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Cáncer en Teruel: más tiempo en la carretera que en la máquina de radioterapia

Los pacientes que van a Zaragoza al no haber acelerador lineal en Teruel acaban agotados. Al cansancio que genera la terapia se suma el de los viajes

Carlos sube al taxi que le llevará al hospital Clínico de Zaragoza para someterse a radioterapia.
Carlos, en el taxi que le llevará al hospital Clínico de Zaragoza para someterse a radioterapia.
Jorge Escudero

Ensimismado, Carlos, 60 años –prefiere no revelar su apellido–, ni siquiera mira el paisaje por la ventanilla del taxi. Lo conoce de memoria. La Sierra Palomera brillando al sol, el ancho valle del Jiloca, los tupidos encinares de Paniza y los molinos de viento de La Muela. Desde el pasado 13 de octubre, cuando inició las 30 sesiones de radioterapia contra el tumor que padece en el cuello, todas sus mañanas son así, un viaje de ida y vuelta entre Teruel y Zaragoza. Él es uno de los cerca de 400 pacientes de la provincia turolense que al año tienen que desplazarse a la capital aragonesa para poder recibir el tratamiento curativo, al no haber un acelerador lineal donde viven.

Por el camino trata de distraerse. Comparte con el taxista, Javier, la idea de que en Teruel hay carencias en comunicaciones y sanidad. "Somos pocos votos y nadie nos escucha", sostiene. Y calcula, haciendo operaciones en un papel, el montonazo de kilómetros que lleva en el cuerpo y los que le quedan. Ha hecho, en 8 sesiones, 2.720 –340 por día– y le aguardan otros 7.480 hasta el 26 de noviembre, cuando acabe el tratamiento, lo que equivaldrá a 95 horas de coche. Contrasta con las 5 horas –a razón de 10 minutos cada día– que en total permanecerá bajo la máquina de radiación.

Se muestra optimista por el buen pronóstico de su dolencia, pero no oculta las molestias del constante desplazamiento. "Estoy cansado de repetir el viaje y, además, empleo en esto toda la mañana. Si el acelerador estuviese en Teruel, iría andando a radioterapia y luego volvería a mis ocupaciones", se queja. Trabajador en hostelería por cuenta propia, ha tenido que coger vacaciones. La ayuda de su hermano, con quien vive, le resulta esencial en estos momentos. "Gracias a él tengo la comida en la mesa cuando regreso, yo no puedo ir a comprar ni organizar la casa, porque al llegar necesito descansar", relata.

El trayecto a Zaragoza dura una hora y 35 minutos desde la puerta de la casa de Carlos a la del hospital Clínico. Debido a la pandemia, el desplazamiento, gestionado por la Asociación Española Contra el Cáncer y financiado por la DGA, es casi personalizado. Solo van en el taxi dos pacientes o uno con acompañante, frente a los tres de la era ‘precovid’. Pero hasta viajar en primera puede ser una pesadilla si hay que hacerlo de lunes a viernes durante seis semanas seguidas. Carlos se siente fuerte, pero otros pacientes sufren los efectos secundarios de la terapia.

Tampoco todos los usuarios resuelven el traslado en horario más o menos cómodo, como el que le ha tocado a Carlos, de 10.00 a 14.00. Hay quien sale de casa a las 13.15 y regresa a las 17.00; otros tienen que estar listos para subir al taxi a las 8.30, mucho frío a esa hora en el invierno turolense.

Tarda en salir del hospital Clínico una media hora. En ese tiempo, si hay sitio, el taxi puede aparcar en el lugar designado a sus compañeros zaragozanos, pero no tiene ninguna plaza reservada. En el trayecto de vuelta a Teruel, el paciente explica que la máquina ha dado algún problema y esta vez ha tenido que estar inmóvil en la camilla 30 minutos, cuando lo normal son 10. Le duelen los riñones y antes que estar hecho un cuatro en el asiento preferiría caminar, pero resiste como puede. "Ya me queda un día menos", comenta.

Peor lo pasó –recuerda bien– el día que tuvo que recibir por la mañana en Teruel quimioterapia y por la tarde, en Zaragoza, radioterapia. "Fue muy duro. Me encontraba fatal, con náuseas, apenas pude comer algo. No volví a casa hasta media tarde", revive con pánico, pues le queda todavía una jornada de ese tipo. "Zaragoza está lejos como para depender sanitariamente de ella", opina.

El viaje Teruel-Zaragoza por la A-23 es rápido, pero puede verse comprometido por incidencias meteorológicas. En los 170 kilómetros, hay varios puertos de montaña, el peor, Paniza, a 925 metros de altitud. La nevada histórica del pasado enero hizo que pacientes y conductores se vieran muy apurados para llegar a tiempo a la capital aragonesa, lo mismo que las tormentas de granizo este verano.

Ya en Teruel, Carlos explica que llegar a un hospital desconocido "impresiona". "Aún me pierdo por los pasillos del Clínico", dice. Anécdotas aparte, el agotamiento mental y físico hace mella en él. "No pierdo el tiempo dándole vueltas al coco –subraya–, pero tanto viaje me causa nerviosismo. A media tarde, ya empezaré a pensar en el trayecto de mañana y esta noche, como siempre, dormiré intranquilo, temiendo no despertarme para coger el taxi".

"El día que voy a Zaragoza no lo vivo"

La historia de Carlos es la de otros muchos pacientes oncológicos de Teruel. Joaquín P. considera que el viaje a Zaragoza "es largo si uno no se encuentra bien". Es partidario de que la DGA agilice la creación de una unidad de radioterapia en Teruel aprovechando el espacio del centro sociosanitario San José y no aguardar a que esté terminado el futuro hospital de El Planizar, como planea el Departamento de Sanidad del Gobierno aragonés. "Recuperaríamos la vida cotidiana", subraya. 

Lo mismo piensa Félix, que, recién llegado a media tarde a Teruel tras recibir radioterapia, confiesa que el viaje se le ha hecho "un siglo; el tiempo es aborrecible, yo ya no sé cómo ponerme en el taxi". "Y el día no lo vivo –se queja–. Necesito normalidad". Rosa, de 68 años, dice estar "agotada y con muchas ganas de acabar" el tratamiento. Otro paciente, de 61 años, pide que se valore el riesgo de accidente en carretera antes de enviar a un enfermo a recibir terapia a 170 kilómetros de su residencia.

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