Zaragoza

Una carrera de 100 años delante de los cabezudos

Gigantes y cabezudos de Calatayud emuló ayer una instantánea tomada el 7 de septiembre de 1918 durante las fiestas de la Virgen de la Peña.

Fotografía tomada el 7 de septiembre de 1918 por Celestino López. La comparsa de cabezudos ayer, 100 años después por Macipe

Mismo escenario, una empedrada Rúa de Dato, y mismo ambiente festivo, las celebraciones en honor a la Virgen de la Peña, pero con una diferencia centenaria. Este viernes la comparsa de gigantes y cabezudos de Calatayud repitió la fotografía que realizó el fotógrafo Celestino López Guajardo el 7 de septiembre de 1918 en el mismo punto de esta arteria bilbilitana, entre las cuatro esquinas y las entradas del Casino y San Pedro de los Francos.

En el libro Calatayud, memoria histórica de Manuel Micheto, se especifica que López Guajardo capturó con "película negativa", "cielo despejado" y "un tiempo de exposición de medio segundo, con un diafragma de 6,3". En la instantánea digital tomada este viernes por Jesús Macipe, corresponsal gráfico de Heraldo, el cielo está sin nubes, con velocidad de disparo 1/400, unos 0,0025 segundos, y diafragma f11.

De entonces a hoy, muchos de los negocios han cambiado, algunos balcones aparecen más destartalados y las indumentarias también son radicalmente diferentes. También ha variado la comparsa.

Hace 100 años se aprecian al menos cuatro cabezudos y dos gigantes. En la actual, están Drácula, la Bruja, el Torero o el Sacristán y se intuyen el Payaso, el Gendarme y la altura de uno de los cuatro gigantes, el Podón. "Siempre hay cabezudos que cambian como Pascual Marquina o Sancho Panza que son más nuevos o la Tía Rosario que hay que cuidarla más", explica Javier Gracia, presidente del Grupo AJB.

Durante la que era la segunda salida de la comparsa, Gracia explicaba que "hemos desviado un poco el recorrido habitual para poder hacerlo". Así, apuntaba que "nos comentaron la efeméride y lo hablamos con fotógrafos de la ciudad y con José Manuel Gimeno, concejal de Cultura".

Sin embargo, lo que permanece invariable es la afición por los cabezudos. Decenas y decenas de pequeños y mayores escoltaban a la comparsa en su regreso. En el caso de Javier, hijo de Tomás Rodrigo, llevaba la cabeza del Lobo en miniatura. "Lleva un látigo como el de ellos y en casa se entrena y dice que de mayor quiere ser cabezudo".

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