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VIDA EN LA EXPO

De cañitas por Ranillas

El calor aprieta, los termómetros se acercan a los 40 grados, y la mejor opción para aguantar las peores horas de chicharrina es sentarse en un bar y disfrutar de una cerveza bien fría. No es una crónica de un día cualquiera en una ciudad española, sino un recorrido alternativo por Ranillas.

Uno de los muchos placeres de los que se pueden disfrutar en la Expo es ir de cañas por los bares de los pabellones. Aunque no todos tienen barra, la oferta es muy amplia.

El que más oferta tiene es el de Bélgica, con su amplia carta de cervezas, bien podría llamarse el “Delirium” de Ranillas, en honor al famoso bar de Bruselas. Aquí se pueden encontrar botellas y barriles para todos los gustos, desde la espesa Augustijn, la más demandada por su sabor; La St. Bernardus Abt, una de las más selectas, y caras -cuesta 7 euros-, o diferentes variedades de sabores, como la Wittekerke Rosé, con zumo de frambuesa.

Un poco más abajo está el espacio Alemán, donde por su tradición cervecera se podría pensar que seguirían el ejemplo de sus vecinos. Pero en su lugar, los alemanes han venido con poco material, y solo hay tres tipos. A 4,90 euros se pueden saborear 0,5 litros en un vaso alargado de cristal que nada tiene que ver con el fluvivaso.

Subimos a la primera planta del edificio viento y nos encontramos con Lituania, no muy conocida por sus cervezas pero que está haciendo una gran labor para los espíritus sedientos que vagan por la Expo. Aquí, además de un ambiente fresco por las cortinas de agua que decoran el pabellón, pueden encontrarse con unos simpáticos camareros que sirven estupendas cervezas marca Ekstra a 4 euros el medio litro y 3 los 33cl. Además, tienen una sabrosa sidra de pera, que cumple el mismo requisito: refrescar y alegrar al personal para coger con ánimos la tarde en el recinto.

Continuando por este piso, y sin asomarse mucho a la barandilla por riesgo a precipitarse después de cuatro cervezas y una sidra, llegamos a los ramajes que anuncian el pabellón polaco, o mejor dicho, el restaurante del pabellón de dicho país. Este espacio blanco y poco bullicioso, es uno de los pocos que continúan siendo casi vírgenes para los visitantes. Tal vez por su diseño formal pueda parecer caro, pero en tema de cervezas, no lo es. Un botellín de Zywiec de 33 cl. bien fría se cobra a tres euros.

Al final del pasillo, México espera con sus famosas Coronitas, también llamadas Coronas en el país americano. Sin embargo, es aconsejable salirse de este tópico y probar la local, de la marca Modelo. Tanto la Negra como la Especial ofrecen mayor sabor y calidad. Todas ellas se venden a 3,5 euros por 33 cl.

Enfrente y abajo está el escueto pabellón de Suiza, que sin embargo ha sacado espacio para poner un bar. Además de postres típicos, también se vende una cerveza típica de la zona de Interlaken, la Alpen Perle, muy suave. Aunque su precio hace un poco de daño, 3,80 euros por 33 cl.

Las de Grecia y Nepal, tienen sabores raros que no acaban de convencer al personal, pero no dejan de ser una delicatessen por ser de estos países con poca tradición cervecera. La del país del Himalaya cuesta 3 euros y es de la marca Gorkha. La griega es un poco más cara, y deja un sabor a miel al final. Lo bueno de tomársela en Grecia es la tranquilidad de su bar con una decoración muy cuidada.

Pero después de dejarse el sueldo en cervezas, no puede dejar de probar las de comercio justo que se venden en el Faro. Aquí degustará zumo de cebada de plátano, coco, palma o quinoa por solo 2,5 euros. Aunque no sean santos de su devoción, por lo menos estará contribuyendo con una buena labor.

Tal vez acabe el día cantando aquello de “Prendido a tu botella vacía”… mientras recorre el camino a casa agarrado a algún brazo amigo. Pero seguro que se ha dejado alguna barra aún por explorar, porque no se bebe todo en un día. ¡Así que para la próxima visita!

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