuando a tus dos hijos les han dado una paliza –al más joven, este mismo verano– para robarles el móvil, te brotan los instintos más básicos.Todo lo demás pasa a un segundo plano y se impone el voto de supervivencia», asegura. «Si no hacen algo pronto, van a conseguir que los padres con chavales jóvenes terminemos organizándonos para salir a patrullar por las zonas de ocio», dice. Lleva más de cuatro décadas atendiendo al público detrás de un mostrador y nunca lo habían amenazado.«Pero el otro día entró una persona, puso su rostro a un centímetro del mío y dijo que iba a pincharme», recuerda. Por ello y por la espiral de violencia que castiga a la zona, Jorge ha decidido instalar cámaras de seguridad en su establecimiento. «Ni de la Policía ni de los jueces, que tienen las manos atadas y hacen lo que pueden.La culpa es de los políticos y de las leyes. ¿Por qué no nos permiten poner cámaras a la calle? Creo que la seguridad está por delante de otras muchas cosas», señala.

MELECIO. Guardia civil jubilado y vecino desde hace 8 años

"He dedicado muchos años a salvar vidas en la montaña, ahora casi tengo miedo por la mía"

Melecio y su esposa Manuela revivían este viernes en la plaza del Pilar, durante la protesta organizada por los vecinos, cómo fue su desembarco en el entorno de Pignatelli.«Fue bastante casual, porque estábamos apuntados en la lista del ‘Toc, Toc’ (programa que puso en marcha hace unos años la DGA para adjudicar viviendas protegidas) y nos tocó un piso en Las Armas», recuerda ella. «Nosotros no sufrimos el problema como los vecinos de las calles de Agustina de Aragón o Miguel de Ara.Pero pasamos por allí a diario y hemos visto lo mucho que ha cambiado todo en poco tiempo», añade. «He dedicado muchos años a salvar vidas con el Grupo de Rescate de Montaña de Jaca. Ahora estoy en casa y casi tengo miedo por la mía», asegura él, un ex guardia civil, ya jubilado, de origen extremeño. «A mí solo me han robado un par de bicis y un jamón que tenía en el trastero. Ni a mí ni a mi mujer nos han asaltado nunca, pero también es verdad que nosotros ya no salimos por las noches.Eso sí, la droga la vemos a diario», señala. Al preguntarle si se arrepiente de haber invertido su dinero en un entorno tan degradado, Melecio esboza la palabra no.Pero antes de terminar de pronunciarla, le interrumpe su mujer: «Bueno, bueno... Yo hoy me lo pensaría».

Los cables van conducidos por una tubería de agua en Pignatelli 43.
Los cables van conducidos por una tubería de agua en Pignatelli 43.
José Miguel Marco

MARÍA. 44 años en la calle de Pignatelli

"Pincharon la luz y quemaron los cables. Como aquí solo pagamos cuatro, nos tuvieron 17 días sin teléfono"

Todos los grandes recuerdos de su vida tienen el mismo telón de fondo: la calle de Pignatelli. «Aquí me crié, aquí conocí a mi marido y aquí seguimos viviendo con nuestras dos hijas», cuenta Pilar. «¿Cambios? Muchos. Esto ha pasado de ser un lugar apacible y próspero a un tétrico escenario de la serie ‘The walking dead’». Recuerda que la degradación del barrio se inició cuando apareció la droga, aunque asegura que con los ‘yonkies’ se podía convivir.«No era agradable ver cómo se pinchaban en cualquier esquina, pero no se metían con nadie. Ahora tiemblo cada vez que mis hijas me dicen que van a salir por la noche, porque ya no te piden la cartera, sino que te agreden», dice. Para Pilar, «es una auténtica pena que edificios señoriales hayan acabado convertidos en chabolas». Recuerda que hubo empresarios que aprovecharon los años de la burbuja inmobiliaria para echar a los últimos inquilinos y hacerse con ellos.«Y no precisamente de buenas maneras», señala. «Al final –continúa–, los impagos obligaron a los bancos a quedarse con esos edificios, que abandonaron a su suerte hasta que los okuparon». Y con los nuevos vecinos se multiplicaron los problemas: «Recuerdo que una vez pincharon la luz y quemaron los cables. Como aquí solo pagamos cuatro, la compañía nos tuvo 17 días sin teléfono».

JONATHAN: vive en el barrio y trabaja en una inmobiliaria

"Estamos a cien metros de la plaza del Pilar, pero solo compran pisos los del barrio"

Piso de 70 metros cuadrados, con tres dormitorios ; a 50 metros de la parada del tranvía y 100 de la plaza del Pilar; el precio, 65.000 euros. «El reclamo no puede ser mejor, pero cuando los interesados vienen y ven lo que hay aquí...», explica Jonathan, vecino del entorno de Pignatelli y empleado de la oficina de PJ Inmobiliaria ubicada en la esquina de la calle de Mayoral, una de las pocas que continúan abiertas en la zona. Según este, se siguen vendiendo pisos –«Dos o tres al mes, cuatro si hay suerte»–, pero los únicos que compran son aquellos que han pasado toda la vida en el barrio.«‘Búscame algo para mis padres, que están muy mayores y viven en un quinto sin ascensor’, me dicen. Son gente que sabe lo que compra», comenta Jonathan. A quienes realmente quieren desprenderse de sus viviendas y poner un punto y aparte en sus vidas, les da un consejo: «Con tiempo y asumiendo la realidad, se puede vender. Pero es mucho más práctico ofrecer esos pisos aquí en el barrio y no en oficinas de fuera. Porque si alguien lo va a comprar, desde luego será gente de aquí», insiste. En cuanto al alquiler, reconoce que es un negocio que les interesa menos.«Hay mucha demanda.Pero es muy difícil responder ante el propietario. Hay que investigar a quién alquila».

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