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Zaragoza
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Deserción

Por
  • Víctor Orcástegui
OPINIÓNACTUALIZADA 19/04/2018 A LAS 05:00
El alcalde de Zaragoza, Pedro Santisteve.
El alcalde de Zaragoza, Pedro Santisteve.
Enrique Cidoncha

Antes de ser canciller de la República Federal Alemana, Helmut Schmidt fue, en su Hamburgo natal, consejero de Interior del Senado, órgano equivalente en aquella ciudad-estado a nuestros ayuntamientos. Y tuvo que hacer frente, en 1962, a unas tremendas inundaciones que pusieron Hamburgo en trance de desaparecer bajo las aguas. Schmidt estuvo al pie del cañón, removió Roma con Santiago e hizo lo posible y lo imposible para proteger a sus conciudadanos. Fue una tragedia, trescientos muertos, pero la épica actuación de Schmidt salvó muchas más vidas y le valió renombre como político comprometido y eficaz. Schmidt fue después uno de los grandes dirigentes socialdemócratas de su país; y, hasta su muerte en 2015, un referente intelectual en Europa.

Afortunadamente, la riada que acaba de pasar por Zaragoza no ha tenido ni de lejos ese empuje destructivo, pero ha sido una situación de emergencia nada banal, por más que repetida. Y en las emergencias, las autoridades deben permanecer en su puesto. A Pedro Santisteve le ha faltado ese instinto que le dice a un político cuándo debe estar ahí, en qué momentos tiene que dejar claro, para tranquilidad de todos, que alguien con autoridad y energía está al mando. No se comprende que, mientras muchos funcionarios municipales –bomberos, policías...– se esforzaban para prevenir y aliviar los daños y peligros de la crecida, su jefe, el alcalde, anduviera a miles de kilómetros.

Que todo estuviera, en principio, más o menos controlado no excusa la deserción, entre otras razones porque en una emergencia lo inesperado puede ocurrir en cualquier momento. Menos aún se comprende que Santisteve adelantase la partida hacia Chile, cuando la alerta ya estaba declarada, para pasar unos días de asueto, sin duda merecidos pero, dadas las circunstancias, muy inoportunos. Una muestra más de que Santisteve, preocupado quizá por mantener cierta pureza ideológica, no consigue sin embargo pegarse al sentir de la ciudad. Y lo malo es que cuando un alcalde no vibra con su ciudad, ni siquiera parece alcalde.

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