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Zaragoza
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TOROS

En la edad de piedra

Alberto Álvarez se llevó una oreja paisana, tras una faena variada con más voluntad que limpieza. A la de Partido de Resina, seria y bien armada, le faltó raza, fortaleza y sacó más genio que casta.

Con alegría y fijeza entró al caballo el primero de la tarde.
En la edad de piedra
CARLOS MONCíN

La media plaza, escasa, se puso en pie, antes del comienzo del espectáculo, para tributarle una cerrada ovación a un grupo de aficionados catalanes que, tras desplegar sus pancartas al aire, reclamaron justicia y libertad para el toreo en la comunidad vecina. Emocionante momento. Puro. Sentido. De los que presagian que aún hay remedio y que la unión rompe fronteras. Runrún de expectación al reclamo de los Pablorromeros, ayer convertidos en fachadas dignas de un espectáculo en blanco y negro. De ayer, de otra época no tan lejana, pero hundida ya en el pozo de las memorias que peinan canas.

Toros de piedra por fuera y de cartón por dentro. De láminas clásicas. Imponentes vistos de frente. Y desde atrás. De ovación al aparecer por la puerta estrecha de chiqueros. Pasada de edad casi toda. A punto de cumplir los seis, excepto el cinqueño segundo, bajito y reunido, y el cuatreño, aún, cuarto.

A los de Resina les faltó un fondo de casta. De la buena, claro. Algunos la sacaron, pero de la que se enraíza con el genio, de la que radiografía al torero, lo espera y lo hunde en el pozo de la miseria. Hubo de todo, como en botica. Noble y con calidad el primero, codicioso y alegre en el caballo el quinto y mansos, casi imposibles el resto. Abantos de salida, echaron las manos por delante a los capotes y acabaron sin entrega alguna.

A Alberto Álvarez, paisano, le tocó un lote para torearlo por abajo y matarlo por arriba. Poco lucido con el capote toda la tarde, no perdonó ningún quite. A su primero, en una faena de más a menos, le perdió pasos en los primeros compases para, tragando paquete, aguantarle las miradas de reproche. Discutible la oreja tras dos descabellos. Al quinto, de ovación de salida, lo puso muy largo en el caballo de Sangüesa, que midió las dos entradas y picó arriba y bien. A partir de ahí, no le pudo. Le tocó en demasía la muleta y acabaron descompuestos los dos. Perfecta su cuadrilla: Roberto Bermejo en la lidia del quinto, y Venturita y Jesús Arruga, clavando los garapullos.

Padilla voló en banderillas. Llevó los pares siempre hechos, incluso los violines. Sin coba citó en uve, muy fuera de cacho. La muleta fue siempre retrasada y tropezada. No quiso guerra. Mató en el rincón.

Fandiño fue el único que lució de capote. Tres verónicas de manos bajas y una media exquisita fue su haber. Con la muleta no pudo obligar al tercero, pegajoso y molesto, y al manso sexto le aguantó tarascadas, quedando todo en telonazos por arriba. Corrida de expectación, corrida de decepción. Y van...

J Alberto Álvarez se llevó una oreja paisana, tras una faena variada con más voluntad que limpieza

J A la de Partido de Resina, seria y bien armada, le faltó raza, fortaleza y sacó más genio que casta

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