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Zaragoza

El convento que fue cuartel antes que museo y biblioteca

El Centro de Historia y la Biblioteca Pública de María Moliner están alojados en lo que fue el convento de San Agustín, un edificio de aires barrocos y declarado Bien de Interés Cultural

El convento que fue cuartel antes que museo y biblioteca

Los edificios que dan vida al barrio de La Magdalena no levantan muchas alturas del suelo, pero en el horizonte de esta zona antigua de Zaragoza, a un lado del Coso Bajo, sobresale imponente un chapitel. Se trata del que remata la torre del que fue el convento de San Agustín. De la edificación original, que a principios de los años 2000 fue declarada como Bien de Interés Cultural, solo se conserva la fachada barroca por la que se accedía al convento y un muro lateral. Estas reliquias se mantienen en pie entre la plazuela de San Agustín, la calle de Viola y la de Arcadas por un lado y Asalto por el otro. La estampa que ofrece la plaza y sus calles aledañas dan una pincelada atípica al resto de la ciudad.

Antes era una zona de expansión, rodeada de huertas, campos de cultivo, almazaras y molinos que se diseminaban en las cercanías de la muralla romana y medieval. Según fuentes municipales, en las diversas campañas arqueológicas que se han realizado en la zona también se ha encontrado un combinado de culturas y épocas. Testimonios íberos, romanos o musulmanes, además de un cementerio, se esconden junto a los cimientos de este antiguo convento.

En ‘El convento de San Agustín de Zaragoza en la Edad Moderna’, un libro monográfico sobre este conjunto con autoría de Ricardo Paniagua, se considera como uno de los treinta conventos más importantes que había en la capital aragonesa. Esto se intensifica al ser calificado como uno de los cinco complejos religiosos con más peso económico que existió dentro del perímetro urbano. Su relevancia se vio truncada, entre otros episodios, por la Guerra de la Independencia. Los Sitios quedaron para siempre en su recuerdo y en su fachada, donde todavía se pueden observar las huellas de la fusilería que se han mantenido tras las distintas rehabilitaciones.

La lucha se libró dentro y fuera del templo. La torre, su altar y las capillas de la iglesia se convirtieron en el campo de batalla, tal y como refleja la obra de César Álvarez Dumont. En este cuadro, conservado en el Museo de Zaragoza, se ilustra la defensa desde el púlpito, cuando las tropas francesas abrieron una brecha en este convento. Es lo que tiene que se situara en primera línea de fuego. Aquella fue la puerta del enemigo por la ribera del Huerva que les permitió adentrarse en el barrio de La Magdalena.

Tras el bélico capítulo contra los franceses, lo conquistó la desamortización de Mendizábal. Después de esta etapa, a partir del siglo XIX, según referencia Patrimonio Cultural de Aragón, el convento fue utilizado como Parque de Intendencia de Suministros. Se utilizó como almacén de uniformes, de víveres y de munición. “Los militares habían aprovechado los muros de la fábrica de la iglesia para su construcción de cuartelaría, pero introduciendo varias plantas en su interior”, cita el Ayuntamiento de Zaragoza, sin embargo, la estructura se mantuvo intacta.

Esta modificación afectó a la piedra caracoleña de Fuendetodos de las cornisas y del zócalo. En cambio, tanto la piedra negra del arco del vano como la iconografía agustina de la portada corrieron mejor suerte. Esta puerta de acceso comparte fachada con la torre barroca. Se divide en tres cuerpos: los dos primeros coinciden con la fachada y el último destaca por encima de la iglesia.

A finales de los 70, el inmueble pasó a ser propiedad municipal. Fue entonces cuando se ideó la Biblioteca Pública de María Moliner y el Centro de Historia de Zaragoza. Historia, una disciplina sobre la que este edificio sabía mucho antes de tener ese calificativo. Sus paredes ya habían visto las hazañas y aventuras de los religiosos agustinos, la lucha entre las tropas francesas y los defensores zaragozanos y hasta el día a día de militares durante el siglo XX.

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