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Más autovías y un tren moderno, la solución para sacar a Teruel del pozo

La provincia reclama los proyectos prometidos que duermen en los cajones de los despachos.

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Las comunicaciones soñadas en la Provincia de Teruel.
Heraldo.es | Teruel Existe

"Solo saldremos del pozo en el que nos encontramos con trenes y carreteras que acaben con el aislamiento de esta provincia". La frase, del portavoz de Teruel Existe Paco Juárez, resume el espíritu que late tras la reivindicación de la población turolense en materia de infraestructuras de comunicación. Sin ellas serán baldíos los fondos que se destinen a la generación de tejido industrial o al mantenimiento de servicios básicos, porque la gente seguirá buscando otro lugar para vivir y trabajar.

La provincia reclama poco más que lo prometido por los sucesivos gobiernos centrales. La autovía A-68 entre Zaragoza y Vinaroz (Castellón) pasando por Alcañiz está iniciada, pero atascada dentro de la pesada maquinaria burocrática. Se anunció que estaría terminada en 2020, pero hasta hoy solo es una realidad el tramo de 15 kilómetros Zaragoza-El Burgo de Ebro. Cualquier localidad del Bajo Aragón está a más de 100 kilómetros de una autovía, algo inadmisible en el siglo XXI.

La A-40, entre Teruel y Cuenca está, directamente, paralizada en el trámite medioambiental. También se prometió una autovía, la A-25, entre Alcolea del Pinar (Guadalajara) y Monreal del Campo con salida hacia Tarragona, pero hoy no pasa de ser una simple idea. Lo único que la ciudadanía ha pedido por encima de las promesas electorales es lo que se ha dado en llamar la ‘Autovía de las Cuencas Mineras’, un eje que uniría todos los anteriores y continuaría hacia Alicante, recorriendo la provincia de suroeste a noreste. Aquí, el acuerdo era construir variantes en las 7 poblaciones por las que pasa la N-420 transformando esta carretera convencional en una vía rápida, pero salvo en el caso de Alcorisa, el resto de los proyectos han ido desapareciendo de los Presupuestos Generales del Estado.

Apartados del Ave

Otro de los capítulos sangrantes es el del tren. La cada vez más densa malla del AVE esquiva por todas partes a la provincia de Teruel, que tiene que conformarse con un ferrocarril de vía única sin electrificar cuyo deterioro obliga a los trenes en algunos tramos del Jiloca a circular a 30 kilómetros por hora. El material rodante, si se toma como ejemplo los achacosos ‘tamagotchis’, es más propio de épocas pasadas que de la actualidad.

El corredor ferroviario Cantábrico-Mediterráneo, la gran compensación que ofreció el Gobierno español a Teruel en 2004 por dejar a la provincia fuera de la línea de AVE Madrid-Cuenca-Valencia, es hoy por hoy solo una ilusión en el tramo Zaragoza-Teruel. Mientras de la capital aragonesa hacia Bilbao se desarrolla un eje de gran capacidad con doble vía electrificada para viajeros y mercancías gracias a una inversión comprometida de 12.000 millones de euros, entre Zaragoza, Teruel y Valencia, la línea se parchea con 335 millones. Las esperanzas están puestas en la Unión Europea, que acaba de aprobar la inclusión del recorrido turolense en el mecanismo Conectar Europa, lo que abre la puerta a que un buen proyecto de modernización del tren lanzado desde el Estado español pueda recibir hasta un 50% de financiación del Gobierno europeo.

A la lamentable situación del tren Zaragoza-Teruel-Valencia, se une la falta de comunicación ferroviaria con Madrid. Y es que Teruel sigue ostentando el triste título de ser la única capital de provincia en España sin conexión con el centro peninsular. La situación estratégica que ocupa la ciudad, un cruce de caminos entre Madrid y Barcelona y entre Bilbao y Valencia, no la ha salvado del destierro que sufre en materia de comunicaciones.

Y otra de las asignaturas pendientes es internet, la autopista por la que circula la información y una herramienta imprescindible para poner en marcha cualquier negocio. Los problemas de acceso a la telefonía móvil en gran parte del medio rural y la falta de banda ancha en 234 de los 355 núcleos de población que hay en la provincia, desaniman a emprendedores y nuevos pobladores a instalarse en el territorio y acrecientan la sensación de encierro que envuelve a los habitantes de muchos pequeños municipios.

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