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Amparo Edo, del Coaliment de Utrillas: “Si el local no fuera mío, no podría salir adelante con todos los gastos”

La covid-19 no ha hecho más que agravar un problema de despoblación que está acabando con las ilusiones de esta apasionada de la compra-venta.

Amparo Edo lleva más de 40 años al frente de su tienda en el barrio de las Cien Viviendas de Utrillas.
Amparo Edo lleva más de 40 años al frente de su tienda en el barrio de las Cien Viviendas de Utrillas.
HERALDO

Amparo Edo tenía tan solo 14 años cuando se puso detrás del mostrador de la tienda de su padre por primera vez. Tuvo la oportunidad de estudiar fuera de Utrillas pero tras un intento fallido de un año, volvió al pueblo. Llegó a las Cuencas Mineras junto a sus padres cuando apenas tenía dos años y medio y su hermano todavía no había nacido. Corría la década de los 60 y el trabajo en las minas estaba en auge. “Los mineros ganaban buen sueldo y teníamos mucha faena”, recuerda, con nostalgia.

Pero la minería fue a menos, hasta desaparecer, y aquellos años de bonanza quedaron atrás. Pese a ello y a la temprana jubilación de su padre por dolencias físicas, Amparo siguió al frente de la tienda, junto con su madre, que también llevaba una carnicería. Para poder llegar a todo, su padre compró un local nuevo, justo debajo de su casa, en el barrio del Oeste, también conocido como el de las Cien Viviendas.

Más de 40 años después, Amparo sigue allí, prestando servicio a unos vecinos que no siempre están receptivos a comprar en su tienda. “Muchos prefieren ir a grandes superficies de Teruel o de Zaragoza, o a otros supermercados más grandes que hay en el pueblo”, explica Amparo.

Mientras los ingresos bajan, los gastos o se mantienen o, incluso, suben. “Si el local no fuera mío, no podría salir adelante. La cuota de autónomos, los recibos de luz, agua, teléfono… Son muchos gastos como para tener que pagar también un alquiler. No sacaría beneficios”, asegura. Y eso que, a la fuerza, Amparo se ha acostumbrado a conformarse con lo que venga con tal de no tener pérdidas.

Con este panorama ya de por sí nada alentador, la covid-19 no ha hecho más que poner otra piedra en el camino. Amparo confiesa que en su tienda de alimentación apenas notaba los confinamientos perimetrales. “Fueron días contados”, asegura. Además, la mayoría de su clientela son personas de avanzada edad que, por miedo al contagio, casi no salen de casa. “Son vecinos de toda la vida que se van haciendo mayores y dejan de venir. Sí que venía alguna persona que no había pasado nunca por aquí pero a comprar lo justo, una barra de pan y dos naranjas”, explica.

En este sentido, casi más como labor social que como negocio, Amparo pone todas las facilidades posibles para que este sector de la población tenga sus necesidades cubiertas. “Cuando se van muy cargados con patatas, naranjas y cosas más pesadas, les acerco la compra a casa”, explica. Lo mismo en los momentos más difíciles de la pandemia o en situaciones puntuales. “Tengo un cliente que se ha caído y no puede andar. Su hija me deja el pan pagado a primera hora y yo se lo llevo a la puerta al final de la mañana”, relata.

Por labores como esta, Amparo cree que no solo no deberían dejar de subir todos sus gastos, sino que los establecimientos como el suyo, que mantienen vivos los pueblos, tendrían que recibir más ayudas. “Cuando yo me jubile no creo que nadie me tome el relevo”, lamenta. Lo mismo, vaticina, sucederá con el frutero, el carnicero y el resto de pequeños comercios que hay en el barrio. “Tengo un hijo y lo primero que le dije fue que de ninguna manera se quedara él con la tienda ni montara nada por cuenta propia”, asegura, tras más de 40 años siendo autónoma.

Pese a todo, Amparo reconoce que la tienda ha sido su “salvación” cuando atravesaba malas rachas en lo personal. “Ya me lo dijo mi padre, que solo trabajando y trabajando saldría adelante. Y eso he hecho”, defiende. “Comprar y vender me encanta, pero, para lo que se gana, es un trabajo muy duro”, asegura. Apoyándose en esa pasión, Amparo ha ido aguantando año tras año una rutina en la que apenas ha habido tiempo para las vacaciones y donde el tiempo libre se reduce al sábado por la tarde y el domingo.

Además del Coaliment, Amparo regenta una tienda de ropa en la calle de Aragón de Utrillas.
Además del Coaliment, Amparo regenta una tienda de ropa en la calle de Aragón de Utrillas.
Heraldo

Es en ese día y medio cuando Amparo no abre ni la tienda de alimentación ni su otro negocio, un establecimiento de ropa y otros artículos. Situado en la calle de Aragón de Utrillas, está abierto de lunes a viernes por la tarde. “Con la pandemia me obligaron a cerrar durante varios meses y también con los repuntes. Uno de los cierres me pilló con la mercancía de ropa de invierno comprada y en almacén, sin poder darle salida”, explica. “Cuando he abierto, las ventas han bajado porque la gente no sale a la calle y no necesita ropa”, añade. Para sacarse un dinero extra, además de la venta al público en la tienda, hace cortinas y estores por encargo, compra las telas, las confecciona y las coloca en el domicilio. “En esta situación, la gente está más reticente a que entre a sus casas”, puntualiza, sobre la pandemia.

Por las mañanas, a Amparo siempre se la puede encontrar en el Coaliment, donde vende productos de alimentación, limpieza, higiene y, por supuesto, el pan de cada día. Se lo llevan de dos hornos locales y es de lo que más se demanda. Calcular cuánto comprar a sus proveedores es una de las tareas más difíciles de gestionar. “Los productos perecederos, como fruta, verdura o pan hay que tirarlos si no se venden”, explica.

Entre facturas por pagar y clientes que escasean, Amparo no deja de preguntarse cómo ella tiene que pagar la misma cuota de autónomos que alguien que tenga su tienda en pleno centro de Madrid. “Por el paseo de la Castellana pasan miles de personas y hay muchas más posibilidades de vender que aquí”, dice, como ejemplo. “Tal y como nos están subiendo todo, la luz, la seguridad social… No sé cómo vamos a poder aguantar”, lamenta. A pesar de todo, Amparo seguirá levantando la persiana de su tienda día a día, siempre disponible para quien necesite comprar el ajo que le falte para el guiso, el pan de última hora, el rollo de papel higiénico de emergencia o la tableta de chocolate para un día de antojo. 

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