Despliega el menú
Zaragoza

¿​Las horas zaragozanas de un joven mochilero llamado Barack Obama?

En 1987, el ahora presidente de EE. UU. se echó la mochila al hombro y viajó por Europa... pasando por la provincia de Zaragoza.

Obama, que visitó España con 26 años, en una foto de la época
Obama, que visitó España con 26 años, en una foto de la época
AP

Barack Hussein Obama II, primer afroamericano en el despacho oval y carismático líder mundial -ejército de asesores mediante-, pasó unas horas en la provincia de Zaragoza mientras viajaba como mochilero de Madrid a Barcelona, unos momentos en los que se granjeó la amistad de un misterioso hombre. Era 1987, seis años después del fallido golpe de Estado y apenas un lustro más tarde del verano de Naranjito. No resulta sencillo trazar el camino que el ahora comandante en jefe de EE. UU. siguió por Aragón, pero en el libro autobiográfico 'Los sueños de mi padre. Una historia de raza y herencia', publicado en 1995, relata en unos párrafos una parada a medio camino durante su marcha nocturna que, a tenor de las rutas de autobús de la época, es más que probable que realizara en la capital aragonesa o en su entorno.

Esa es la conclusión a la que ha llegado Moisés Gómez Vázquez, autor de 'Automóviles Luarca S. A. (ALSA). Cien años de historia' y una suerte de historiador del transporte de viajeros por carretera en España. Moisés explica que "si bien es cierto que puntualmente Renfe (que entonces operaba también con autobuses) y Ágreda combinaron esfuerzos para dar un servicio lo más directo posible, hacia 1987 lo más probable es que un pasajero tuviera que hacer transbordo en Zaragoza. El servicio de Molina a Zaragoza de Ágreda va por Daroca y Cariñena, aunque es posible que en su día fuese por Calatayud y cargase allí el pasaje que viniera de Madrid con Renfe".

Pero, en su escrito, Obama no dejó claro si la parada tuvo lugar en una urbe grande o mediana o si la escala tuvo lugar en un municipio al pie de una carretera nacional. Así lo relató en sus precipitadas memorias, mucho antes de concurrir a los comicios presidenciales: "Había estado esperando un bus nocturno en un bar junto a la carretera a mitad de camino entre Madrid y Barcelona. Unos cuantos ancianos estaban sentados en mesas y bebían vino en unos vasos cortos y 'nublados'. A un lado había una mesa de billar y, por alguna razón, junté las bolas y empecé a jugar, recordando aquellas veladas con mi abuelo en los clubes de la calle Hotel, con sus prostitutas y proxenetas, y el abuelo era el único hombre blanco del lugar".

El tugurio que describía podría pertenecer tanto a una localidad de menos de mil habitantes como al entorno de la estación que la compañía Ágreda tenía en la avenida de Valencia, en una Zaragoza muy diferente y desfasada respecto a la actual. Lo poco estricto del sector del autobús a finales de la década de los 80, en el que también había rutas piratas, desdibuja el recorrido que siguió el cuadragésimo cuarto ocupante de la Casa Blanca, que en cualquiera de las posibles hipótesis transitó por suelo aragonés.

En aquel escenario de recipientes sucios y tacos de billar, Obama encontraría el amor fraternal en un temporero de raza negra, enigmático y sin nombre. Al menos, que el norteamericano pudiese recordar: "Conforme terminaba la partida, un hombre con un jersey de fina lana apareció de la nada y me preguntó si me podía invitar a tomar café. Él no hablaba inglés y su español no era mucho mejor que el mío, pero tenía una sonrisa ganadora y la urgencia de juntarse con otra persona solitaria. De pie, en la barra, me contó que era de Senegal y que estaba cruzando España buscando trabajo temporal. Me enseñó una fotografía ajada de una niña con la cara redonda y sonrosada que guardaba en su cartera. A su mujer, dijo, había tenido que dejarla atrás. Se reunirían tan pronto como ahorrase el dinero suficiente. Le escribiría y le mandaría el dinero".

La crónica del de Honolulu profundiza en la fugaz amistad, que transcurrió en el trayecto a través de las carreteras zaragozanas: "Acabamos subiendo juntos al bus, sin que ninguno de los dos hablara mucho, aunque él se giraba hacia mí a menudo para tratar de explicar las bromas del vídeo que se proyectaba en una televisión sobre el asiento del conductor. Un poco antes del alba nos dejaron en una vieja estación de autobuses (ya en Barcelona, aunque no concreta la estación) y mi amigo gesticuló para que me acercara a una palmera pequeña y gruesa que crecía junto a la carretera. De su macuto sacó un cepillo de dientes, un peine y una botella de agua que me entregó con gran ceremoniosidad. Y juntos nos aseamos bajo la niebla matutina antes de echarnos las mochilas al hombro y encarar la ciudad".

"¿Cuál era su nombre? Ahora no puedo recordarlo. Sólo era otro hombre hambriento lejos de casa, uno de los muchos niños de excolonias -argelinos, indios, paquistaníes- que ahora saltan las alambradas de sus antiguos amos, organizando su propia invasión irregular y desordenada. Y conforme caminábamos hacia las Ramblas, sentí que le conocía mejor que nadie, que aún viniendo de lugares opuestos del planeta estábamos haciendo, de algún modo, el mismo viaje. Cuando finalmente nos despedimos, me quedé largo, largo rato parado en la calle, observando su esbelta figura patizamba perdiéndose en la distancia. Una parte de mí deseó entonces marchar con él hacia una vida de carreteras abiertas y amaneceres azules; otra, se daba cuenta de que aquel deseo era también una fantasía romántica, una idea acorde con mi imagen de los hombres antiguos o de África. Hasta que caí en la cuenta de que aquel hombre de Senegal me había invitado a café y ofrecido agua, y aquello era real, y quizá aquello era todo lo que cabía esperar: el encuentro casual, una historia compartida, las pequeñas muestras de amabilidad", narra el joven viajero, entonces de apenas 26 años.

El recuerdo del nuevo amigo sobresaltó al demócrata cuando volaba a la Kenia de su padre desde el aeropuerto londinense de Heathrow, toda vez concluido el periplo europeo. Atrás quedaban sus días de viajero ajeno a los lujos, en la Plaza Mayor madrileña o en las carreteras zaragozanas, que recordaría junto a Felipe VI en su siguiente visita, el pasado día 10. "Ésta no es mi primera visita a España ni a Madrid. Pero confieso que la primera vez que vine no fue en el 'Air Force One' (el avión presidencial)", contó ufano al monarca.

Etiquetas
Comentarios