Zaragoza

“Me asombró que en España la gente lo tenía todo pero no sonreía en su día a día”

Lancy Dodem es conocido como el primer niño apadrinado de la Fundación Vicente Ferrer.

“Me asombró que en España la gente lo tenía todo pero no sonreía en su día a día”
M. Sádaba

Lancy Dodem, de 37 años, nació en el distrito de Anantapur, al sur de la India. Aunque proviene de una familia de intocables, la clase más baja según la clasificación por castas que se hace en su país de origen, siempre estuvo al amparo de la Fundación Vicente Ferrer. “Mi padre, siendo todavía soltero, fue uno de los primeros que comenzó a trabajar en la casa de Vicente, por eso mis dos hermanas, Martha y Theresa, y yo hemos crecido a su lado”, señala Dodem. Una circunstancia que se convirtió en realidad cuando su padre falleció. Debido a esto, se le conoce como el primer niño apadrinado de la fundación.

¿Cómo se siente por ser el primer apadrinado?

Estoy muy orgulloso porque gracias a Vicente y a su mujer Anna tuve la oportunidad de ir a la escuela y de cambiar mi destino, como más de 130.000 niños. Además estoy satisfecho por haber sabido aprovechar esta oportunidad y poder dar ejemplo a través de mi trabajo como portavoz de la Fundación Vicente Ferrer en España.

¿Cómo hubiera sido su vida si Vicente no hubiera ido a Anantapur?

Seguramente hubiera llevado una vida normal de intocable, trabajando limpiando basuras o baños, por ejemplo. El sistema lo marca el hinduismo: se tiene la concepción de que se ha hecho algo malo en la otra vida y por eso tienes como castigo pertenecer a una familia de intocables. Por esta razón es importante la fundación, ya que permite que las personas puedan mejorar y les da una oportunidad que de otra forma no tendrían.

Una oportunidad que se sigue manteniendo en el tiempo.

Efectivamente, en mi caso, desde pequeño tenía la seguridad de ver constantemente a Vicente y Anna, de este modo sabía que ellos estaban allí para ampararnos y eso es lo que continúan haciendo. Empezaron con la generación de mi padre, luego la mía y ahora la de mi hijo. Es ya la tercera generación a la que están ayudando.

Con una vida entre Anantapur y Barcelona, ¿qué diferencias nota de cuándo era pequeño a ahora?

Durante estos años se ha trabajado en varios proyectos: mujeres, educación, discapacitados, sanidad, etc. Pero lo más importante de todo es que se ha conseguido despertar la conciencia de la gente. Las familias de intocables que han recibido el amparo de la fundación y ahora son conscientes de que pueden ayudar. Por esta razón, cada 9 de abril (fecha de nacimiento de Vicente Ferrer) abren las pequeñas huchas que tienen y se recauda una buena cantidad de dinero con la que se puede socorrer a otros.

Y en ese intento por colaborar, escribió su libro “Mi viaje al norte”, ¿cómo se le ocurrió la idea?

Cuando llegué a España empecé a dar conferencias en las que relataba mi experiencia en Anantapur y entonces decidí escribir el libro. De este modo, me permite seguir hablando de Vicente y da la oportunidad de conocer en profundidad el funcionamiento de la fundación. Además, tengo la percepción de que una persona solo fallece cuando se deja de hablar de ella, por ello, a través de este escrito quiero mostrar que Vicente sigue vivo y que tenemos que seguir sus sueños y su filosofía para mejorar la vida de miles de personas en la India. No hay que olvidar que la pobreza no se terminará mientras exista el mundo y la humanidad, es algo inherente a ellos, por lo tanto, el único que tiene la capacidad de mejorar las cosas es el ser humano, ayudándose los unos a los otros.

En él relata su llegada a España, ¿fue tal y como se la había imaginado?

En India se tiene una visión idílica tanto de Europa como de América, pero en el fondo es un espejismo. Desde India se ve que en Europa hay vida, hay agua, no hay problemas para vivir, pero cuando llegas compruebas que todo no es tan bonito como te lo imaginabas.

¿Qué fue lo que más le sorprendió?

Aquí la gente lo tiene todo: ropa, casa, comida... pero no sonríen. Eso me llamó mucho la atención, no lograba entender cómo no eran capaces de sonreír mientra que en la India, dónde no se tiene de nada, sí que se hace. Ahora, que ya llevo unos 15 años viviendo entre un país y el otro he llegado a la conclusión: la gente trabaja durísimo para conseguir todos los objetos materiales que necesita y en el camino se han perdido las cosas pequeñas del día a día. Por eso no sonríen en su vida cotidiana. Lo que hay que entender es que la felicidad no está en conseguir algo sino en la lucha por lograrlo.

Usted mantiene esa lucha diaria para que la fundación siga creciendo, ¿ha notado el impacto de la crisis?

Se ha notado una ligera bajada porque la gente está intentando ayudar a sus familiares, que en estos momentos lo están pasando mal. Sin embargo, los apadrinamientos siguen funcionando y si la gente no puede suele buscar otras alternativas que cuestan menos dinero pero continúan colaborando.

Con toda las experiencias que ha vivido, ¿qué es lo que le quiere transmitirle a su hijo?

Lo único que quiero es que sea una buena persona y que mientras viva lo compartamos todo el uno con el otro. Además, es fundamental que no se olvide de perdonar, puesto que es la capacidad más importante del ser humano.

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