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Zaragoza

patrimonio

La discreta casa de las ventanas rojas y la habitación secreta

Las antiguas escuelas municipales Buen Pastor de Zaragoza conservan sus escaleras primitivas, la carpintería de 1911 y también un par de patios de recreo. Unas instalaciones que se reinventaron gracias al CIFE Juan de Lanuza, pero mantuvieron su esencia y misterios

Las antiguas escuelas municipales Buen Pastor de Zaragoza conservan sus escaleras primitivas, la carpintería de 1911 y también un par de patios de recreo. Unas instalaciones que se reinventaron gracias al CIFE Juan de Lanuza, pero mantuvieron su esencia y misterios

La mayoría de las ventanas que se asoman a la calle del Buen Pastor de la capital aragonesa son rojas. También las puertas. Son de un edificio que pasa casi desapercibido para muchos ciudadanos y turistas. No pertenecen a la parte trasera del palacio de Sobradiel, sede del Colegio Notarial. Corresponden con todos los vanos de las antiguas escuelas municipales.

El edificio se concibió como un grupo escolar para niños y niñas, según se anunció en HERALDO en diciembre de 1909: "Trasladando al nuevo edificio (...) la escuela de niños de San Antonio Abad y las de niñas y párvulos de las calle de los Estébanes". El centro se llamó del Buen Pastor, en recuerdo de la organización benéfica que se encontraba en las inmediaciones y que daba servicio a la cárcel, según documenta uno de sus actuales inquilinos, del Centro de Profesorado Juan de Lanuza (CIFE Juan de Lanuza). 

El solar donde se construyeron era la antigua delegación de Hacienda en la ciudad, donde anteriormente se ubicaba el convento de los teatinos, según se puede leer en el informe histórico artístico del edificio. Ricardo Magdalena, el arquitecto que lo trazó en 1907, tuvo que diseñar el proyecto en una parcela amplia e irregular. Una descompasada característica que se evidencia con tan solo ver el empinado terreno de la calle. Era una vía poco fiable ya que estaba "completamente a oscuras", cuentan en las 'Quejas del vecindario' de HERALDO de 1910. No solo eso, también por aquella época acudían por las noches "unas cuantas ovejas descarriadas, al silbo blando de una balada de amor", citan con sorna.

Pese a los inconvenientes del terreno, el contexto del barrio y algún que otro problema durante la construcción, como un accidente laboral en el que resultó herido un obrero de 16 años, fue culminado en 1911, como se lee en la fachada. “1-7. Año 1911” es la humilde inscripción a mano alzada que alguien escribió, aunque en los documentos oficiales se fecha en 1912. Entonces, hacía más de un año de la muerte de Magdalena, quien falleció sin ver el resultado final. Hay varias señas que dejan clara su autoría, como el ladrillo visto de las fachadas o la disposición ajedrezada de la parte más alta.

Tiene tres plantas y un sótano, con bóvedas como la mayor parte de las bodegas del barrio. Los vanos de cada una de las plantas se rigen por un orden distinto: de arco de medio punto en la planta baja, grandes ventanales de arco rebajado en la primera y adintelados con balcón los de la última. La fachada se remata con un escudo de Zaragoza, a pesar de la sobriedad general, y unas cuántas torrecillas. A las dos plantas superiores se sube por un par de escaleras simétricas que conservan la primitiva barandilla de madera y forja. Unos pisos que guardan secretos como columnas camufladas, todas ellas de Averly y calcos de las que hay en los porches frente al Mercado Central. La planta baja también esconde misterios, como la existencia de un cuarto sin puerta del que se desconoce su contenido.

Al ser un colegio tiene patios, con fuentes de Averly. Dos recreos, casi simétricos también, son el fondo del edificio. Un alto árbol es lo que más llama la atención en el de la derecha. El de la izquierda comparte pared con la Real Capilla de Santa Isabel de Portugal.

Esa cercanía con la iglesia de San Cayetano hace que sus torres y cúpula se vean desde muchas de las ventanas de la casa, una carpintería que tiene más de un siglo de antigüedad. De un estilo similar son los armarios avitrinados y empotrados de los pasillos. El pasado escolar también se ve en la pared de una de las aulas, donde se homenajea a María Díaz Lizardi. Fue “una distinguida maestra”, tal y como se pudo leer en la noticia de HERALDO del 20 de octubre de 1919 que se hizo eco del descubrimiento de la placa que todavía luce.

La esencia educativa se mantiene, gracias al CIFE Juan de Lanuza. Es el lugar donde docentes de Aragón amplían su formación. Se trata de un cometido en la línea de la historia del edificio. Sin embargo, desde la dirección del centro reclaman a las instituciones una reforma que permita que personas con discapacidad física puedan acceder fácilmente al interior de este edificio.

El estilo

En conjunto, es un inmueble que se tiñe de un carácter regionalista, aunque combina “elementos tipológicos del Renacimiento, otros de tradición mudéjar, adaptándose por otro lado a las características específicas de la antigua plaza del Mercado”, según se defiende en su informe municipal.

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