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Dudas razonables el crimen ¿sin resolver? del pintor turolense Abel Martín

En su fallo, el tribunal dio por buenos muchos de los argumentos del Ministerio Público y de la acusación, pero sembró de dudas sus fundamentos jurídicos al considerar que no había quedado suficientemente demostrado que algunas de las piezas que se localizaron llegaran a estar en la casa de la víctima.

Calle de los Ricos Hombres.
Calle de los Ricos Hombres de Mosqueruela, municipio de procedencia de Abel Martín.
Antonio García/Bykofoto

Hechos probados. "Entre las 13 y las 16 horas del día 5 de agosto de 1993 (...) un individuo no identificado, bien solo o bien actuando conjuntamente con otro u otros, provocó violentamente la muerte de Abel Martín Calvo". Hoy persisten "dudas razonables" sobre quién lo hizo. Al menos para la Justicia.

No así para los investigadores, que tras unas largas e intensas pesquisas que les llevaron hasta el complejo mundo del mercado del arte, tuvieron clara la autoría de la muerte de un serígrafo vanguardista, natural de Mosqueruela (Teruel), donde nació en 1931 y adonde llegó su cuerpo 62 años después para recibir sepultura.

Con 20 años, Abel Martín viajó a París, donde conoció a otros españoles introducidos en el mundo de la creación artística de la capital francesa, entre ellos a Eusebio Sempere, con quien estrechó profundos lazos de amistad y de colaboración. Hasta el punto de que, ya en España, ambos compartían un chalet en el número 80 de la avenida de la Victoria, en Aravaca, una exclusiva zona residencial de Madrid.

Allí cuidó Abel Martín a Sempere durante su larga enfermedad, de la que fue tratado por el doctor Montezuma, un médico de Coimbra (Portugal) en quien confiaron para si no curar, al menos aliviar al artista enfermo.

Sempere murió en 1985 y Abel Martín se quedó en el chalet, donde apenas recibía visitas -prefería quedar con la gente fuera de la casa- y en cuyas paredes y estanterías reposaban diversas obras de arte, entre ellas algunas valiosas láminas de Picasso y de Miró.

Magdalena, la asistenta, era de las pocas personas que accedían a la casa tras la muerte de Sempere, Y fue ella la que la mañana del 6 de agosto, como hacía desde hace muchos años, abrió con su llaves el chalet, limpió la planta baja, enjuagó incluso cuatro botellines de cerveza que vio por ahí y subió al piso de arriba, algo mosqueada porque no se oía ruido alguno.

Fuentes de la investigación recuerdan a Efe que la asistenta, tal y como declaró después, vio algunos marcos desmontados y vacíos en uno de los dormitorios e, intuyendo que algo extraño había pasado, salió de la casa, se dirigió al bar La Roceña, que frecuentaba Abel Martín, comprobó que no estaba allí y expresó sus temores al dueño del establecimiento.

Juntos recorrieron la vivienda del pintor y subieron hasta la buhardilla. Allí yacía el dueño de la casa, vestido, con una toalla tapándole la cara, signos de violencia en su cuerpo y un orificio en la frente que podría haberlo producido un disparo.

Enseguida se descartó y las primeras investigaciones apuntaron a que el orificio pudo haber sido realizado con un punzón.

"El agresor o agresores, utilizando al menos un objeto inciso-contuso-punzante, causó a la víctima tres heridas inciso-punzantes en región torácico-abdominal, siendo estas últimas mortales de necesidad al afectar al corazón", recuerda la sentencia del caso.

Y añade: "El fallecido presentaba también heridas en las manos típicas de lucha y defensa. Es factible que el objeto inciso-punzante o arma empleada en la producción de las heridas en la cabeza y en la zona torácico-abdominal de la víctima fuera el mismo".

La escena del crimen dejada una cosa clara: la víctima conocía a su o sus verdugos, porque estos le taparon la cara para que no les reconociera y no había señal alguna de que la puerta de entrada del chalet y las ventanas fueran forzadas. Necesariamente, tuvo que abrirles el pintor.

Al principio los rumores y los medios de comunicación lanzaron el móvil sexual como hipótesis más probable del crimen, pero los investigadores de la Comandancia de la Guardia Civil de Madrid encaminaron sus lupas hacia el robo de obras de arte que faltaban en la casa, entre ellas alguna de los artistas Julio González y Serge Poliakoff, valoradas en millones de pesetas.

También faltaba -y no era un detalle baladí- un "peculiar" televisor de bolsillo de la marca Panasonic, no muy fácil de conseguir. Pero allí seguían las obras de Picasso y de Miró.

No desanimó a los agentes encargados del caso que obras de dos artistas tan considerados y valorados hubieran sido despreciadas por los autores de la muerte del serígrafo y siguieron insistiendo en la hipótesis para ellos más probable: la del robo cometido por alguien que conocía a la víctima.

Con todo lo recabado en la escena del crimen, los investigadores de la Guardia Civil se metieron de lleno en el mundo del arte, del negocio que le rodea. Estudiaron minuciosamente las obras que habían sido robadas, escudriñaron fotografías que se habían tomado dentro de la casa para comprobar si faltaba alguna obra mas....

Pero nada les llevaba hasta los autores. Todas las pistas se perdían en la nada.

Los agentes siguieron interrogando a todos los que pudieran haber tenido relación con el pintor fallecido, sobre todo en los días o semanas previos a su muerte. De este modo, según el relato de las fuentes consultadas por Efe, se consiguió averiguar que Abel Martín había tenido la visita de unos portugueses.

Tiraron de ese hilo y averiguaron que un portugués, el doctor Montezuma, había atendido a Sempere en su enfermedad. Rápidamente, y tras diversas gestiones, se pusieron en contacto con él. El médico confirmó que había tratado al pintor enfermo y que, incluso, había ido a la casa de Aravaca con uno de sus hijos.

Montezuma tenía dos vástagos: Gonzalo y Manuel José. Ambos habían tenido problemas con la justicia y habían tenido una galería de arte. Las pesquisas iban dando sus frutos y llegó a comprobarse que los hermanos llevaron una de las obras robadas en el chalet de Abel Martin a una galería de Coimbra para venderla.

También hallaron en poder de uno de ellos un televisor Panasonic de bolsillo idéntico al sustraído.

Un buen número de indicios que para la Guardia Civil apuntalaban su convicción de que los hermanos, que habían estado en Madrid en junio y julio de ese año y con los que en agosto iba a encontrarse la víctima, estaban relacionados con la muerte.

España cursó una comisión rogatoria a Portugal para enjuiciar aquí a los hermanos, pero las autoridades lusas no vieron pruebas suficientes para acusarles y la denegó.

Pero el tesón de los investigadores volvió a poner a los hermanos en el centro de la acusación después de que apareciera en una sala de subastas de Bruselas un lote de piezas que supuestamente habían pertenecido al pintor asesinado, como una denominada "Hombre cactus", de Julio González.

La Agencia Efe informaba el 17 de noviembre de 2000 de ese hallazgo, dado a conocer por la Guardia Civil en una rueda de prensa en la que participó el agente de homicidios Joaquín Palacios, el investigador que se había convertido ya en un experto en arte en su empeño por llevar a buen fin la que se bautizó como "operación Artista".

Una vez comprobado que las piezas de la casa de subastas de Bruselas las había llevado un portugués, que más tarde reconoció que se las compró a los hermanos Montezuma, se pudo traer a España a los hermanos para enjuiciarles por el homicidio de Abel Martín.

Y llegó el juicio y después, en diciembre de 2008, la sentencia.

En su fallo, el tribunal dio por buenos muchos de los argumentos del Ministerio Público y de la acusación, pero sembró de dudas sus fundamentos jurídicos al considerar que no había quedado suficientemente demostrado que algunas de las piezas que se localizaron llegaran a estar en la casa de la víctima.

Algunos testigos, incluido un sobrino del fallecido, tampoco pudieron asegurar en la vista que las obras que les mostraron en la sala fueran las que había en el chalet de Aravaca.

Y aunque el tribunal sí creyó que las piezas de Julio González halladas en Bruselas pertenecieron a Abel Martín -"nadie ha reclamado dichas obras invocando un título de propiedad alternativo", dice la sentencia-, no se aportaron "rastros objetivos" de su venta por los hermanos.

Respecto al televisor de bolsillo, no se probó que coincidiera el número de serie con el que tenía el pintor ni se refutó la versión sobre su tenencia que ofreció uno de los hermanos.

En suma, el tribunal no vio pruebas que situaran a los dos hermanos o a uno de ellos en el escenario del crimen, aunque reconoció que al que se vio en Coimbra ese día a las 11.11 horas en una gestión bancaria, pudo haber tenido tiempo suficiente para llegar a Madrid y matar al pintor.

Pese al "amplio y minucioso trabajo de investigación realizado desde el primer momento", el tribunal constató "la ausencia de indicios inequívocos" en el caso.

Así, la Audiencia de Madrid entendió que no había quedado acreditado, "más allá de toda duda razonable, que ambos acusados o bien uno de ellos dieran o diera muerte a Abel Martín y participasen o participase en el apoderamiento de una parte de las obras artísticas que se encontraban en la vivienda de la víctima".

"Dicho de otro modo (...), los indicios existentes no son suficientes para enervar la presunción constitucional de inocencia de la que, como ciudadanos, son titulares, y ello en relación con los graves hechos por los que son acusados. En definitiva, procede la absolución de Gonzalo Manuel y de Manuel José Franco da Silva".

Entonces... ¿Quién mató a Abel Martín?

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