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"Con casi 70 años, el Seminario me ha hecho rejuvenecer"

José Manuel Camacho Morales acaba de ser ordenado sacerdote y es el vicario parroquial de la iglesia de San Gil de Zaragoza

Acaba de ser ordenado sacerdote, es viudo y tiene dos hijas. No me negará que llama la atención. ¿Cuándo surgió su vocación?

Mi fe despierta de chaval, poco después de hacer la comunión. A mi padre le desahuciaron por una enfermedad de riñón y lo mandaron a morir al pueblo, Used. Yo no me lo podía creer y recé mucho entonces. Vivió hasta los 95 años. Pero mi vocación despertó bastante después, cuando tenía 28 años y participé en unos ejercicios religiosos con un padre jesuita que era psicólogo.

Pero alguien se cruzó en su camino.

A los pocos meses conocí a una chica en Zaragoza y me enamoré. Como el tema vocacional no estaba aún consolidado me atrajo más ese amor. He pensado muchas veces que el Señor eligió para mí ser padre de familia.

¿Qué papel juega el Ejército, donde desarrolló su vida profesional?

Hice la mili a los 21 años como voluntario en el Ejército del Aire en Zaragoza. Tenía claro que el campo no me gustaba y no quería volver a cultivar las tierras de casa. Soy una persona introvertida, metódica y organizada, y le cogí gusto a la disciplina, el orden y el saber obedecer. Como suboficial en el Ejército del Aire desarrollé una labor de apoyo a tierra, era un trabajo sobre todo administrativo, en unas oficinas que había en la plaza de los Sitios.

Cuando su esposa fallece, ¿le costó retomar su camino hacia el sacerdocio?

Mi esposa conocía muy bien mis inquietudes y ella me impulsó a cursar los estudios de Teología en el Centro Regional de Estudios Teológicos de Aragón. Quise ser diácono permanente. La vocación la he tenido siempre allí, para mí no llueve de la noche a la mañana.

¿Llegó a diácono permanente?

No pude porque no estaba instituido en Zaragoza. Estuvimos hablando con dos obispos, con Elías Llanes y Manuel Ureña. Decían que sí, que llegaría algún día, pero ha sido Vicente Jiménez quien lo ha instaurado porque cree que es positivo y rico para la Iglesia.

Volvamos a su decisión de tomar los hábitos.

Después de fallecer mi esposa tras una larga enfermedad de cáncer tenía muy claro que lo importante era pasar un duelo con los míos y estar muy unido a mis hijas. Además, una de ellas tuvo que superar un momento muy doloroso y tenía que estar a su lado. Para mí la familia es fundamental.

¿Cuál fue la reacción de sus hijas cuando les dio la noticia?

Se lo comuniqué por carta individual a cada una de ellas. Desde el respeto me dijeron que si era lo que me iba a hacer feliz, adelante. Conforme ha pasado el tiempo están muy entusiasmadas y felices, algo en lo que también ha repercutido su fe.

Convivir en el Seminario con otros seis curas mucho más jóvenes debió ser toda una experiencia.

Me he sentido rejuvenecer, porque de todos podía ser padre y, de algunos, abuelo. La convivencia allí, donde pernoctaba tres o cuatro noches a la semana, es importante para tener el arraigo con los compañeros que son tus hermanos y vivir lo que es la comunidad y la oración comunitaria.

¿Qué cree que puede aportar un sacerdote como usted?

Sobre todo experiencia, tanto en la pastoral familiar como con los enfermos. Soy padre de familia y puedo hablar de la situación de los matrimonios no por lo que he leído en los libros, sino porque por mí mismo sé que es necesario escuchar, respetar, empatizar y perdonar, que nunca hay que pasar una sola noche enfadados. La larga dolencia de mi mujer también me ha enseñado mucho sobre la pastoral con los enfermos y sus familias.

Veo que lleva tres anillos.

Llevo las alianzas matrimoniales de mi esposa y mía, porque yo siempre tengo en la oración su presencia. Tengo dos matrimonios, el segundo es con la comunidad cristiana.

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