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EDUCACIÓN

Aprobar bien vale un exceso de ojeras y cafeína

Unos 32.000 alumnos afrontan estos días los últimos exámenes de febrero. Entre bebidas energéticas, marcas de cansancio disimuladas tras el maquillaje y largas horas de hincar los codos, solo queda encomendarse a algún santo y esperar los resultados. Después, a celebrarlo. O no.

Violeta Escolano, Jaime Fdez., Gabriel Vera y Javi Espelosín.
Aprobar bien vale un exceso de ojeras y cafeína
E.C.

Gran dilema después de intensísimos días de exámenes. Ahora que ya van tocando a su fin, los alumnos se debaten entre salir a celebrarlo o recuperar las muchas horas de sueño que se deben a sí mismos. "Los llaman exámenes de febrero, pero en mi caso empezaron ya el 20 de enero", explica con desazón Alberto Muñoz, alumno de Administración y Dirección de Empresas, que acaba este mismo fin de semana y dice no tener ganas ni de celebrar el Carnaval. "Bueno, aún no lo sé -rectifica-. Aunque acabas con los nervios destrozados, un fin de semana te da para recuperarte y salir y evadirte", bromea.

 

Muñoz es el último de la larguísima fila de una fotocopiadora que echa humo y no tardará en 'explotar'. "Saca a este que ha venido a fotocopiarse mis famosas 'nanochuletas'. Le puedes dar el título de 'el colmo de los vagos", bromean otros estudiantes (por su bien, no identificados) esperando 'la vez' de la quejumbrosa máquina.

 

Las chuletas siguen condenadas a la clandestinidad tras el intento fallido de 'legalizarlas' en la Universidad de Sevilla. Aun con todo el 'nanochuletero' sabe que la tecnología juega a su favor, porque -aunque ya cerró la popular Casa del Espía- cada vez son más frecuentes los chivatazos vía 'pinganillo de móvil' e, incluso, el arte de hacerse chuletas se ha perfeccionado con programas informáticos como 'EM-Chuletator' de descarga gratuita en internet.

 

David Cortés y Juan Manuel Esteban, que están en la biblioteca preparando sus pruebas de Contabilidad Financiera y Cálculo Numérico, 'flipan' cuando se enteran de los precios que alcanzan los artilugios invisibles de alta tecnología en la red. Un pinganillo de móvil con cable de inducción y pinzas para el auricular, concebidos en su día para escoltas y policías, cuesta unos 300 euros. "Con ese dinero, te podrías pagar hasta un profesor privado", comentan los alumnos. Además, si el aula cuenta con megafonía, las llamadas y los SMS pueden provocar interferencias (igual que cuando se aproxima un teléfono a la radio) con lo que la táctica no resulta muy discreta.

 

Este año son 31.500 alumnos los que se enfrentan a los exámenes en la Universidad de Zaragoza, a los que hay que sumar otros 717 de la Universidad San Jorge. Todos y cada uno llenan las bibliotecas hasta las 2.00 de la mañana rodeados de apuntes y bebidas energéticas, desarrollan sus técnicas de estudio y, lo que es peor, tienen sus propias supersticiones. Los hay que llevan estampitas de santos (alguna con el reverso escrito), muchos se fuman 'el cigarrito de la suerte' antes de entrar a la prueba y Marcos Ibáñez, alumno de Ingeniería, asegura que "antes de cada examen escucho la misma canción de Patty Smith y, oye, ¡hasta el momento no he suspendido ninguno!". Aferrado a su MP3, Ibáñez piensa en qué discos de su musa le quedan por bajarse de internet porque "en los próximos exámenes de verano sí que vienen curvas"...

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