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Patrimonio

El último arco de Zaragoza

La tracería gótico mudéjar del arco del Deán llama la atención a la mayoría de los ciudadanos y turistas que lo atraviesan. Hasta una leyenda se esconde bajo sus bóvedas.

M.M.M. 13/01/2019 a las 05:00
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El arco del Deán es un lugar de la capital aragonesa que no falta en guías turísticas, libros de arte ni tampoco en la memoria de la mayoría de los que pasan por debajo. Unos son turistas desorientados que, armados con sus cámaras, avanzan con cautela por si tienen un blanco fácil para fotografiar. También hay parejas de recién casados que escogen este escenario para quedar inmortalizados en el día de su boda. A su vez es transitado con frecuencia por vecinos de Zaragoza, que aprovechan estas estrechas calles para alcorzar en su trayecto.

No más de diez pasos es lo que se tiene que andar para llegar de un lado a otro. La mayoría de las veces es inevitable alzar la cabeza para admirarlo. Los arquillos del mirador, una pequeña cornisa de madera o las bóvedas que se crean son algunos de los detalles que se aprecian. Como también se percibe el sonido del cierzo que en invierno parece silbar cuando sopla por allí.

Seguir el camino por el entorno de la calle de Pabostría, del Deán o de Palafox es como regresar a otro tiempo, posiblemente al siglo XIII. Fue entonces cuando se ideó la construcción de un acceso que conectase la catedral con la nueva morada del deán, autoridad religiosa. Sin embargo, el arco que en la actualidad se muestra no es el original, puesto que “responde a la reforma realizada en el siglo XIV”, según cita el Ayuntamiento de Zaragoza. “Lo más sobresaliente de esta obra es el mirador, con ventanales de tracería gótico mudéjar”, añade.

Sobre la arcada se abren dos vanos: “Un ventanal ajimezado abierto en forma de galería hacia la plaza San Bruno y otro rectangular hacia Pabostría”, tal y como referencia Patrimonio del Gobierno de Aragón. Los dos están decorados con motivos mudéjares y platerescos.

La belleza del conjunto resistió al devenir de la ciudad. Por ejemplo, en el informe histórico artístico del ayuntamiento de la ciudad se sostiene que durante los Sitios sufrió un grave deterioro. La principal causa de los desperfectos fue la cercanía con el palacio de los marqueses de Lazán, residencia del general José de Palafox. Pero, a pesar de ser reparados, “preludiaban la decadencia de la casa que, por sus condiciones de insalubridad, fue abandonada en 1853 como residencia de los deanes”, se añade en la misma ficha municipal.

Se reformó y casi 170 años después, el arco y el resto del conjunto se han convertido en un icono de Zaragoza, que no se libra de las habladurías populares. Bajo él aguarda una curiosa leyenda. Dicen que este paso, entre el palacio y la Seo, fue fruto de la antipatía de un deán que no quería relacionarse con el pueblo. Como su petición no se llevó a cabo por el mundo terrenal se lo encargó a Lucifer. Cuentan que este último lo hizo a cambio del alma de todo aquel que lo atraviesa.

Siguiendo la historia de la leyenda, puede ser que todo aquel camine bajo el arco pierda su alma. A cambio habrá disfrutado de uno de los lugares más emblemáticos de Zaragoza y del único arco de estas características que se conserva en la ciudad, según fuentes municipales.





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