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Las grutas de Molinos y Ejulve, un gran laboratorio sobre el clima del pasado

Sus milenarias estalagmitas revelan que ya hubo cambios ambientales antes, pero más lentos y con menos CO2 en el aire que actualmente

Diego Bayona, director de Medio Natural de la DGA, desgranó en las jornadas las líneas maestras del plan forestal que prevé aprobar este año el Gobierno aragonés.
Diego Bayona, director de Medio Natural de la DGA, desgranó en las jornadas las líneas maestras del plan forestal que prevé aprobar este año el Gobierno aragonés.
Javier Escriche

Las Grutas de Cristal de Molinos y la Cueva del Recuenco de Ejulve, con sus estalagmitas de más de 15.000 años de antigüedad, se han revelado como un gran libro abierto para conocer el clima del pasado, compararlo con el actual y predecir consecuencias. El análisis de los cambios en el oxígeno de los carámbanos calcáreos que formó la lluvia en estas cavidades accesibles al hombre, han permitido averiguar que ya antes hubo fuertes modificaciones climáticas, pero, probablemente, no tan rápidas ni con tanto gas CO2 en la atmósfera como ahora.

La advertencia fue hecha este jueves en Teruel por la geóloga Ana Moreno, del Instituto Pirenaico de Ecología (IPE) –integrado en el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC)–, que en el marco de las jornadas Aragón Climate Week, organizadas por el Gobierno autonómico, subrayó que hay que remontarse a más de 800.000 años atrás para encontrar niveles de CO2 en el aire tan elevados como los que hay ahora. En aquella época, este gas de efecto invernadero se debía a un intenso vulcanismo; actualmente, todo apunta a que tras el calentamiento global se encuentra la actividad humana.

Hay otros sensores de cambios globales en Aragón. Como explicó Francisco Comín, también investigador del IPE, la laguna de Gallocanta y su cuenca, con el descenso continuado del nivel de agua durante las últimas décadas, alerta del calentamiento global. No solo eso. La pérdida de habitantes y de actividad agrícola, ganadera e industrial en la zona habla de la nueva distribución poblacional, con concentraciones urbanas y desiertos rurales.

El evento, que llega a Teruel tras haber recalado en Zaragoza y Huesca, sirvió para analizar ante un centenar de expertos y estudiantes del clima la vinculación del medio ambiente con la agricultura y la ganadería. El veterinario de Binéfar (Huesca) José María Isábal expresó su preocupación por la progresiva disminución de suelo en la comarca Comunidad de Teruel, donde un 10% de su superficie pierde más de 50 toneladas de tierra por hectárea y año, algo que calificó de “brutal”. Isábal apostó por la siembra sin arar, la reducción de herbicidas y el pastoreo estratégico como técnicas para frenar la erosión provocada por métodos agronómicos agresivos que favorecen las escorrentías.

El portavoz de la Agencia Estatal de Meteorología (Aemet) en Aragón, Rafael Requena, otro de los ponentes, destacó que las noches tropicales, aquellas en las que resulta difícil conciliar el sueño al no bajar de 20 grados las temperaturas, son cada vez más frecuentes en las zonas aragonesas de menor altitud. “Los jóvenes quizá no lo sepan, pero antes de 1970, apenas se daban en Zaragoza 4 o 5 noches en verano con tanto calor, mientras que ahora podemos tener 40 días al año con esas temperaturas”, dijo.

El director general de Medio Natural y Gestión Forestal del Gobierno de Aragón, Diego Bayona, explicó que la cada vez mayor agresividad del clima, con episodios de elevada precipitación de agua y nieve, como las borrascas Gloria y Filomena, generan unos daños en la masa forestal que obligan a realizar costosas actuaciones, restando inversiones para otros cometidos.

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