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PROGRAMA INFANTIL

Ni el flautista de Hamelín...

La Comparsa de Gigantes y Cabezudos volvió a demostrar ayer su poder de atracción con niños... y grandes.

Palafox y Agustina de Aragón, por la calle Alfonso.
Ni el flautista de Hamelín...
A. A.

Llevar al crío a los cabezudos es todo un arte. La estrategia es fundamental. Hay que sopesar si es mejor ir con carrito o sin carrito, tratar de no perderse del resto de acompañantes, alcorzar para encontrárselos de frente, hacer envolventes y culebrear para acercarse a ellos; si el niño se asusta, saber retirarse a tiempo y, al final, convencerle con mano izquierda de que con verlos pasar siete veces es suficiente. Ayer, miles de personas esperaban ansiosas la salida de los gigantes y los cabezudos a las puertas del Ayuntamiento. «¡Venga, el rey y la reina!», gritó con voz recia a las 11.00 en punto Tomás Saz, el jefe de la comparsa, que se jubila, por cierto, el próximo año. Una salva de aplausos recibió a los primeros gigantes, mientras el resto formaba ya en fila para salir.

Ricardo Jaime y Joaquín Hernández eran los encargados de turnarse para levantar al Quijote, «el más pesado de todos». Ambos, con 25 años de trayectoria, son de los más veteranos del equipo de alrededor de 35 personas que se encarga de uno de los emblemas de las fiestas del Pilar. Según contaban, «la técnica es más importante que la fuerza, la clave es estar siempre en movimiento». También terció Domingo Carrillo, quien se enfunda la cabeza del Morico: «Llevo haciendo esto desde el 85, y siempre es el mismo gusanillo». La vocación permanece, aunque el tiempo pasa: «Ahora hay abuelos en la comparsa, y vienen los hijos y los nietos a darnos un abrazo», contó.

Los abuelos, por cierto, abundaban. Muchos de ellos acudían en calidad de suplentes de unos padres resacosos, que habían aprovechado el fin de semana para ponerse al día en eso de apurar la noche: «¡Con tu padre alcanzas más altura!», le decía José Ignacio a su nieto mientras pasaban los gigantes.

Los padres de los niños más pequeños aprovechaban para hacer las correspondientes presentaciones: «Mira, ese es el Robaculeros, y ese el Verrugón...». Entre los niños hubo auténticas montañas rusas de sentimientos, desde el estupor y el gozo hasta esa especie de amor-odio que los mantiene embelesados a la par que tiemblan de miedo.

«¡Hala, ya hemos saludado al Morico!», decía ayer un padre, resoplando con un hijo de percentil 90 sobre los hombros. Misión cumplida.

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