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Cuando una clase de Lengua es sujeto de emoción

Los alumnos de 2º de ESO del colegio Calasancio de Zaragoza han cambiado los libros de Lengua por las visitas a un hogar de ancianos. Durante 5 meses han hablado sobre las vidas de los mayores y el resultado es un libro con las biografías de más de 30 residentes.

Los alumnos de 2º de ESO del colegio Calasancio de Zaragoza han cambiado los libros de Lengua por las visitas a un hogar de ancianos. Durante 5 meses han hablado sobre las vidas de los mayores y el resultado es un libro con las biografías de más de 30 residentes.

Rosario no formó parte de la Generación del 98, tampoco de la del 27. Su nombre no responde a una poetisa, ni mucho menos novelista. A pesar de ello, los alumnos del colegio Calasancio de Zaragoza la han conocido gracias a la asignatura de Lengua.

Si se busca en Google “Rosario escritora” uno de los primeros resultados es Rosario Castellanos, una literata que nació en México y falleció en Israel. Tampoco es esa. ‘Su’ Rosario no se ha dedicado a escribir, es más de pintar. Ella nació en Brea de Aragón y vive en la calle de Gascón de Gotor de la capital aragonesa, en la residencia de ancianos Parque Dorado.

“Ahora sabemos ordenar datos y redactar de una forma bonita, para endulzar las historias”.

Ese es el lugar donde a los chicos y chicas de 14 años (de 2º de ESO) les han impartido Lengua desde el mes de enero. Cuando terminaba la clase de Inglés estos chavales cerraban los libros. Entonces, se armaban de cuaderno y boli. Cambiaron su acristalada aula de la calle de Sevilla de Zaragoza por el salón de este centro. ‘Descubriendo vidas’, como se llama el proyecto, ha ayudado a los alumnos a abordar distintos ámbitos del currículo de la asignatura. “Aquí hemos trabajado la expresión oral y escrita, la entrevista o la investigación”, señala satisfecho Juan José Pérez Castañar, profesor de Lengua.

Elsa Nadal, una de las alumnas, lo corrobora: “Ahora sabemos ordenar datos y redactar de una forma bonita, para endulzar las historias”. Aunque los chavales no son conscientes también han aprendido Historia, gracias a los recuerdos de la Guerra Civil. Han podido conocer pueblos aragoneses o repasar las capitales de Europa a través de los viajes. Ha habido poesía, los versos que Lorenza se aprendió con 7 años y ocho décadas después recita con garbo. También han descubierto cómo era la Zaragoza de los años 40 por las batallitas de los residentes.

“Gracias a este proyecto, de aprendizaje y servicio, los ancianos han ejercitado la memoria, además de hacer frente a la soledad”, argumenta Juan José. “Los chicos han trabajado la inteligencia interpersonal por el hecho de relacionarse con personas distintas a ellas, de otra generación”, añade el docente.

"No le contamos nuestra vida a cualquiera”

Si esto fuera el análisis sintáctico de una frase, el sujeto hubieran sido los 23 alumnos del Calasancio. Los mismos que dejaron sus ‘smartphones’ en el bolsillo, los ‘likes’ en la recámara y ‘Juego de Tronosen la lista pendiente de reproducción. Según parece, con ‘escuchar’ ha conjugado todo a la perfección. Verbo gracias al que han conocido las vidas de Dominica, Lorenza o Herminia, unos complementos indirectos que han brindado toda su confianza. “Lo que nos impactó es que tuvieran tanta confianza, porque no nos habían visto nunca. No le contamos nuestra vida a cualquiera”, afirman Elsa y Luna.

Para unos de los chicos ha sido “inolvidable”, para otros “maravilloso”. Hay algunos que señalan que “aunque no compartan edad, se puede hablar con ellos lo mismo que con sus amigos, de 14 años”. Para los mayores también ha sido gratificante. “Esperaban con ilusión a que viniesen los chicos”, apuntaba una de las trabajadoras de la residencia.

Las biografías que se quedaron en el tintero

Luna y Elsa entrevistaron a Alberto. Él es uno de los residentes que han fallecido desde que empezó ‘Descubriendo vidas’. “Llegamos un día para comprobar que todos los datos eran correctos y nos dijeron que se había ido...”, dice Elsa con la voz entrecortada y con una mirada de complicidad a Luna.

El proyecto ya ha terminado. Esta semana, antes de escribir el punto final del curso, los alumnos acudieron al centro con sus profesores para enseñarles el libro a los protagonistas, a los que algunos llaman ya “sus mayores”. “Yo quiero uno de esos, que lo tengo que enseñar”, pedía una de las residentes cogiendo el brazo de uno de los chavales. Laura, Elsa, Luna y unas cuantas más perdonaron el recreo para despedirse. No faltaron los achuchones de abuela y algún ojillo barruntaba lágrima.

Emocionadas salieron de la residencia y con sorpresa: “Mira lo que me ha dado Rosario. Es la dirección de la casa de su hermana, nos invita a las fiestas. Dice que seguro que nos conoce porque le ha hablado mucho de nosotras”, cuchicheaban en torno a un arrugado papelito. La sabiduría popular ya lo dice: No hay amistad más sincera que te inviten a las fiestas de un pueblo.

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