Zaragoza

VILLAMAYOR

El cementerio del ateo Federico

A menos de un kilómetro del casco urbano se alzan los restos de una construcción enigmática. Ahora se sabe que a fines del XIX un vecino, Federico Sayrols, quiso ser enterrado al margen de la Iglesia católica. Mandó construir un cementerio para él solo en una de sus fincas

El cementerio del ateo Federico
El cementerio del ateo Federico
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Cualquiera que pasee por la partida de Val de Atalaya, en Villamayor, se acabará encontrando con un diminuto edificio medio derruido y devorado por la maleza. ¿Refugio de pastores? ¿Paridera? Su nombre, el Fosal de Federico, da pistas sobre su origen. En realidad, las ruinas son el último vestigio de una historia sorprendente, rodeada aún de muchos misterios. El Fosal de Federico es el cementerio construido a finales del siglo XIX para un solo hombre, un ateo. Y, además, durante décadas el fosal ha sido la última morada de los niños de Villamayor cuyas almas iban al limbo: es decir, de aquellos que morían sin haber sido bautizados.

 

"Esto se sabe por tradición oral -apunta Javier Roche, vecino de la localidad- pero hace muchísimos años que no se entierra a nadie allí". En realidad, ni siquiera en Villamayor se recordaba quién era ese Federico que dio nombre a la construcción, hasta que Roche ha atado cabos y ha descubierto un testamento que lo aclara todo.

 

Se llamaba Federico Sayrols Campomany y era un industrial de origen catalán que, en 1891, viendo que la muerte le acechaba, dictó un testamento fuera de lo común: "?expresa no ser católico, apostólico y romano -escribió el notario Juan Francisco Barta sin ocultar su escándalo- y desear que en su entierro se prescinda de toda ceremonia de culto católico, y que se le dé sepultura como se les da a los que, como él, no pertenece a nuestra Santa religión?". Así que Federico Sayrols dispuso que se construyera un pequeño cementerio en una de sus fincas, apenas una veintena de metros cuadrados, y allí reposan sus huesos. Hoy es un campo de titularidad pública en el que se cultiva cereal, y nadie se acuerda de que aquello fue un cementerio ni del ateo que mandó construirlo."En la documentación figura como 'hacendado forastero' o 'industrial catalán' -relata Javier Roche-. Era el marido de Victoriana Valero, hija del boticario de Villamayor". La familia de su mujer tenía numerosísimas propiedades y era muy pía: su suegro dejó en el testamento muchas donaciones a la Iglesia. Y el hecho de que su hija se casase con un ateo debió de causarle no pocos quebraderos de cabeza. Máxime si se tiene en cuenta que Sayrols era muy 'militante', casi exhibicionista.

Intentó quemar una cruz

Un suceso da fe de ello. El matrimonio Victoriana-Federico heredó parte de la que fue casa de la madre Martina de Arilla, una mujer nacida en Villamayor y para la que se han llegado a iniciar tres procesos de beatificación (1636, 1685 y 1819) hasta ahora sin éxito. La alcoba de esta mujer, que alcanzó el grado de Venerable, permanecía tal cual estaba cuando vivió allí en el último tércio del siglo XVI. Pero en torno a 1864 Sayrols compró a los Valero el resto de la casa. Y un día amontonó en la calle todos los objetos religiosos que encontró y se dispuso a pegarles fuego."Cuando se enteraron los vecinos hubo dos mujeres que quisieron evitarlo a toda costa y se ofrecieron a comprarlos. Y lo convencieron". Una familia de Villamayor posee hoy esos objetos, rescatados de las llamas en el último momento. Se trata de la cruz con la que hacía sus ejercicios ascéticos de niña Martina de Arilla, un cuadro que representa a la religiosa vistiendo hábito dominico junto a dos episodios de su vida, y varios libros antiguos.

 

Investigando la vida de la religiosa, Javier Roche llegó hasta los Valero; de los Valero, a Sayrols; y, de este, al Fosal de Federico. Así se ha cerrado el círculo y se sabe ya a quién perteneció el cementerio donde se enterraban tiempo atrás los niños de Villamayor cuya alma volaba al limbo. Pero aún permanecen algunos misterios. El principal, quién era en realidad Sayrols, cómo se explica su ateísmo recalcitrante, o de dónde le venía el temple para mantener sus ideas contra la corriente imperante de la época. Quiso, como los faraones, una tumba para él solo; anheló, como los ascetas, que fuera humilde y despojada de adornos. Cumplió su último sueño y cayó en el olvido.

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