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Zaragoza
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CONTRADANZA DE CETINA

Lo que no se ve en la plaza

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Lo que no se ve en la plaza
Lo que no se ve en la plaza
MIRET/MACIPE

Las medias del diablo. Rosa Velázquez, madre de Sergio, el diablo, cose las medias al pantalón para que no se le caigan, si no le afectará a la concentración. Así lo hace cada 19 de mayo desde hace cinco años.

El tiempo invitaba a los cetineros a terminar la tarde en la terraza de los bares. Algunos chiquillos se arremolinaban alrededor de los puestos de los feriantes y en la plaza, donde ya estaban colocadas las sillas, unas adolescentes charlaban de sus cosas vestidas con la indumentaria de la peña. El pueblo esperaba. Quedaban aún dos horas y media pero empezaba a correr el reloj en casa de Sergio y Juan Manuel Valderrama, Tiarco y Alex Manzano, Arturo Mancebo, Javier Sicilia, Jorge Berdún, Adrián Mancebo y Samuel Cortés.

Bobinas de hilo blanco y negro, agujas y tijera sobre la mesa del salón al que va entrando gente. Es la escena que se repite en estos hogares. Para Adrián y Samuel esto es nuevo, representan la Contradanza por primera vez. "Es muy jovencico aún, tiene solo 17 años", dice Josefina, la abuela de Cortés, que observa las puntadas que daban su hija y otras dos mujeres de la familia.

Samuel está de pie, lleva así desde las 20.00. Ha habido que coserle la camisa al pantalón, y esta prenda a las medias. En la parte final de esta operación el hilo debe de sujetar el fajín para que no se mueva. Lleva su complicación, según comprueban las costureras. "Tiene que quedar suficiente holgura en la parte de atrás para que lo puedan sujetar sus compañeros al hacer las mudanzas", comenta- ba un vecino.

Un pañuelo blanco también cosido y atado al cuello por delante cubre al contradancero la cabeza y sobré él, con puntadas cortas, se fija la careta. "Venga, venga, que ya va el tiempo", insistía Josefina, y Julia, la hermana pequeña de Samuel, se veía nerviosa. Sus ojos estaban brillantes, entraba, salía, miraba el reloj y pedía calma en momentos en los que más de uno de los presentes hablaba a la vez.

La madre de Samuel sacó pastas y un moscatel, su faena había terminado. Esperaba que a los chicos les saliera bien. "Esta noche pasada no he podido dormir", aseguraba. La preocupación se mezclaba con la emoción.

Eran las 22.00. La banda Armonía de Cervera de la Cañada y los contradanceros iban llegando a casa del diablo. La calle se llenó. Dentro, en la bodega, los muchachos picaban algo, recibían a algunos amigos con los que bromeaban y atendían a fotógrafos, periodistas y cámaras de televisión, que son más cada año. "Viva San Juan Lorenzo", gritó uno de los hombres que esperaba la salida.

La primera vara y el santo

A las 22.20, detrás del diablo, fueron apareciendo los protagonistas sujetando las hachas que hicieron el 1 de mayo con cuerda, pez hirviendo y esencia de trementina. Sonaba la música y la comitiva avanzaba hacia la calle de la Estación, haciéndose cada vez más grande con la gente que recogía a su paso. Frente a la puerta de Luisa Rojo Gayán, la primera vara, ardió un manojo de sarmientos secos. "Es una alegría y un honor contribuir a la fiesta", apuntó esta cofrade, que durante todo el año guardará al santo en casa. La noche del jueves se apoyaba en una vara que llevaba encima una pequeña imagen del patrón adornada con un gran lazo rojo.

Con las antorchas encendidas desandaron el camino para acceder a la plaza con el alcalde y el cura. A las 22.55 no se podía entrar aún, alguien tenía que apagar la iluminación. Los mozos se cubrieron la cara y se concentraron. El diablo se preparaba para guiar el baile. "La música es tántrica, yo creo que la Contradanza tiene un origen celta y se fueron incorporando elementos cristianos", explicó en esa breve espera Ana María Duce, una profesora de filosofía que asistió a la representación.

Fueron recibidos con aplausos, dejaron las alpargatas, tomaron posiciones y entregaron las teas a sus hacheros para que durante toda la representación evitaran que el fuego se apagara. "Esta es el Dios de las Aguas? ahora la Resurrección", señalaba Manolo Cano, que fue contradancero y desde hace años hace las máscaras. "Esta es peligrosa", indicó cuando hicieron la campana por alto. Luego fue el turno del Lagarto, la Cama o el Santo Toribio.

La torre humana formó el Castillo mientras una mujer decía que no podía ver la figura por el riesgo que conllevaba. Aplausos y más aplausos en un momento de susto. "Esta es la de la Fuente, antes incluso echábamos agua con una bota", resaltó Manolo.

A las 00.10 llegó el final, colocaron la silla y empezó el afeitado que terminó con la muerte del diablo. La música se aceleró, los contradanceros apagaron las hachas golpeándolas contra el suelo, el público se levantó, envolvió a los protagonistas en el centro y llegaron los abrazos, las felicitaciones, los besos. Después de la agitación y de haber cumplido la misión, estos jóvenes devolvieron al cura a su vivienda, después al alcalde y en casa les esperaban para descoser lo cosido.

Mudanzas y hacheros. En una hora y veinte minutos hacían las 32 mudanzas. Es importante también el papel que tienen los hacheros. Cada contradancero lleva el suyo. Les entregan las antorchas o se las recogen según la figura que componen. Llevan mono azul para proteger la ropa del pez que desprenden.

El refugio. Un momento de distensión en la bodega de la casa del diablo. Es el refugio de los contradanceros antes de empezar el ritual en la calle, donde les están esperando sus familiares y la gente.

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