Zaragoza

Conchi, Wenceslao, Alberto y Pablo. Cuatro 'sin techo' entre quinientos

Hay cerca de 500 personas sin hogar en Zaragoza. Unas 186 duermen en la calle cada día.

Conchi y Wenceslao en el paseo de la Independencia
Cómo afrontar la vida cuando se ha perdido todo

Conchi tiene 43 años y es una de las 493 personas sin hogar de Zaragoza. Lleva botas y vaqueros donados por una amiga, duerme en un cajero y pide junto a Wenceslao en el paseo de la Independencia. Ella es natural de Zaragoza. Él de Tortosa. Los dos llevan cuatro años sin trabajo y nunca han cobrado el paro porque antes trabajaban sin contrato. Ella limpiando casas. Él aquí y allá, pero también en negro. Por eso mismo, tampoco cumplen las condiciones para cobrar la ayuda de los 400 euros.

En un bordillo de la calle de Alfonso I se sienta otro joven de 31 años. Por llamarlo de alguna manera, llamémoslo Alberto. Su aspecto es impecable: barba recortada, lavado y ropa en buen estado. Él es natural de Valladolid, su antigua pareja y sus dos hijos viven en Huesca y él se ha quedado estancado en Zaragoza. Ha trabajado de todo lo posible, ya fuese legal o ilegal, y ya se le terminaron el paro y las prestaciones. Cada tres meses tiene derecho a dormir seis días en el Albergue Municipal. El resto de noches, las pasa en un cajero junto a 'un compañero' en su misma situación. Aunque consigue ver a sus hijos de vez en cuando, nadie en su familia se imagina su situación.

Cada vez más jóvenes y más cercanos

La imagen del 'mendigo del tetrabrick de vino' está cambiando y los zaragozanos se cruzan cada vez más con personas que, por la apariencia, podrían ser sus hijos o sus hermanos. Las historias que hay detrás se repiten una y otra vez y las resume Lucía Capilla, trabajadora social de la parroquia del Carmen: "Varios sucesos traumáticos unidos a la pérdida de trabajo en un breve periodo de tiempo y la falta de una red social de apoyo (familia etc)". Sin embargo, la edad media de los transeúntes cae cada día más. La oficial es de entre 40 y 50 años pero Lucía es testigo de que cada vez aparecen más jóvenes en estas situaciones, incluso de 18 años.

Para Alberto fue el maltrato de su madre por parte de su padre alcohólico, su antigua relación con las drogas, la ruptura con su pareja y el cierre de la empresa en la que trabajaba. Para Conchi, su mala relación con sus padres, el rechazo de sus hijas y la falta de empleo. Wenceslao es más reticente a dar detalles de su vida.

Los tres son jóvenes, tienen experiencia laboral en distintos sectores y aseguran que han empapelado toda la ciudad con sus currículos. "Tengo más esperanzas de conseguir algo ahora que se acerca la primavera", informa Alberto. Él es optimista, está seguro de que esto es solo una mala época más.

Ducha diaria y ropa semanal

Duermen en cajeros, se duchan cada día en el Albergue Municipal y consiguen ropa de su talla una vez a la semana en el ropero. Piden dinero para comer porque todavía se sienten fuera de lugar en los comedores sociales a los que, según dicen, "van muchos borrachos" y en los que hay "muchos follones". Unos días consiguen cinco euros, otros treinta o incluso cuarenta si la cosa va muy bien. Los tres se sienten abandonados por las ONG y los servicios sociales. Tenían una vida que se derrumbó y aunque pidan, es difícil verlos como mendigos.

Cuando llega la costumbre

Pablo es la otra cara de la moneda. Con 57 años y tras vivir siete entre albergues y cajeros agradece muchísimo el desayuno del albergue, la comida del comedor social de la parroquia del Carmen y el bocadillo que le dan para cenar. Se agacha a recoger las colillas del suelo pero nunca ha pedido dinero en la calle. Le daría vergüenza. Él sí se ha rendido y ha dejado de buscar trabajo. Lo intentó los dos primeros años. Asegura que echó "más de 150 currículos" y que recorrió todos los polígonos, pero nada. Ahora pasa los días leyendo en una biblioteca pública a la que accede con su Tarjeta Ciudadana y su mayor miedo es acostumbrarse a esta rutina. "Cuando me voy a dormir en un cajero con unos cartones y un saco de dormir pienso en lo dura que es la vida. Cuando me despierto y es de día me asusto porque no me parece tan mala".

Él trabajó varios años como autónomo, luego fue albañil, después cayó en el alcoholismo y perdió a su familia y el empleo, todo de vez. Eso sí, asegura que lleva siete años sin probar la bebida, que él también se hubiese echado de casa a sí mismo y que si pudiese "le pegaría fuego a todo el alcohol del mundo".

Aunque Pablo no tendrá derecho a cobrar una jubilación porque no llegó al mínimo de años cotizados, las trabajadoras sociales le han ayudado a tramitar la solicitud del Ingreso Aragonés de Inserción. Lo pidió hace tres meses y el tres de abril le dirán si se lo conceden o no. Si lo consigue, se alquilará una habitación "en cualquier hostal" e intentará comprarse una furgoneta "para huir de la ciudad y de esta vida y dormir siempre bajo techo".

Cuatro entre quinientos

Como Pablo, Alberto, Conchi y Wenceslao hay 493 personas en Zaragoza según el último informe de la Cruz Roja. Unas 186 duermen cada día en la calle y el resto van rotando entre distintos centros y fundaciones. El Albergue Municipal, el Albergue general, El Refugio y la Parroquia del Carmen son las entidades que dan cobijo a un mayor número de personas cada noche. Estos servicios, junto al ropero y las duchas, son los más valorados por los transeúntes.

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