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Zaragoza

El reto de navegar sin agua

HERALDO acompaña a dos piragüistas en un recorrido por el Ebro marcado por los efectos de la sequía y la avería del azud.

Mamen Pelegrín, de pie en medio del río, demuestra que el agua apenas le llega a la altura de las rodillas.
Mamen Pelegrín, de pie en medio del río, demuestra que el agua apenas le llega a la altura de las rodillas.
Oliver Duch

El recorrido comienza en el puerto de Vadorrey y termina apenas 750 metros más adelante, ya que el nivel del río, aún bajo mínimos, no permite ir más allá del puente de Hierro. Embarcar es ya de por sí un reto, dado que el muelle está completamente seco y hay que hacerlo por una pendiente rocosa que ya ha causado algún esguince. "Le ocurrió a Lucía, una alumna de 18 años. Fue al salir de la piragua, tropezó y cayó. Al apoyarla evitó caer rodando", dicen Mamen Pelegrín y Jesús Tomás, miembros del club deportivo Monkayak Hiberus, compuesto por alrededor de 145 personas.

Ambos introducen sus piraguas con sumo cuidado. "Son de fibra y pueden estropearse con las piedras", explica ella. Ya en el río, llama la atención la escasa profundidad del Ebro, que esta semana no ha superado los 30 metros cúbicos por segundo. En muchas zonas, el agua no llega ni a las rodillas. En la desembocadura del Huerva, por ejemplo, se queda a la altura de los tobillos, cuando lo habitual es que cubra unos cuatro metros.

Esto hace que las travesías duren apenas unos minutos. En circunstancias normales, los piragüistas pueden ir más allá del parque deportivo Ebro, a unos cinco kilómetros y medio del puerto de Vadorrey. Lo habitual es que al entrenar recorran casi tres kilómetros (1,4 al ir y otros tantos al volver). No obstante, la avería en una de las compuertas del azud, estropeada desde el día 10, ha convertido el puente de Hierro en una barrera infranqueable. "Resulta imposible meter la pala en perpendicular. Hay que echarla de costado porque si la introduces por completo pegas con las piedras. Llega un momento en el que encallas y es imposible avanzar", señala Pelegrín.

Cualquier descuido puede resultar motivo de disgusto. "Las piedras están a ras de agua y eso supone jugártela. Si no te das cuenta, puedes romper o rallar la embarcación. Habría que utilizar piraguas con timones de río, pero no tenemos para todos los alumnos del club", añade.

Las algas son también un riesgo. "Son enormes y, si te caes, te puedes quedar enredado", señala. A esto hay que sumar el mal olor y su estado de descomposición, que las ha convertido en un foco de mosca negra y mosquitos varios y ha terminado por hartar a los vecinos. Avanzar a través de ellas resulta, cuanto menos, complicado, ya que, en muchos casos, los deportistas se ven obligados a desenredarlas de las palas a mano.

Todo esto hace que pocos quieran (o se atrevan) a meterse al agua. "Un día normal a las 18.00 tendría que estar lleno de gente. Normalmente, tenemos que andar con cuidado con los remeros porque somos tantos que nos chocamos, pero hoy no hemos encontrado a nadie. Muchos se han subido aguas arriba", asegura.

La fauna también se ha resentido. Apenas hay peces, las ostras "se están muriendo" y ya casi no se ven pájaros en el entorno.

Tanto Pelegrín como Tomás consideran que, en lo relativo al azud, el Ayuntamiento "tendría que mirar por todos los ciudadanos". "Se habla mucho del fomento del deporte, pero si no arreglan la avería, aquí se perderán tres clubes", afirma la primera. Ambos creen que en vez de cuestionar esta infraestructura se tendría que trabajar en potenciar este atractivo. "Al principio éramos cuatro, pero ahora estamos un montón de gente", señala Pelegrín.

"El club necesita el azud"

Ismael Solera, otro de los veteranos del Monkayak Hiberus, admite que el club "necesita el azud para seguir viviendo". Recalca, en este sentido, que en él se han formado campeones de España. "Si quieren acabar con este deporte, la mejor manera es no reparándolo", asevera.

Los efectos son ya visibles, ya que "hay gente que ya no baja a entrenar". Además, hay padres a los que les da miedo que sus hijos bajen por el camino de piedras, única forma de entrar al río.

La avería del azud ha paralizado un programa con el que pretendían acercar el río a personas con discapacidad. "Clara, una de estas alumnas, está compitiendo en campeonatos de España, pero ahora ya no puede entrenar, ya que accedía al agua a través el embarcadero", apunta Pelegrín.

Para los piragüistas, la alternativa pasa por embarcar en otros puntos del río. No obstante, el número de alumnos del club hace que esta opción sea "inviable".

Muchos temen que la situación se complique de cara al invierno. "A oscuras y con las piedras heladas será imposible desembarcar", asegura Pelegrín. Si esto sigue así, citas como el Descenso Amigos del Ebro tendrán que cancelarse.

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