Teruel

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Vides a 1.300 metros, la viticultura vuelve a la Sierra de Albarracín

Dos hectáreas con las que el agricultor Gustavo Calvé pretende elaborar entre 8.000 y 10.000 botellas al año. Un vino, que según asegura, tendrá una mayor calidad al haber madurado la uva de forma más lenta.

vides sierra de albarracín
Los viñedos se encuentran en las laderas que miran al sur para buscar el sol
G.C.

El éxodo rural de los años 60 y 70 acabó casi por completo con la viticultura en la Sierra de Albarracín. Estas vides no solo sufrieron el abandono de aquellas personas que se marcharon a la ciudad, sino que algunas se arrancaron con el objetivo de cambiarlas por un cultivo más rentable, pues este se destinaba mayoritariamente al consumo local. Así, con el afán de recuperar la viticultura en esta zona, de ofrecer una oportunidad en una comarca castigada por la despoblación y de aprovechar la tendencia emergente de producir vino de altura, el albarracinense Gustavo Calvé decidió, en 2015, recuperar la viña en la comarca de la Sierra de Albarracín. “Mi pasión por el vino comenzó en la tienda familiar que regento en mi pueblo y al descubrir los beneficios que aporta la altitud a la maduración de la uva, y posteriormente al vino, decidí embarcarme en esta aventura”, explica este joven.

Una aventura que comenzó, con la ayuda del ingeniero agrónomo, enólogo y asesor vitícola, Julio Prieto, con la plantación de viña en una tierra familiar en Albarracín, y, que, más tarde, en 2018, se extendió por Bezas y Gea de Albarracín, donde se encuentra recuperando viñedos antiguos. En total, dos hectáreas que se encuentran entre los 1.170 y 1.300 metros de altitud. “La sequía y los largos periodos de temperaturas altas están generando que los viticultores busquen terrenos cada vez más elevados, ya que las uvas con estos factores, que cada vez más se dan con mayor frecuencia, maduran demasiado rápido, lo que provoca que se aceleren los tiempos, y se comience a vendimiar antes, algo que no es lo deseado pues las propiedades organolépticas al vino se las da la piel de la uva, que no ha desarrollado todo su potencial”, señala Calvé.

En Aragón, ya son varios los ejemplos que se pueden encontrar de viñas de altura, como el de la localidad turolense de Rubielos de Mora , a 929 metros sobre el nivel del mar, o el del municipio oscense de Barbenuta, en el valle de Tena, a más de 1.300 metros.  Y es que la amplitud térmica de hasta 20 grados entre el día y la noche y las temperaturas no tan elevadas por el día ralentizan la maduración, lo que potencia la acumulación de aromas en la uva. “Durante la noche, al estar a una temperatura inferior a 10 grados, la planta deja de ‘trabajar’ lo que provoca que la maduración de la uva sea más lenta y prolongada”, anota Calvé. Además, la mayor radiación, por la mayor cercanía al sol, hace que la piel de la uva tenga un mayor grosor lo que supone una mayor protección frente a las posibles enfermedades. “De hecho, en nuestro caso, no utilizamos ni azufre –asegura el mismo–, que la normativa de la agricultura ecológica lo permite, al ser completamente natural, pero el aire tan sano y el grosor de las hojas hace que no sea necesario usar nada para proteger a las plantas. Tan solo echamos abono natural”. Todo ello genera un vino menos alcohólico, con una mayor acidez natural y con una mayor capacidad frente la oxidación al tener un ph muy bajo. “Aunque estos suelos son más pobres y dan cosechas de menor cantidad, los vinos tienen una mayor calidad”, indica el joven agricultor.

También las temperaturas más bajas provocan que los viñedos, recuperados por Calvé, se sitúen en las laderas que miran al sur. “Ya lo hacían nuestros antepasados, pues cuando las vides se encuentran a altura se debe buscar al sol”, apunta. También, de los viticultores que hubo en la Sierra de Albarracín nació la idea de utilizar la uva garnacha y bobal. “Estas son las que mejor se adaptan a las condiciones de la zona, pero fue Julio Prieto el que me ayudó a seleccionar la variedad concreta que mejor se iba a aclimatar”, explica este albarracinense.

Pero no todo ha sido fácil, a la falta de ayudas para emprender esta aventura que, como el mismo declara, “quién sabe si en un futuro puede crecer y generar turismo enológico”, se suma la presencia de corzos, que le han obligado a vallar los terrenos. Eso sí, el entusiasmo no le falta a este joven y prevé poder comercializar este vino, que ya ha registrado bajo la nombre Esencia de Albarracín, en cuatro o cinco años y del que espera elaborar entre 8.000 y 10.000 botellas al año.

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