Teruel
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Las masías fortificadas de la sierra de Gúdar, entre el mito y la decadencia

Un inventario comarcal incluye 25 de estas construcciones, que algunas especulaciones vinculan con los templarios y su supuesto plan para controlar el territorio.

La masía de Los Frailes, en Nogueruelas, una masía fortificada recién catalogada
La masía de Los Frailes, en Nogueruelas, una masía fortificada recién catalogada
Javier Ibáñez

La comarca de Gúdar-Javalambre presenta una de las mayores concentraciones de masías fortificadas de la provincia de Teruel con 25 de estos edificios catalogados, en torno a la mitad de las que llegaron a existir en la época de más esplendor. Este tipo de construcciones defensivas se encuentra inmerso en un acelerado proceso de abandono y ruina como consecuencia de la despoblación y de la decadencia del hábitat disperso, muy extendido hasta hace un siglo pero actualmente residual.

Según el trabajo de catalogación del arqueólogo Javier Ibáñez, nueve de las 25 masias supervivientes –aunque en muchos casos drásticamente transformadas con edificaciones adosadas o reformas– están en ruinas y otras siete están en camino. Solo dos están habitadas permanentemente, una de ellas en Mora de Rubielos tras haber sido reconvertida en hotel. La divulgación de este recurso cultural centra las VI Jornadas de Patrimonio de la Comarca de Gúdar-Javalambre, que se celebrará los días 16 y 23 de octubre en Puertomingalvo y San Agustín, respectivamente.

Javier Ibáñez aprovechará las jornadas para desmontar algunos mitos que han calado hondo entre la población respecto al origen y función de las masías fortificadas. Explica que el supuesto nacimiento asociado a la Orden del Temple –presente en la comarca entre los siglos XII y XIII– es un bulo surgido de investigaciones poco rigurosas sobre este fenómeno arquitectónico. También es una especulación fantasiosa que su disposición sobre el territorio obedece a un plan preestablecido por los templarios para controlar el territorio y hacer frente a las incursiones musulmanas.

Ibáñez señala que las masías aparecen en Gúdar-Javalambre "un siglo después de la Reconquista" con lo que su supuesto papel defensivo frente a las incursiones musulmanas no encaja. Por otro lado, el fin de estos edificios fortificados dispersos por el campo es, fundamentalmente, el aprovechamiento agropecuario de una explotación configurada en su entorno. Añade que el potencial bélico de estos edificios era muy limitado frente un ejército y se levantaron para hacer frente al bandolerismo o a las rivalidades entre familias.

El investigador aclara que, las masías fortificadas, servían también para "dar prestigio" a sus propietarios, que para levantarlas tenían que disponer de los recursos económicos necesarios y, además, conseguir la autorización del señor feudal correspondiente. Normalmente, eran promovidas por la baja nobleza o por campesinos enriquecidos.

Las más antiguas se remontan a la Edad Media, su época dorada, pero se siguen construyendo hasta el siglo XIX aunque, progresivamente, pierden su función defensiva y el aspecto de fortaleza tiende a quedar limitado a un papel decorativo. Las ventanas y los vanos se amplían y las almenas se convierten en pináculos ornamentales. La última masía fortificada o «torreada», como prefiere llamarla Javier Ibáñez al declinar su componente bélico, se levantó en la posguerra de la Guerra Civil, probablemente con un espíritu nostálgico o historicista.

La mayor parte de las masías fortificadas se levantan en los municipios más septentrionales de la sierra de Gúdar y limitando con el Maestrazgo, la comarca que compite con Gúdar-Javalambre en número de masías fortificadas supervivientes –más lejos quedan el Matarraña, el Bajo Aragón, las Cuencas Mineras y Teruel–. Alcalá de la Selva es el pueblo con más ejemplos, con seis masías conservadas, seguido de Puertomingalvo, con cuatro.

Este modelo de hábitat disperso se extendió por toda la provincia, con 70 ejemplos registrados, pero Gúdar-Javalambre y el Maestrazgo acaparan el 73% del total. Ibáñez alerta del peligro de "extinción patrimonial" que amenaza a este conjunto de fortificaciones dispersas por el territorio, que "después de estar habitadas durante treinta generaciones están desapareciendo al despoblarse". A su juicio, la alternativa del uso turístico o como segunda residencia tiene un alcance limitado.

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