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PABELLONES...

El faraónico Nilo

Los faraones han vuelto a la vida para recibir a los visitantes que se acerquen al pabellón egipcio. Una exposición de obras del Museo de Arte Egipcio de El Cairo es el principal atractivo. Pero no deje de pasar junto al puesto de un simpático dibujante que escribe su nombre en jeroglíficos.

El Nilo es el río que estructura el país y también el espacio expositivo de la muestra. En torno a este manantial de agua surgió una civilización crucial para la historia de la humanidad. Y en la Expo no podía faltar su representación. Un pequeño riachuelo surca el suelo del pabellón desde el inicio hasta llegar a la cafetería. A su lado brotan plantas y palmeras que emulan las orillas del río. De hecho, el Nilo creó una de las comunidades agrícolas más antiguas del mundo.

La sociedad egipcia ha evolucionado desde aquella época, no así algunos de sus proverbios. Los egipcios creen que sean cuales sean los cambios que llegan con los tiempos modernos, el sagrado Nilo continúa trayendo vida a Egipto y sigue siendo el mismo que daba de beber a los faraones.

Pero este gran imperio, que deslumbró al mundo, nunca se ha olvidado, en parte gracias a sus numerosas obras de arte que dejaron. En el pabellón se muestran doce piezas traídas expresamente del Museo de Arte Egipcio de El Cairo que conforman la exposición “El Nilo…Curso de agua, curso de vida”. Entre ellas destaca una piedra caliza de casi dos metros de largo en la que se representa una ofrenda funeraria sobre una barca en el Nilo. Aún se aprecian muestras de policromía en la pieza.

También se exponen varios modelos de barcos con figuras en ellos. Las embarcaciones son de tipo fluvial con las proas y las popas elevadas. En la popa, solo un timonel se encargaba de los dos remos que servían de timón. Normalmente los egipcios navegaban el Nilo, pero también se atrevieron con el Mar Mediterráneo y el Mar Rojo. De todas sus construcciones navieras han dejado buena muestra gracias a sus esculturas.

En la exposición, llama la atención la cabeza del faraón Amenhotep III que aparece separada de su torso porque se encontró en un lugar diferente. Contrasta la severidad reflejada en los rasgos faciales del faraón con su rejuvenecido cuerpo, todo ello en piedra negra.

Después de tanto arte, conviene tomarse un refrigerio, ¿y qué mejor que un té “La dama” típicamente egipcio acompañado de un dulce de coco? En la cafetería del Lago Nasser se encontrará con faraones que parece que se acabaran de levantar de sus fastuosas tumbas que le harán compañía durante su descanso.

Pero sin duda lo que más demanda la gente es que les escriban su nombre en jeroglíficos. A cada letra del alfabeto latino se le ha asignado un símbolo, y un maestro del arte lo plasma en un papiro por 3 euros.

En la última sala del espacio se pueden comprar alhajas de plata, así como esfinges de pequeño tamaño, moda egipcia, y los, ya de sobra conocidos, escarabajos de la suerte.

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