Zaragoza

De La Magdalena a La Madalena, una letra que trae cola

El motor de la transformación de este barrio zaragozano está "en el esfuerzo de sus vecinos".

Mercadillo de segunda mano en La Magdalena
Mercadillo de segunda mano en La Magdalena
Francisco Jiménez

De zona degradada a barrio ‘cool’. Nido de numerosas asociaciones y centros sociales, de artistas, bohemios, galeristas y pintores callejeros, el barrio zaragozano de La Magdalena o Madalena, como algunos lo denominan, ha sabido mantener el ‘status’ de barrio alternativo de Zaragoza que comenzó a tejer hace más de quince años. Pero, ¿cuál es el motor de esta transformación?

“Sin duda, el esfuerzo y la organización de los vecinos de la Magdalena ha sido el eje del cambio del que ahora es el gran hervidero de cultura de la ciudad”, detalla Carlos Calvo. Él es vecino del barrio “de toda la vida” y propietario de la ‘Quiteria Martín’, un establecimiento mítico de La Magdalena que pertenece a la familia Calvo desde hace más de tres generaciones.

Calvo ha vivido en primera persona esta regeneración y sabe de lo que habla cuando advierte que “la fuerza está en el propio barrio”. “Durante estos años he visto cómo los políticos de turno se adjudicaban las medallas por la revitalización de La Magdalena, pero en los años 80 y 90, cuando el barrio estaba abandonado, enfermo de droga y prostitución ninguno se preocupó”, explica este zaragozano de 50 años.

Ahora el barrio respira otro ambiente. Atrás quedó esa época gris que trajo la cara más fea de La Movida. “Es espectacular la vida y el dinamismo que se respira: existen bares de diferentes temáticas y con variedad musical, el 'Juepincho' ha dado a conocer los locales del barrio y el comercio artístico y local se ha implantado”, comenta Calvo, que a pesar de estas mejoras lamenta que todavía haya gente que diga que “la Magdalena tiene mala fama”.

Por su parte, David Arribas, portavoz de la Asociación Vecinal de la Madalena Calle y Libertad, asegura que este fenómeno es propio en el casco histórico de las grandes ciudades. Pero, en La Magdalena convergen varios motivos: “El casco viejo ofrecía oportunidades para vivir con precios más bajos y muchos vieron la opción de volver al corazón de la ciudad, no solo para residir sino para montar sus negocios”, señala Arribas.

Otro motor de cambio son los vínculos entre vecinos: “Muchos valoran la particularidad de barrio inquieto y de relación en la calle. En barrios como Valdespartera o Arcosur es casi imposible. Gracias a las redes vecinales el barrio ha progresado”, explica.

Además, “gente con inquietudes interesada en la cultura decidió poner en marcha proyectos que unieran talento con la mejora del barrio”. Así, nació la Semana Cultural de la Madalena, Modalena, Madalena Street Market o la Campaña para mejorar el Parque Bruil, entre otras. Algunas de estas iniciativas, sin 'g', traen cola. “Es un distintivo, una seña de identidad para un barrio vivo y con muchos colectivos”, explica Arribas, sin darle mucha importancia. Por su parte, Calvo prefiere no olvidar la 'g' de su barrio: "Yo lo digo como es. La Magdalena", señala. 

La doble cara de la Magdalena

Pero, como en todo, existe una doble cara. El propio atractivo de la Magdalena puede volverse en su contra. “El barrio ha ganado prestigio y urbanísticamente vale más, lo que puede ocasionar el desplazamiento de la población con menos recursos”, sentencia Arribas.

Además, el atractivo del barrio también hace que sea algo jugoso de explotar. “No queremos que se conforme de espacios dedicados exclusivamente al turista. Abogamos por el comercio local del barrio, pensado para el consumo cotidiano”, destaca Arribas que asegura: “Todavía no existe un riesgo evidente en la Magdalena, pero es una tendencia que ya se da en barrios madrileños del casco viejo, donde la restauración está dirigida al turista, los precios aumenta y se pierde calidad”.  “El problema está cuando se deja de lado los intereses de los ciudadanos”, concluye.

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