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PABELLON DE...PAKISTÁN

Encanto escondido

El pabellón pakistaní sorprende por su moderna decoración, aunque fundamentalmente es un bazar, los adornos están cuidados al detalle. Tampoco falta una barra con la típica comida del país, el shawarma, comúnmente llamado kebab.

Como si estuviera en un mercado pakistaní, podrá encontrar desde muebles de madera de paledrosa, a figuras hechas de onyx, o alfombras de lana de oveja típicas del país. Pero el pabellón no se queda en lo comercial, también hace referencias a la relación que mantiene con el agua. De hecho, Pakistán posee una de las redes integradas de irrigación más grandes del mundo. Este mecanismo está compuesto por presas en los ríos desde donde se conectan largos canales. Éstos se enlazan a pequeños distribuidores que llevan el agua a las fincas agrícolas. De este modo se lleva el agua desde los ríos más grandes a los más pequeños formando una estructurada red de canales.

El gran mural que preside el pabellón en un azul intenso hace referencia a este sistema de canales. Las flores que salen de los ríos representan las cosechas que se obtienen en esas zonas a las que llega el agua. El ojo central del panel, simula la visión de los pakistaníes hacia el futuro, ya que están pendientes de lograr una óptima utilización de los recursos hídricos. Las columnas del centro del pabellón hechas con largos troncos de madera pintada de blanco representan a la humanidad, un padre, una madre y un hijo. Estos troncos crecen como un árbol gracias al agua.

Alrededor de la sala, se reparten los diferentes puestos, primero los muebles de madera de paledrosa que oscilan entre los 100 y 1.000 euros según su grado de elaboración y tamaño. Los collares, pulseras y bisutería de plata con cuentas de colores también tienen su sitio, que está justo al lado de los tapices para decorar paredes, y las deseadas pashminas. Estos pañuelos, por los que muchas mujeres suspiran, están diseñados con formas orientales . Además, están de oferta, uno son 10 euros, y dos, 15. ¿Quién puede resistirse?

Mohamed Adil trabaja en el pabellón en el negocio de la familia, la venta de alfombras. Las trae de Pakistán y están confeccionadas a base de lana de oveja o de cabra y de seda. A Mohamed le extrañan las costumbres de los visitantes de su puesto. “Muchos vienen y preguntan el precio, y luego se van. Ni siquiera se quedan a preguntar por el producto. No lo había visto en ningún país en los que he vivido”, explica sorprendido.

Asif es el encargado de la sección de los bronces, muy típicos también del país. Los hay desde pequeñas figuras hasta una tetera de la altura de una persona. “Las cachimbas han sido un éxito, las hemos vendido todas, solo nos queda una”, indica Asif. El último puesto está especializado en onyx, con esta piedra semipreciosa se tallan desde jarrones de un metro de altura a pequeñas tortugas o delfines decorativos.

El restaurante, que consiste en una única barra repleta de dulces tradicionales, y de una parte donde se elabora shawarma es uno de los reclamos del pabellón. Pero sobre todo se llena por las noches cuando la gente va hacia el Anfiteatro o pasea en busca de algo rápido para llevarse a la boca y no parar el ritmo de la visita. Un menú de kebab con bebida sale por 7 euros. Y de postre, un dulce de pistacho y chocolate, o de almendras puede ser una buena opción. El restaurante está abierto desde las 10 de la mañana hasta la 1 o 2 de la madrugada.

Unas fotos de algunas de las zonas naturales más bonitas del país despiden al visitante que se queda con ganas de conocer más de este país. El lago Saif Ul Maluk, el glaciar Baltero o el valle Kaghan son algunas de las maravillas que esconde Pakistán.

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