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Zaragoza

​En invierno castañas... y en verano chuches

¿Quiénes son los castañeros de Zaragoza y a qué se dedican el resto del año?

José vendiendo castañas.
José vendiendo castañas.
Sandra Lario

El crujir del fuego entre sus brasas y el calor que desprenden sus casetas evocan mejor que nada el invierno en la ciudad. Verlos llegar en octubre indica que es la hora de desterrar las sandalias y sacar los guantes del cajón. Sus casetas, instaladas en las plazas más características, se han convertido en una estampa típica de Zaragoza. Pero ¿quiénes son los castañeros? ¿A qué se dedican el resto del año y por qué las castañas que comemos en la calle saben mucho mejor que las que hacemos en casa?

La respuesta a esta última pregunta la da José, el castañero de la plaza Sas. Lleva casi treinta años anunciando la llegada del frío con su venta de castañas y presume de tener el mejor género de la ciudad. Las vende a tres euros la docena. "Las traigo de Galicia y son las más grandes", enseña orgulloso sin dejar de removerlas. José no necesita apellido. No quiere darlo porque no le hace falta. Todo el barrio lo conoce como Jose, sin acento, y los vecinos se acercan cada tarde para echar también sus horas a las brasas.

Todos los castañeros de la ciudad tienen licencia para instalarse en las calles entre el 1 de octubre y el 31 de marzo, aunque reconocen que una vez pasado el Día de Reyes la venta se vuelve "más flojica". Si el tiempo acompaña y el frío llega cuando tiene que llegar, las Fiestas del Pilar y los días de Navidad son su punto álgido.

- ¿Pasáis frío?

- Mucho; responde José.

- En absoluto; le contradice Pilar.

Pilar Monzón es la castañera más antigua de la ciudad. A ella el invierno no le amarga porque le encanta su trabajo. Lleva 32 años dando calor a la plaza de San Miguel y la decoración del puestecillo deja claro el cariño que le han cogido los vecinos. "Ese es Jorge -dice señalando la foto de un niño pinchada en su caseta-, es un vecino al que le gusta ser mi ayudante y dar vueltas a las castañas. Más tarde seguro que viene", expone feliz la castañera. Sus nietos viven en Canarias y no vendrán hasta Navidad. A la foto de Jorge le acompaña una pegatina de El Rebullo porque los peñistas del barrio se han encariñado con el personaje que nunca falla en las Fiestas del Pilar. ¿Algo negativo? "Los perros, que se hacen pis en mi caseta", comenta Pilar mientras frunce el ceño. 

Durante el resto del año Pilar sigue repartiendo ilusión (y calorías) entre los más pequeños. Cuando marzo termina echa el cierre a su caseta y se vuelve a su pueblo, La Puebla de Híjar, donde vende chucherías en el quiosco de la plaza.

La caseta la trae consigo cada vendedor y la instala para la temporada en el hueco asignado por el Ayuntamiento de Zaragoza, aunque se suelen respetar las licencias y las ubicaciones de años anteriores. Por eso, es frecuente que el negocio pase de padres a hijos o conocidos, como en el caso de la vendedora más joven del centro de Zaragoza, la del paseo de la Independencia. Le da vergüenza que la reconozcan en la feria, donde trabaja el resto del año vendiendo algodón de azúcar, por lo que prefiere no dar su nombre y no salir en las fotos, pero informa de que se encarga de este negocio familiar desde hace ya siete años.

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