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De funeral en la sala Edison

El presidente de la Asociación de Discotecas de Zaragoza, Juan Moles, murió el pasado jueves. La ceremonia tuvo lugar ayer en uno de sus establecimientos, por expreso deseo suyo, en la calle de Tomás Bretón.

Quién no le ha comentado alguna vez a un ser querido lo que quiere que se haga el día de su fallecimiento? No se trata de algo en lo que uno piense todos los días, pero es una idea que de vez en cuando viene a la mente. Puede que el deseo de celebrar un funeral en una discoteca parezca extraño. Sin embargo, para quienes conocieron a Juan Moles, que era presidente de la Asociación de Discotecas y Salas de Baile de Zaragoza, tiene todo el sentido del mundo. Él mismo lo pidió expresamente y durante el funeral muchos amigos y parientes comentaban entre ellos: "Este es su sitio".

Una luz tenue y muchas velas blancas compartieron con unas cien personas la despedida de Juan Moles en la sala Edison, en la calle de Tomás Bretón. Todo quedó en familia, incluso el cura que ofició la eucaristía era amigo de Moles desde hacía muchos años. De hecho, el padre Davera fue quien bautizó a su hijo Óscar Moles y con quien compartía su fe. "Juan me dijo en alguna ocasión con sorna: si no existiese Dios nos lo tendríamos que inventar", comentó el párroco.

Por otro lado, un improvisado altar en el centro de la sala sirvió al cura de apoyo para los utensilios de la misa. A su izquierda, un retrato de Moles que, según algunos de los presentes, parecía estar observando a los asistentes. Debajo un centro de rosas rojas y a los lados más flores. Así es como la sala Edison se convierte por unas horas en una singular iglesia. "No es la ni la primera vez ni será la última", aseguró el cura en el momento de comenzar la ceremonia. Con anterioridad un amigo íntimo del fallecido quiso que sus allegados se despidiesen de él en el mismo lugar en el que ayer se dijo adiós a Moles.

A los 62 años aún le quedaban muchas cosas por hacer y por compartir. Moles murió el pasado jueves 7 de agosto después de padecer un cáncer de páncreas terminal. Aguantó la enfermedad seis meses, a pesar de que los médicos le habían dado un mes y medio de vida cuando se la diagnosticaron. Su hijo, Óscar, dejó a un lado los negocios para permanecer al lado de su padre. Pero, según el párroco, " no hay que sentir lástima. "Ahora está en un lugar mejor. Aunque Dios le había preparado una muerte muy dura", añadió.

Un adiós, una jota

Antes de que finalizase la misa, una amiga, María Pilar Palos, quiso homenajear a Moles con una jota. "Solo para Juan, que era una gran persona", indicó antes de comenzar a cantar. Fue un momento intenso que consiguió arrancar, además de las lágrimas, los aplausos de los que se encontraban allí. Después, un susurro llenó la sala. Todos, los amigos y los familiares comentan lo mismo: "¡Qué bueno era Juan!, era único".

"Hoy cuando le he dicho a Óscar que si podía cantar una jota, me ha contestado: Te verá desde el cielo y seguro que te lo agradece", apuntó Palos. Palos conocía a Moles desde hacía 25 o 30 años. "Venimos a la discoteca todos los sábados y los domingos y poco a poco fue creciendo una amistad que llegó a parecerse a un lazo familiar", contó Palos. Otra amiga de ambos añadió que "era una excelente persona". " Otro hubiera preferido cerrar los domingos, porque solo íbamos cuatro parejas de jubilados que no le dejábamos casi dinero. Sin embargo, él prefería abrir para nosotros y estar en nuestra compañía", explicaron las dos mujeres.

Mola solicitó un deseo más. Que sus cenizas fuesen enterradas junto a las de sus perros, todos grandes daneses, que se encuentran bajo un olivo en Almoracín de la Sierra. Sus seres queridos se acercaron por la tarde hasta su pueblo para depositar cerca del árbol los restos de Mola.

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