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Aragón
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Blog - Los desastres de la guerra

por Gervasio Sánchez

EN PRIMERA PERSONA

"La soledad no la quieren ni los perros, pero a todo se hace una"

A Justa Baquedano Bueno no le gusta la soledad, pero ha acabado acostumbrándose. Pasa las horas haciendo punto, cocinando o paseando. También visita al médico y se afana por cumplir rigurosamente con todas las actividades cotidianas. Tiene 83 años y, aunque nació en Valtorres y se crió en La Vilueña, ahora vive en Ateca, en una casa de tres plantas que está en el centro, y donde, afortunadamente, tiene su habitación, la cocina- comedor y el aseo en una misma estancia.

Las visitas, a menudo, se reducen a una hora los lunes, cuando recibe a la asistenta social del Servicio Social de Base Tres Ríos, que le hace algunas tareas de limpieza. Este centro es uno de los ocho con los que cuentan las 67 localidades de la comarca Comunidad de Calatayud. Desde el Tres Ríos atienden a doce pueblos: Ateca, Bubierca, Bijuesca, Castejón de las Armas, Carenas, La Vilueña, Moros, Terrer, Valtorres, Munébrega, Torrijo de la Cañada y Villalengua. "Pedí que vinieran más días. Tendrían que ser por lo menos dos a la semana porque no tengo la casa como me gustaría", se lamenta Justa.

A diario intenta salir a la calle. Todas las tardes va a un bar del pueblo donde se toma un poleo con galletas integrales. "La soledad no la quieren ni los perros, pero a todo se hace una", afirma esta mujer, que se entretiene viendo la televisión y haciendo punto. Enseña con orgullo un vestido que ya tejió su madre, cojines, varios gorros y parte de un jersey que tricotó para uno de sus cinco hijos y que ha deshecho para empezar otra labor. "Algún rato, también voy al local de la tercera edad", asegura, aunque no le gustan ni las cartas ni el bingo.

Su teléfono está conectado a un centro de atención. Justa guarda un colgante blanco con un pulsador rojo para pedir ayuda en caso de urgencia. Son los dispositivos de teleasistencia de la Diputación Provincial de Zaragoza, que ella solo ha usado en una ocasión. "Llamé una vez que oía ruidos en la puerta y enseguida me contestaron", dice.

Ella misma hace la compra o la encarga por teléfono. Se la llevan a casa, "y si hay que abrir alguna botella, les digo que me la abran", añade. De las comidas se encarga también sola. "No quiero que me la traigan, me gusta mucho guisar y me hago todo sin grasas: acelgas, patatas, judía verde, zanahoria...", dice Justa. "Cada vez que apago la cocina doy gracias a Dios por ayudarme a conservar la memoria", recalca.

Además, cada día tiene que tomar cinco pastillas que se reparte entre la noche y la mañana. Y tiene un truco: las cajas de las que ya se ha tomado las saca de la bolsa de plástico que tiene encima de la mesa camilla y las deja en la encimera.

Las buenas costumbres

Una vez por semana, Justa va al médico. Mientras enumera sus dolencias, insiste en su gratitud a las farmacéuticas de la localidad por su amabilidad y por ser tan atentas con ella. Esta octogenaria no quiere saber nada de residencias, "¡ni me las nombres!", responde rápidamente. "Para vivir sola tienes que valorarte y hacerte la valiente", reconoce. A pesar de todo, ella prefiere la independencia, levantarse, comer y vivir a su ritmo.

Lamenta que se hayan perdido algunas costumbres: "Antes las mujeres salían y conversaban en la puerta", recuerda. Confiesa que alguna vez echa en falta compañía, sobre todo desde que falleció su vecina y menciona algo que leyó: "Hay más gente en el mundo sola que acompañada". Estos días, Justa valoraba si acudir a la comida que se va a celebrar por Santa Lucía, aunque son 14 euros que abonar con su pequeña pensión de 400. "Es por salir de la monotonía... ¿Así se dice, no?", se pregunta.

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