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Zaragoza

embalse de mequinenza

La pesca moviliza a más de 16.000 aficionados europeos al año en el embalse de Mequinenza

Los turistas proceden de Alemania, Chequia, Francia, Eslovenia y Bélgica y pasan una semana.

Un pescador saca un siluro del embalse de Mequinenza. La costumbre es hacerse una foto y devolverlo al agua.
Un pescador saca un siluro del embalse de Mequinenza. La costumbre es hacerse una foto y devolverlo al agua.
Javier Pardos

La pesca deportiva en el embalse de Mequinenza, donde el pasado día 31 fallecieron dos alemanes en un accidente de barca, se ha convertido en la última década en la tercera fuente de ingresos en el Bajo Aragón zaragozano, después de la agricultura (son los primeros en llevar la cereza a los mercados europeos) y la ganadería. Más de 16.000 pescadores del continente llenan la zona en la etapa que va desde marzo hasta noviembre. La procedencia más habitual de los turistas es Alemania, Chequia, Francia, Bélgica o Eslovenia.

El alcalde en funciones de Caspe, Jesús Senante, que no va a repetir en el puesto esta legislatura, explicó que la llegada de los siluros al embalse de Mequinenza empezó en 1975 a través de unos militares norteamericanos procedentes de una base en Alemania que los empezaron a trasladar cuando viajaban a la de Zaragoza. Pero el aumento de estos peces, que pueden pesar más de 100 kilos, llegó a partir de los años 90.

Gastan unos 700 euros

"Los pescadores pasan una semana haciendo pesca deportiva, sobre todo desde países de Centroeuropa. Llegan en avión a Barcelona y alquilan un coche para venir aquí. Suelen pescar siluros o carpas, se hacen la foto y vuelven a echarlos al embalse", detalló el edil caspolino. El negocio está repartido entre las localidades de Caspe y Mequinenza, donde están instaladas empresas extranjeras o autóctonas.

El gasto medio para el pescador europeo es alrededor de 700 euros en la semana que pasa en el embalse del Mar de Aragón."Alquilan apartamentos en el camping o en los que facilitan las empresas que contratan", agregó el alcalde de Caspe. Algunos se traen las cañas de pescar, pero otros las alquilan, junto a un guía que los acompaña y utiliza un sonar para facilitar el hallazgo de los peces en el fondo del pantano.

La cara de estos beneficios económicos que deja el turismo deportivo en el Bajo Aragón zaragozano tiene también su envés porque la Guardia Civil ha detectado bandas de pesca ilegal. Generalmente proceden de Rumanía y Bulgaria, que se llevan toneladas de siluros y carpas en camiones para venderlos en lugares como la Comunidad Valenciana para su consumo humano.

El problema es que el furtivismo se suele saldar con multas administrativas y es muy complicado acusarles de un delito contra la salud pública por intentar meter este pescado en el mercado.

La falta de vigilancia en el embalse ha obligado incluso a organizar patrullas entre los pescadores legales. Lo hacían para ayudar a detectar estas bandas que perjudican la imagen turística de la zona con la extracción masiva e ilegal de peces, y son una grave amenaza para los ecosistemas del pantano como un peligro sanitario si se venden estos animales.

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