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Cuatro bodegas elaboran vinos de altura, una moda impulsada por el cambio climático

Proliferan en la provincia los viticultores con viñas que crecen por encima de los 1.000 metros.

El viticultor Manel Roldán, en una de sus viñas de altura de la sierra de Javalambre.
El viticultor Manel Roldán, en una de sus viñas de altura de la sierra de Javalambre.
Heraldo.es

Manel Roldan, un enólogo catalán con vínculos familiares en Camarena de la Sierra, empezará a vendimiar en los próximos días en las estribaciones de la sierra de Javalambre y dejará para octubre las vides que ha plantado a 1.530 metros de altura, el segundo viñedo más alto de la Península Ibérica por detrás de una finca de la Cerdaña que alcanza los 1.700. Pero el caso de Roldán no es único, porque en la última década han abierto al menos otras tres bodegas que producen vino a partir de uvas vendimiadas a más de 1.000 metros de altura.

La empresa vitivinícola Javalambre Viticultura de Alta Montaña de Manel Roldán se suma a otras bodegas asentadas en Mirambel, Rubielos de Mora y Albarracín, todas con vides que crecen a altitudes infrecuentes para este cultivo. En algunos casos, han recuperado viñas antiguas, pero en otros este cultivo aparece por primera vez tan cerca de las cumbres de la provincia.

Roldán ha plantado viñas y ha recuperado "viñedos históricos" en Villaspesa, Riodeva, La Yesa (en la vertiente valenciana de la sierra de Javalambre) y en Camarena, donde bate el récord de altura provincial en la finca del Tío Fructuoso, heredada de su familia. Cultiva variedades propias de la zona, como garnacha, merseguera o tempranillo, para obtener vinos de alta calidad, aromáticos y con un punto de acidez por encima de lo habitual.

Este bodeguero opina que la pujanza de los denominados "vinos de altura" –los producidos por encima de 800 metros– está influida por el "calentamiento global", que tiende a suavizar las heladas en las tierras altas. Admite, no obstante, que, en este entorno, la entrada en producción se retrasa y la cosecha es más modesta respecto a las tierras bajas. La plantación del Tío Fructuoso le proporcionará este año su primera vendimia –1.500 kilos por hectárea tras una recolección testimonial en 2021 de 200 kilos–. Prevé para 2022 una producción total de 6.000 botellas, pero proyecta una ampliación del negocio con la construcción de una bodega en Camarena con una inversión de 150.000 euros.

También Jordi Sola ha decidido apostar por una producción vinatera de altura con su bodega de Mirambel. Afirma que todas sus uvas proceden de "viñedos viejos" que se abandonaron en algún momento por su escasa producción u otros motivos. Sus vides crecen entre 800 y 1.100 metros de altitud en las dos vertientes del Maestrazgo, la turolense y la castellonense. Produce 4.000 botellas al año que comercializa en el entorno más cercano. Afirma que la clave de su producción es aprovechar la experiencia histórica de la comarca en la producción vinatera y reniega de las «modas» que ahora vuelven la vista a los racimos procedentes de fincas altas.

Uno de los pioneros en la revalorización de la viticultura de las sierras turolenses es Jesús Romero, que en 2010 puso en marcha una bodega en Rubielos de Mora con vides que crecen en torno a los 1.000 metros de altitud. Este empresario, que se ha convertido en un referente del vino turolense, vende sus caldos en Teruel, Valencia y Zaragoza, además de exportar parte de su producción.

Entre los bodegueros que se han incorporado a la corriente revitalizadora de las viñas históricas de altura figura Gustavo Calvé, con vides en Albarracín y Gea plantadas a partir de las variedades propias de la comarca.

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