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Zaragoza
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Solidaridad

"Cuanta más necesidad hay, más gente se entrega"

La crisis ha disparado el número de familias que recurren a los roperos de Zaragoza. En el Albergue Municipal se entregan unas 100 prendas diarias. La ayuda llega también a asociaciones y parroquias de barrio.

Unas cuarenta personas hacen fila cada semana a las puertas del ropero de la iglesia del Sagrado Corazón de Jesús. Familias monoparentales y matrimonios con hijos pequeños esperan su turno dentro y fuera de la parroquia, donde cada lunes se reparten más de 150 prendas de vestir.

"Aquí la clientela no falla porque con la crisis la necesidad se ha acentuado. Cada lunes vienen unas 40 personas, y por la mañana se nos cuela siempre alguien", explica María José Sanz, una de las responsables.

La entrega de ropa y calzado se realiza los lunes de 19.00 a 21.00. Siete voluntarios de distintas nacionalidades atienden a las familias que van llegando. María José fue una de las primeras en colaborar hace ya 11 años. Estas asistencias -asegura- no las ha habido nunca. "Aquí hacemos lo que podemos y ojalá que podamos mucho tiempo", añade animado Reinaldo.

Tres españolas, una peruana, una ucraniana, un nicaragüense y un hondureño se coordinan cada tarde para atender a los usuarios. "La ayuda nos viene de maravilla porque lo mismo mi cuñada que yo somos ya mayores y hay sitios a los que no llegamos si no es con escalera", señala María José.

De psicólogo en Nicaragua, a voluntario en Zaragoza

David López, nicaragüense de 30 años, lleva un año y medio en el ropero como voluntario. Llegó a esta parroquia de barrio porque necesitaba ropa para el frío y, desde entonces, no les ha dejado. "María José me ofreció colaborar y gracias a esto me salen también otras cosas. Algunas señoras me dicen: David, ¿te vienes a limpiar los cristales a mi casa?", cuenta sonriente mientras busca ropa para un bebé de tres meses.

Antes de llegar a España trabajaba como psicólogo clínico en Nicaragua. Se licenció en la Universidad Nacional de León –la primera que se fundó en el país, cuenta-. Allí cursó también un máster en Educación Superior que ahora trata de homologar para volver a ejercer su profesión. "Me han salido varios trabajos de lo mío en residencias de ancianos, pero no me han podido contratar", confiesa. Por lo pronto, colaborar en el ropero le reconcilia en cierto modo con su oficio de psicotraumatólogo. "Allí en Nicaragua trabajaba para organismos, así que siempre he tenido esa actitud humanitaria frente a las necesidades de los demás", insiste.

A día de hoy, lo que más le complace es ver "los rostros" de agradecimiento de aquellos que se acercan cada lunes al ropero. "A veces es como si te dieran las gracias con la mirada, y es tan satisfactorio que inclusive si alguna vez fallo en venir estoy pensando en cómo se las estarán arreglando para atenderlos a todos", añade.

En época invernal, el número de usuarios que hacen uso de este servicio se dispara. Los responsables controlan el reparto por medio de unas fichas que les proporciona Cáritas.

La solidaridad –dicen– también aumenta con la llegada del mal tiempo. "Cada día traen bolsas de ropa, y como en las homilías se piden mantas, la gente enseguida responde. Aquí no teníamos ninguna y ahora está lleno", afirma María José. Según señalan, hay familias que incluso las compran nuevas en vez de traerlas usadas y los comercios que cierran les donan también existencias, aunque de forma esporádica. Los seis voluntarios se encargan de elegir las mejores ropas para los que van llegando.

Algunos, como Lucía Arteaga, han recurrido ya varias veces a la parroquia; esta última porque necesitaba ropa de abrigo. Actualmente no tiene empleo y solo cuenta con el sueldo de su marido, que lleva un tiempo de baja. A su juicio, va a ser "difícil" salir de esta crisis, pero todavía conserva la esperanza por sus hijos. "He pensado en regresar a mi país... pero por los chicos, los estudios y el trabajo de mi marido seguiremos aquí luchando hasta que podamos", confiesa.

"Gracias a que están estas asociaciones para ayudarnos a todos...", subraya Fátima Ndiaye, una senegalesa que reside desde hace 11 años en el zaragozano barrio de Las Fuentes. En su caso, es la primera vez que acude al ropero, acompañada por sus pequeños. "Estoy pasando por una mala situación, no tengo empleo y ahora tampoco puedo trabajar porque llevo un transplante. Esto es muy bonito porque hay gente que si no, no tendríamos para vestir", cuenta con gesto amable.

"La generosidad nos desbordó el año pasado"

La solidaridad ciudadana sorprende a menudo hasta a los propios responsables de estas organizaciones sociales. "Dicen que por cada necesidad hay dos personas que quieren ayudar. Yo de aquí solo puedo hablar bien porque no hay día que no llegue una bolsa llena", puntualiza Sanz.

La generosidad de los zaragozanos desbordó el año pasado el ropero del Albergue Municipal, donde en los últimos años se entrega una media de 100 prendas diarias. "Nos quedamos sin ropa a mitad de invierno y los operarios estaban angustiados. Hicimos un llamamiento a la ciudad y tuvimos que cargar furgonetas y furgonetas de bolsas que están ahora en Casa Amparo. Fue tal la avalancha que hubo que habilitar toldos para clasificar todo", recuerda entusiasmado el director, Gustavo García.

En los 16 años que lleva al frente del Albergue Muncipal asegura que no ha habido un solo día en que no haya venido alguien a ofrecerles una donación. "Un día –confiesa- llegó un señor empeñado en darnos 150 euros. Tuve que advertirle de que si cogía ese dinero estaba cometiendo un delito", añade García entre risas. Otra memorable obra de caridad la protagonizó una anciana que se acercó hace unos meses al Albergue para entregar un elegante abrigo que ella misma había confeccionado. "Una chica que esté en la calle no se pone esa prenda, pero la abuelita te viene con ese cariño que aunque no sirva se lo agradeces en el alma", sentencia.

De esta forma, la misma crisis que ha llevado la pobreza a los hogares ha llenado de solidaridad ciudadana roperos, albergues y pequeñas asociaciones de barrio como el Centro Alba, donde atienden a una media de 40 personas diarias.

"Ahora mismo –concluye García- es una sensibilidad de la gente que quiere sentirse bien ayudando y cuanta más necesidad hay, más gente se entrega".

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