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Calatayud

Oscuridad rota por la Contradanza y el fuego en Cetina

Esta fiesta, declarada Bien de Interés Cultural Inmaterial en Aragón, volvió a ser el acto central de las fiestas de la localidad en honor de San Juan Lorenzo.

Imágenes de la Contradanza de Cetina

Cada año, la noche del 19 de mayo en Cetina tiene una atmósfera particular: emociones a flor de piel, trasiego entre casas, silencio, nervios; todo rodeado de una oscuridad que solo rompe el fuego. De forma invariable, ese día se representa la Contradanza, un espectáculo que tiene lugar en el marco de las fiestas en honor de San Juan Lorenzo y que se compone de 32 mudanzas o figuras alegóricas representadas con el cuerpo de nueve contradanceros y las antorchas que portan.

Pero para que todo salga según lo previsto, detrás hay meses de ensayos, horas y horas de sacrificio y esfuerzo de muchas personas. "Un contradancero no es solo un contradancero, es un equipo", explica Ricardo Torrientes, uno de los participantes más veteranos que ha vivido este año su última actuación y que en dos etapas ha pasado por diferentes papeles. Así, los preparativos para esta edición comenzaron en Semana Santa. "Se aprovechan todos los fines de semana y los puentes, tanto las posturas para evitar percances como el fondo físico, ya que el desgaste es importante", explica Miguel Ángel Morón, maestro de la Contradanza desde hace unos 5 años junto a Luis Mendoza y quien actuó entre el 86 y el 97.

"Hay que tener un entrenamiento, porque es más de una hora y media bailando, yendo de puntillas", detalla Morón. En este sentido, indica que "hay que acostumbrar las piernas, los músculos. Requiere una preparación física intensa". Las sesiones se van repitiendo hasta que llega el día clave. "Desde cuando hay ensayos, ya huele a fiestas. Incluso los vecinos los siguen", reconoce la concejal de Cultura del Ayuntamiento de Cetina Nines Maicas.

En las horas previas, el pueblo está recorrido por esa especie de tensión que rodea las grandes ocasiones. En torno a las cinco de la tarde, los nueve participantes, el diablo y el resto, comienzan a vestirse. "No es vestirse y ya está. Nos tienen que coser los pantalones a la camisa, la camisa a la faja", incide Torrientes. Así, en estas horas previas, además del equipo de costureras, muchas personas colaboran en otras facetas del espectáculo, como es el caso de los hacheros, quienes guardan las antorchas.

Una vez lista la indumentaria, los participantes se reunieron en la casa de la persona que hace de diablo. Desde allí fueron al domicilio de la "primera vara" para encender las hachas en una hoguera y posteriormente recogieron también al cura y al alcalde. De esta forma, en procesión y acompañados de música llegaron a la plaza de la Villa, en un recorrido en el que la emoción lo embriaga todo a su alrededor. Se oye un "caretas abajo" y los contradanceros se meten en su papel.

Al llegar las once de la noche, las luces de la plaza de la villa, en la Comunidad de Calatayud, se apagaron y allí se representaron ‘El retablo’, ‘El castillo’, ‘La puerta del coro’, ‘Los banquillos’ o ‘El afeitado’, a los que acompañaron los aplausos y ánimos de los espectadores. "Cuando subes a la plaza sientes un nudo en la garganta y los nervios de la gente. La contradanza no la bailamos nueve, la baila todo el pueblo. Porque cuando nos corean, nos llevan en volandas", sentenciaba Torrientes.

Una vez que finalizó el espectáculo, el ambiente festivo se extendió por las calles e incluso en el pabellón hasta altas horas de la madrugada con mudanzas improvisadas.





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