Teruel

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Alpeñés, la alegría de vivir en familia y el entusiasmo por las tradiciones

Su bajísimo censo no es óbice para que la convivencia sea casi idílica, a tenor de los testimonios de sus vecinos; la localización y la calidad de vida son otros valores de los que se presume.

Hay un doble consenso en Alpeñés: efectivamente, son pocos, pero de verdad (de verdad de la buena) se llevan de maravilla. Nada de ‘pueblo pequeño, infierno grande’, letanía que sobrevuela otros lugares con fundamento en viejas rencillas. Aquí, si las hay, están enterradas.

María Teresa García es la primera en dar fe del asunto. Nacida en Calatayud, vivió toda la vida en Zaragoza y lleva unos años en Alpeñés. "Mi pareja y yo decidimos probar suerte aquí; él tenía raíces en el pueblo y nos apetecía probar en la ganadería. Empezamos con ovejas, y ahí seguimos. No puedo estar más feliz, en el pueblo nos acogieron con los brazos abiertos. Ahora mi madre se ha venido conmigo". Teresa, la mentada, tiene a todo el resto de la familia en Zaragoza, pero prefiere el pueblo como base. "Allá viviendo ya no me pillan –dice en alusión a Zaragoza, con ojillos pícaros– aquí se está muy bien". Además de las faenas personales de cada cual, en el pueblo se turnan para atender el club social. No es una cuestión de servir cafés, sino más bien de limpiar y estar al tanto de las existencias. "Nos toca una semana a cada uno, tienes que estar pendiente –explica María Teresa– y luego cada cual se sirve lo que quiere, paga y listos. Lo veréis en muchos pueblos pequeños, es cuestión de hacer las cosas bien y no hay problemas. Durante el año no hay más de 20 personas fijas, pero estamos muy unidos, aquí se arma una cena en cualquier momento y nos ayudamos para lo que haga falta".

Otro testimonio rotundo es el de Marcelino Arnal, octogenario, soltero y orgulloso de su elección de vida; ha residido siempre en Alpeñés, entre el campo y la granja. Recuerda que aquí, además de ovejas, se criaron toros. La sonrisa no se de despinta, y en el pueblo lo quieren mucho. "Me jubilé hace no mucho, y dejé mis cosas a los sobrinos. Yo era casi recién nacido cuando estalló la guerra, mi familia la pasó en Balconchán, al lado de Daroca, donde estaba un hermano de mi padre. Tras la guerra volvimos a Alpeñés, y fuimos levantando el pueblo poco a poco, aquí no quedó nadie durante la guerra. Fue duro, nos quedamos sin nada, pero supimos levantarnos; lo que pasa es que en los años 60 muchos emigraron. Yo no, y no me arrepiento".

Entusiasmo

Víctor Marco es el alcalde desde hace dos legislaturas. También tiene ganado, y asume con gusto su papel de pastoreo administrativo. "Creo que volveré a salir como alcalde, porque solamente estoy yo. Y me siento afortunado, porque hoy –en referencia al día de la visita– estáis en el pueblo más maravilloso de Aragón, no sé si lo sabéis y no lo digo solamente por el pueblo en sí, es más bien por la gente que tenemos. Por otro lado, estamos en una situación privilegiada para los servicios, tenemos unas vistas magníficas que incluyen la antigua ermita de San Cristóbal a la que siempre se le ha llamado ‘del castillo’, una torre impresionante en la parroquia que está algo inclinada como la de Pisa o Alcaine… la iglesia es nueva, yo no conocí la anterior, que se hizo en el siglo XVIII y amenazaba ruina tras la guerra. En los años sesenta se arregló más o menos la mitad del edificio, que es lo que nos queda hoy; se conserva la portalada original".

El estado de bienestar que proclama Víctor se extiende a la economía. "Aquí no cobramos a los vecinos agua ni basuras, y los impuestos se han fijado al mínimo legal. El que es vecino todo el año, va a cazar gratis. Vamos, que la idea es ayudar al que decide apostar por el pueblo. Por otro lado, queremos hacer un mirador y se han recuperado unas casas, algunas compradas por el ayuntamiento, otras cedidas que estaban en estado ruinoso. Me gustaría tenerlas listas del todo este mes de agosto, para que las vean lo visitantes. No hay casa rural ahora mismo, pero sí contamos con una particular que tiene apartamentos en alquiler, ya sean para cazadores o gente que viene a pasar un tiempo en verano".

En el pueblos se ha constituido recientemente la asociación cultural el Cirujudo, llamada por una peña rocosa cercana. La Fiesta de la Langosta es el primer sábado de junio y se prepara durante muchos meses antes; hay una comisión que se reparte las tareas. "En octubre volvemos con otros pueblos de la zona en octubre, siguen viniendo una docena aunque hay menos gente ahora por las fechas y el tiempo. Existe una cofradía que suelen encabezar los alcaldes de cada pueblo, nos organizamos para limpiar luego la ermita, un pueblo cada vez, y compartimos los pequeños gastos. Es un edificio del siglo XVII que se arregló hace medio siglo. Su viejo altar mayor se rescató cuando estaba en muy malas condiciones en los 60, y se llevó a Cella, donde se restauró. En agosto llegan las fiestas de verano, en honor al patrón San Lamberto; antes eran el 19 de junio. Los pregones los damos los vecinos, por sorteo, somos nuestros propios ilustres –bromea– y disfrutamos al máximo".

La Virgen de la Langosta reúne a pueblos de todo el contorno

El santuario de la Virgen de la Langosta es una pequeña ermita reformada hace ahora medio siglo, que recibe a numerosos pueblos de la contornada en dos ocasiones cada año. El primer sábado de junio, los vecinos de Alpeñés van en romería hasta allá: son dos kilómetros y medio de paseo que debido a la orografía se hacen en algo más de media hora a paso normal. Luego, el primer sábado de octubre se reúnen allí todos los pueblos de la zona en el llamado Día del Sitio, que se corona con una sardinada (más su correspondiente trago de vino) ofrecida a todos los presentes.

La tradición viene de lejos. En el medievo, el terror al efecto devastador de las plagas sobre las cosechas de pueblos cercanos hizo que los vecinos de Alpeñés pidieran a la virgen que cuidase de su tierra. No hubo plaga y empezaron a subir cada año en agradecimiento a la ermita del Rosario, que pasó a llamarse la de la Virgen de la Langosta. La leyenda vincula la imagen con dos despoblados, Villagarda y Langosto.

En datos

Comarca: Comunidad de Teruel.

Población: 22.

Distancia a Teruel: 63 km.

Los imprescindibles

La iglesia de San Andrés

El maestro de obras Valero Catalán, de Galve, inició la construcción en el siglo XVII. La torre es del alarife Francisco Quílez, que la concluyó en 1762. Tiene un retablo de la Virgen del Pilar procedente de la ermita de la Langosta.

El agua

La casa de la fuente junto al lavadero conserva su fachada antigua; la fuente, que tiene al lado un lavadero recientemente reformado, ofrece un agua tan buena que es normal ver gente de otros pueblos con garrafas.

Vestigios históricos

El poblamiento más antiguo en el término reside en restos de sílex del Eneolítico, como el situado en el Alto Sur de la Fuente de la Tejería Vieja. De época romana se conoce el yacimiento junto a la ermita de la Virgen de la Langosta.

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