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Teruel

historia

Diciembre de 1933, la revolución que incendió el Bajo Aragón

El libro ‘La Tierra Baja en llamas’ cuenta el levantamiento anarquista que quiso acabar con la República.

Los seis guardias destinados en el cuartel de Valderrobres en diciembre de 1933 con la niña Adela Espallargas, que resultó herida por un disparo de los revolucionarios.
Los seis guardias destinados en el cuartel de Valderrobres en diciembre de 1933 con la niña Adela Espallargas, que resultó herida por un disparo de los revolucionarios.
Revista Técnica de la Guardia Civil.

Las comarcas del Bajo Aragón y el Matarraña fueron en diciembre de 1933 uno de los principales focos de la sublevación armada liderada por la Confederación Nacional de Trabajo (CNT) que sacudió buena parte del país y que pretendía acabar con la II República para implantar un nuevo modelo de sociedad, el comunismo libertario. La intentona, que apenas duró un fin de semana, fue sofocada con la intervención del Ejército y se saldó con media docena de muertos en la provincia de Teruel y un millar de presos. El historiador Fermín Escribano y el periodista de HERALDO Luis Rajadel relatan aquella efímera sublevación y sus consecuencias en el libro ‘La Tierra Baja en llamas. Diciembre de 1933, por la senda de la revolución’, que se presenta a las 19.30 de este miércoles en el museo Pablo Serrano de Zaragoza.

El volumen, publicado por la editorial Comuniter, forma parte de la colección ‘Es un decir’. Recupera, a partir de la investigación de los sumarios judiciales abiertos como consecuencia de la revuelta y de otras fuentes, el origen, la evolución, el final y las consecuencias de la revolución que incendió el norte de la provincia de Teruel entre los días 8 y 11 de diciembre de 1933.

El trabajo de Escribano y Rajadel bucea en la abundante documentación judicial generada por el procesamiento de revolucionarios de Alcañiz, Valderrobres, Alcorisa, Calanda, Beceite, Mas de las Matas y otras localidades.

‘La Tierra Baja en llamas’ cuenta como los revolucionarios, siguiendo las consignas de la CNT, se echaron a la calle provistos de un heterogéneo armamento para apoderarse del poder local, en un primer paso para conquistar el poder estatal. La sublevación pudo ser controlada con relativa facilidad por el Ejecutivo, que tuvo que recurrir al Ejército. Una compañía de infantería con base en Tarragona se encargó, por ejemplo, de recuperar el control de Valderrobres y Beceite. Se puso marcha entonces un oleada represiva que llevó a prisión a cientos de anarcosindicalistas.

Aunque el episodio no se caracterizó por su crudeza, el libro cuenta los brotes de violencia registrados en el Bajo Aragón y el Matarraña. En Valderrobres, un revolucionario murió abatido por los disparos de los guardias cuando intentaba arrojar un artefacto incendiario contra el cuartel. En Alcañiz, fue un guardia civil el que pereció al recibir varios disparos de los revoltosos en una barricada.

El fracaso se saldó con una avalancha de presos que atestó las prisiones de Teruel y con unos procesos judiciales que terminaron con decenas de condenas por «sedición». La amnistía decretada por el Gobierno en 1934 puso en libertad a la mayoría de los condenados y los pocos que siguieron encarcelados salieron a la calle con el triunfo del Frente Popular en febrero de 1936.

Como explica el historiador Luis Antonio Palacio Pilacés en el prólogo de ‘La Tierra Baja en llamas’, con este libro Teruel pasa a ser la provincia «mejor estudiada» respecto a la revolución de diciembre de 1933.

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