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Zaragoza
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LA CARTUJA

Aquí descansan Lasierra Purroy y Manuel Lasala

Una pequeña, víctima de la Gran Guerra.
Aquí descansan Lasierra Purroy y Manuel Lasala
ESTHER CASAS

Es tan pequeño como hermoso. Un buen sitio para descansar entre cruces de hierro forjado y solemnes panteones que guardan los restos de los protagonistas de horas de conversaciones políticas, revueltas ciudadanas y planes para el desarrollo de la ciudad.

El cementerio de La Cartuja abrió en 1791 vinculado al Hospital Nuestra Señora de Gracia y fue el primer camposanto de Zaragoza, por eso aún guarda los restos de muchos que murieron entre sus paredes. Pero, además, ha sido testigo de las despedidas de hombres y mujeres ilustres que dan nombre a la ciudad. En el panteón de la Beneficencia pueden leerse los nombres que hoy vertebran Zaragoza, como Manuel Lasala, Lasierra Purroy o José Ardanuy. Les acompañan el alcalde Caballero Ibáñez, el doctor Félix Cerrada o Francisco Blesa.

Tumba de nobles, descansan aquí los marqueses de Ballestar, de los que se cuenta que otorgaron a la ciudad estos terrenos para hacer un camposanto. Otra historia, para algunos menos fiable, asegura que fue Ramón Pignatelli el que cedió el emplazamiento para que no hubiera un cementerio cerca de su amado Canal Imperial.

"Esta es tumba de los benefactores del Hospital Provincial y de vicepresidentes, presidentes y secretarios de la Diputación Provincial, aunque muchos ciudadanos desconozcan que yacen aquí", explica el jefe de Protocolo de la DPZ, José Luis Angoy.

Pero la muerte nos iguala a todos. A un lado de este panteón, una parcela llena de pequeñas cruces encoge el corazón de quien la mira, porque descansan en la tierra los pequeños que fallecían al poco de nacer, muchos víctima de las enfermedades del XVIII. Detrás, otro nicho espera vacío después de haber albergado los restos de un canónigo que, por brillante y liberal, fue desterrado de Oviedo por Fernando VII, y que acabó enterrado en este camposanto. Hace diez años fue exhumado para devolverlo a su ciudad de origen. Sin ataúd, solo unas palabras tatuadas en la piedra trataban de hacerle justicia: "Virtute praeclarus, candore eximius, scientia praestantissimus...".

Si se levanta la vista, se descubre el lugar en el que yace un camisa vieja de La Falange y, frente a su tumba, la fosa que se ha cavado para guardar los restos que se espera que aparezcan en María de Huerva, muertos en los fusilamientos de la Guerra Civil. Al lado queda el panteón de una estirpe de toreros y conserjes de la plaza de Toros, los de la familia de José Gracia. "El padre del Tato está enterrado aquí", aseguran.

"La gente no conoce mucho el cementerio, pero está cargado de historia", comenta la delegada del camposanto de la DPZ, Inmaculada de Francisco (PP). Después, ella y José Luis Angoy buscan en la tierra el lugar de la pequeña Edith Emma Francisca Haas.

Esta niña austriaca fue una de las víctimas de la Gran Guerra de 1914. Logró escapar del infierno y fue acogida por una familia zaragozana, pero no pudo superar sus problemas y falleció en la ciudad cuando tenía solo 13 años. Era 1921, y en su tumba, sus amigas zaragozanas grabaron una sentida despedida. Ahora, como tantos, descansa en la tierra de lo que fueron los arrabales de la ciudad.

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