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Zaragoza
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TOROS

Monumento al inválido

La voluntad de los tres toreros estuvo muy por encima de una flojísima corrida de Criado. La tarde se fue diluyendo a medida que los astados, sin fuerzas y sin fuelle, rodaban por el albero.

Manolo Sánchez contempla, impotente, cómo el cuarto de la tarde se arrodilla ante su muleta.
Monumento al inválido
CARLOS MONCÍN

Estamos en plena época de reconocimientos médicos en mi empresa, HERALDO. Solo de pensarlo me asusto, porque le tengo más miedo a un jeringuillazo que a un repartidor de pizzas en moto. Ayer me sacaron un montón de sangre. Bastante más que la que asomó por cualquiera de los lomos de una estrecha corrida, desigual y ayuna de motor y de fuerza. La suerte de varas se convirtió en un mero paripé de toreros con lanza, que cobraron por no ejercer su profesión: picador de toros. A partir de ahí, la tarde fue una sucesión de malas caras, peores gestos y un enfado generalizado que fue creciendo a medida que los furos rodaban como croquetas por el rubio albero. Mal, sin descaro, la presidencia. Denegó la petición de la oreja, creo que mayoritaria, a Manolo Sánchez en el primero. Cierto es que no hubo toro y que lo que allí pasó nada tuvo que ver con una lidia de riesgo, de poder. Dejó saltar al ruedo un alfiler de corbata, un torillo minúsculo que se tapó por la cara. El cuarto. Una insignificancia burraca. Debió devolver un par de toros y no permitir que toda España, vía Manolo Molés, viera tan denigrante espectáculo.

Toros inválidos, sin fuelle. Incapaces de tirar una coz por temor a caerse. Se agarraron al piso como estatuas de bronce. Es verdad que alguno sacó clase y que, con fuerza, hubiese sido una gran corrida de toros porque los espadas pusieron todo de su parte.

Ninguno pudo humillar. Tampoco repetir, a excepción del minúsculo, que hasta el último tercio se movió hasta el punto de resultar pegajoso. Todos se lo pensaron, embistieron a oleadas, a paso de comitiva y, por supuesto, sin entrega ninguna.

Con estos mimbres, pocos cestos. Manolo Sánchez repitió vestido. El verde botella, el de la suerte del año pasado, le volvió la espalda. No pudo estirarse ni en un mísero lance de salida. Solo un atisbo de quite dejó la huella de una bella verónica. Al primero lo llevó siempre por arriba. La muleta a la altura de la cadera. Suavidad en las series discontinuas, pese a dejarlo respirar. Sereno de ánimo y con un temple exquisito. Al cuarto, tras dos brevísimas tandas, lo mató de una desprendida.

Paulita sigue sin ver la luz en esta plaza. Ejerció de enfermero en los dos. Los muletazos, la mayoría limpios, salieron de uno en uno. Tesonero. Imposible poder ligar tres muletazos seguidos.

Morenito no les fue a la zaga. Tiró de muñeca y de brazo para sacar algún derechazo estimable en series tan cortas, que llegaron a perderse entre el hastío general. Por cierto, el puesto de Manzanares sigue libre. A ver hoy.

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