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TERUEL

Un casamiento cargado de sorpresas

LEONOR FRANCO. Teruel Actualizada 14/02/2009 a las 16:15
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Carmen ParísANTONIO GARCÍA

"Lo que Dios ha unido no se atrevan a separarlo los hombres". Con estas palabras selló ayer el obispo de Albarracín el enlace de Isabel de Segura y Pedro de Azagra, una boda de conveniencia fraguada por dos de las familias más poderosas de la villa y de su entorno.

 

Los esponsales, celebrados en el atrio de la catedral, centraron durante buena parte de la mañana la recreación teatral de la leyenda de los Amantes, en una jornada soleada pero de intenso frío, que no mermó, sin embargo, la participación popular. De hecho, poco antes de las doce y media, la hora prevista del enlace, los alrededores de la plaza del Ayuntamiento permanecían a rebosar de público, a la espera de ver a Pedro, pero sobre todo, a Isabel. Este año, la joven de semblante triste, estaba ataviada con un vestido de tonos verdes y dorados, elaborado con terciopelos, gasas, brocados y sedas; todo un conjunto de texturas que configuraron un modelo de inspiración románica.

 

La regia figura de varios caballeros templarios y el sonido del cuerno y de los timbales anunciaron la presencia de los novios: ella a lomos de un caballo blanco, él sobre un rocín de color azabache.

 

Guirnaldas y arcos de flores decoraban un escenario de fiesta, que solo se turbó cuando el obispo de Albarracín preguntó a Isabel: "¿Vienes libre de coacción y limpia de pecado?". Mucho le costó a la joven pronunciar un azorado "si padre".

 

La boda estuvo cargada de sorpresas, como el vuelo rasante de un halcón que portaba los anillos de los novios. La pirueta del ave arrancó los aplausos del público, como también los provocó la presencia de Carmen París interpretando a capela una versión medieval de uno de sus boleros. La cantante aragonesa participó en la escena con un pequeño papel, en el que dio vida a una prima de Pedro de Azagra de Tragacete (Cuenca), que había permanecido cautiva durante dos años en la localidad valenciana de Ademuz.

 

El asombro llegó al máximo cuando entre los regalos que recibieron los novios figuró un camello, "procedente de Namibia y para que hagas los paseos por la vega del Turia", dijo el padre de Azagra.

 

Los muchos presentes de la comunidad musulmana de la villa, los ritos de encantamiento y de hechizo o las danzas de cinco pajes con cintas entrelazadas y coronas de flores no lograron borrar, sin embargo, el rictus apesadumbrado que mostró Isabel durante toda la ceremonia. Ese gesto hacía presagiar la tragedia.

 

El anuncio de la muerte de Diego de Marcilla, el enamorado de Isabel -un falso rumor que se extendió como la pólvora- planeaba en el ambiente. Solo Pedro de Azagra y su familia reían las gracias de niños y mayores.

Un desfile de los grupos que participan en la ambientación medieval por el Casco Antiguo, así como la entrada en la ciudad del rey Jaime I con sus caballeros fueron algunos de los actos destacados en la noche, iluminada con el destello de las numerosas hogueras de las jaimas.





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