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TURISMO

Una ración de paella y un 'Bésame mucho' al violín

Los músicos callejeros, para disgusto de los hosteleros y pesadilla de los turistas, se hacen fuertes en las terrazas veraniegas pasando la gorra a golpe de acordeón.

Un acordeonista toca en primer plano, mientras su compañero 'recauda' al fondo. Es la hora del vermú en las terrazas de la plaza del Pilar.
Una ración de paella y un 'Bésame mucho' al violín
óLIVER DUCH

Se adivinan los sonidos desde la calle de Alfonso I y, al desembocar en la plaza del Pilar, acordeones y ocarinas se confunden con algún que otro violín y, a determinadas horas, con el 'Bendita y alabada'. Para horror de muchos camareros de las terrazas, los músicos callejeros hacen su agosto en la plaza del Pilar colándose entre las mesas y veladores.

"Son muy pesados, muy insistentes, y yo sé que lo hacen sin mala fe porque es su forma de ganarse la vida, pero interrumpen las conversaciones de los clientes y todos los días tocan el mismo repertorio", se queja Francisco José Pérez, de la Cafetería España. En su terraza, como en las de Las Catedrales, la pizzería Augusta o la cafetería Santiago dos acordeonistas de origen rumano hacen su aparición diaria a eso de la una y media. Es la hora del vermú para los autóctonos y de la comida para los turistas, a quienes intentan arrancar unas pocas monedas 'amenizando' sus viandas.

Se abren hueco entre mesas y veladores, sonríen, sacan la gorra y a esperar? En su escaso castellano, confundido con pseudoitaliano ("gracie", "bella señorita" y poco más), dicen que también notan la crisis y que apenas se sacan 30 euros al día. La mayoría de ellos rehusan hablar, aunque, en un aparte, sí explican que muchos de ellos llegaron a España en 2007, cuando Bulgaria y Rumanía, sus dos principales países de origen, entraron en la Unión Europea y pudieron atravesar fronteras libremente.

Casi todos tocan el acordeón o el violín. Los que no son autodidactas, no tienen más formación musical que la que recibieron en las orquestas especializadas en bodas y comuniones de las que formaban parte en sus países natales. Llegaron atraídos por la promesa del Aragón pre-Expo, poco antes de que las vacas comenzaran a desinflarse. Durante el año se les puede ver en el Paraninfo o en la puerta de los centros comerciales, aunque en verano las terrazas son su perdición. Su horario va de 13.30 a 16.00 y de 19.30 a 22.00, y su recorrido habitual incluye las plazas del Justicia y de Santa Marta.

Ambivalencia turística

"Al principio pensaba que los acordeones serían algo típico de Zaragoza -comenta Úrsula van der Harten, una turista alemana bien pertrechada con su plano y su cámara de fotos-. Luego vi que también se oían timbales y organillos y empecé a dudar", dice la joven apurando una paella. Úrsula quería escuchar algo de música aragonesa pero la jota y las 'Kastagnetten' (vocablo germano para 'castañuelas') brillan por su ausencia en la plaza del Pilar. Ella y sus amigos no parecen molestos por los acordeonistas que los acechan, aunque tampoco les dan propina porque consideran que el recital más que una manifestación cultural es un acto de mendicidad.

Los responsables de las terrazas de la plaza del Pilar han pagado este año 91 euros por cada velador al estar situados sus establecimientos en zonas 'de categoría especial'. Tras el gran desembolso (multipliquen por sombrillas o barricas) sienten cierta indefensión cuando sus clientes tuercen el gesto al ver aparecer a los acordeonistas. Estos, con sus instrumentos marca Hohner, interpretan un repertorio que se nutre de la música zíngara y balcánica. De cuando en cuando también se descuelgan con 'Bésame mucho', 'Los pajaritos' u otra melodía de ayer, hoy y siempre.

El fenómeno de los acordeonistas que 'te dan el vermú' no es exclusivo de Zaragoza: ha florecido en todas las ciudades de interior y algunas, incluso, imponen normativas para regularlo. El botón de muestra es Málaga, donde la 'ordenanza contra la contaminación acústica' obliga a los músicos callejeros a pedir un permiso municipal para actuar en la vía pública.

En la capital aragonesa la Policía Local apenas les llama la atención cuando creen que exceden los decibelios o si consideran que la perseverancia de estos aprendices de Paganini violenta a los turistas. De momento, la sangre no ha llegado al río y los visitantes hacen gala de paciencia. "Y eso que para todo tienen", afirman los camareros, señalando a las gitanas que ofrecen sus ramitas de romero (y maldicen por doquier) junto a los vendedores ambulantes de pistolas de burbujas y perritos que ladran.

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