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Aragón

ARAGÓN, EN EL DIVÁN

Tras la huella del ser aragonés

Como realidad estrictamente administrativa, resulta sencillo concretar lo que es ser aragonés: lo dice la ley. Más allá de esa definición, los intrincados caminos de los sentimientos y de las características comunes solo pueden desembocar en reflexiones y controversias.

Tras la huella del ser aragonés
Tras la huella del ser aragonés
DAVID GUIRAO

Nada de Fueros, Justicias o árboles de Sobrarbe. La mayor manifestación de algo semejante a una identidad aragonesa tiene lugar cada 12 de octubre en Zaragoza. Es la Ofrenda de flores a la Virgen del Pilar. Alrededor de 400.000 personas acudieron el último 12 de octubre con su ofrenda hasta la plaza más universal de Aragón, el corazón donde palpita uno de los símbolos de la Comunidad.

 

El aragonés no se define por su lengua ni por una cultura única ni, por supuesto, por una raza autóctona, pero parece que mayoritariamente se acepta que existe un carácter propio aragonés, sustentado en la Historia y en la tradición, lo que incluye un Derecho de fundamento pactista. Lo más difícil es hallar las claves de esa identidad, a menudo definida por una serie de personajes excepcionales: Goya, Gracián, Ramón y Cajal, Buñuel... José Antonio Labordeta lo demandaba el pasado viernes: "Tenemos que recuperar pronto la personalidad aragonesa".

 

La ofrenda de la Virgen se ha convertido en solo unos años en un buen referente de esa realidad de hoy, en el que destaca la incorporación al acto de numerosos inmigrantes y en el que se añaden, junto a los trajes tradicionales aragoneses, vestimentas de todo el mundo. La ofrenda es un símbolo tanto del Aragón de siempre como de la aceptación natural de lo que viene de fuera, que es otro de los valores que se proclaman del ser aragonés. El profesor de Sociología Gaspar Mairal recalca que la cifra de oferentes iguala o supera cualquier otra manifestación autonomista o contra el trasvase de las que se han celebrado en la Comunidad. El aragonesismo asociado a la figura de la Virgen es, según Mairal, una de las tres identidades de Aragón que se pueden distinguir a través del tiempo.

 

La primera, que denomina "fuerista", surge en la Baja Edad Media entorno a un mito que responde a los intereses de la nobleza: los Fueros del Sobrarbe. Y de ahí nace el carácter pactista. Hay un auge posterior de esta corriente que data del siglo XIX y principios del XX. Es entonces, en 1904, cuando se erige el monumento al Justicia de la plaza de Aragón de Zaragoza.

 

El entierro de Costa

El segundo carácter identitario se desarrolla entorno a la figura de Joaquín Costa. Es una etapa que Mairal ha definido como el "irredentismo aragonés", con inspiración en el libro bíblico del Éxodo y la idea de la Tierra prometida. Su simbología se refleja en la propia tumba de Costa en el cementerio de Torrero en Zaragoza, en la que aparece como un nuevo Mesías. Su entierro en Zaragoza con la parada forzada por las masas del tren que trasladaba su cadáver a Madrid es, para Mairal, un momento fundamental en la expresión del aragonesismo. Aragón es un desierto por redimir a través del agua. Un asunto que, a su juicio, ha sido utilizado por las elites aragonesas "tanto de derecha como de izquierda" para conseguir el poder y mantenerse en él. Por último, la devoción a la Virgen del Pilar, de significado político-religioso, es la otra cara de esa identidad. Un fenómeno que nace en el siglo XIII para aprovechar la corriente de peregrinos del Camino de Santiago pero que se consolida con el milagro de Calanda, un episodio muy documentado del siglo XVII. Tiene un segundo resurgimiento con los Sitios, cuando el Pilar se convierte en un baluarte de resistencia. Parece ser que de entonces data la fama de la tozudez aragonesa.

 

El profesor Eloy Fernández Clemente, catedrático de Historia Económica de la Universidad de Zaragoza, considera que el origen del Pilar forma parte de ese conjunto de mitos que conforman la idiosincrasia aragonesa. "Son nuestras leyendas", dice Fernández Clemente, pero no hay que explicarlas como si fueran historia, porque no lo son.

 

El catedrático, uno de los fundadores de la revista 'Andalán' en 1970, destaca el amor a lo propio del aragonés, un amor que no llega hasta la hipérbole y que -sostiene- desemboca en el surrealismo cuando alcanza su límite, cuando ya se ha roto el canon. Fernández Clemente se atreve con una definición en un asunto siempre sujeto a interpretaciones: "Aragonés es el que se siente aragonés". Hay diferencias entre el montañés de Huesca o Teruel -más fino- y el habitante del llano, cuyo prototipo es el baturro, aunque el baturrismo, la caricatura del aragonés, ha sido rechazado en general. El caso es que la llegada de masas de inmigrantes, que ha sido asumida como algo positivo, que ha revitalizado muchas zonas de la Comunidad, nos ha pillado en este proceso de recuperación de señas de identidad.

 

"El buen sentido"

Fernández Clemente cita el Derecho, la razón, la sensatez y el buen sentido -"más que el seny catalán", asegura- como elementos de esa identidad aragonesa. Pero también hay una cruz: una dejadez que se materializa en no enfatizar lo nuestro, un fuerte sentido del ridículo y una propensión a rehuir el conflicto, de la que un ejemplo podría ser la postura de la clase política en la reciente ley de lenguas.

 

Acostumbrado a leer la Historia más lejana en huesos y fósiles, la reflexión del paleontólogo Luis Alcalá, director gerente de Dinópolis, pasa necesariamente por la artificiosidad de las fronteras, un detalle demasiado reciente para quien está acostumbrado a desentrañar el pasado de hace millones de años. "Yo no he elegido nacer en Teruel, aunque a mi patria chica le tengo mucho aprecio", destaca. Alcalá considera que hay que buscar lo que nos une más que lo que nos separa, centrar el debate en el espíritu cooperativo de quienes viven en una determinada tierra. "Si no fuera por la inter- acción, seguiríamos en las cuevas", afirma.

 

El catedrático de Historia Antigua Guillermo Fatás, que ha sido director de HERALDO hasta 2008, también ha abordado en numerosos trabajos la realidad de Aragón. Fatás distingue las aportaciones de las grandes personalidades aragonesas y la aportación colectiva, "más compleja y difícil de concretar" que resume en el modo especial de concebir los derechos de la persona, con especial mención a la prevalencia del pacto entre particulares sobre la ley, y el de concebir la política, también basado en el pactismo frente al autoritarismo del monarca en otros lugares. Para Fatás, "salvadas las distancias, el talento político de Aragón y de su dinastía homónima presenta hoy, en el Estado de las Autonomías y en la Unión Europea, aromas de gran modernidad".

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