Aragón

ACCIDENTE AÉREO EN PEÑAFLOR

«No sentí miedo, solo impotencia por sufrir el accidente en mi avión favorito»

José Antonio Cañabate y Sergio Monzón sufrieron un accidente aéreo en Peñaflor el sábado 16 de julio. La Bücker en que volaban, un biplano del año 1930, se quedó sin potencia y acabó destrozada. El piloto y el pasajero salieron ilesos.

Bücker Bü 131 del Aeroclub de Zaragoza accidentada en Peñaflor
L. S.

«Veníamos volando a 2.000 pies (unos 600 metros) desde Leciñena. A la altura de Peñaflor, el motor se quedó sin potencia. Mientras buscaba el terreno idóneo para el aterrizaje, intenté arrancar el motor dos veces. No hubo suerte. Escuché cuatro o cinco explosiones. Vi el campo adecuado justo enfrente de nuestra posición. Entré un poco alto porque había árboles, así que tomé a mitad de campo. El tipo de terreno era perfecto, la toma fue buena. Pero el campo era insuficiente. Dimos un salto de un metro y medio hacia una zona arada. Desde el aire no había podido apreciar esa diferencia de altura entre ambos terrenos. Al saltar, el avión cayó con el morro o con la pata y, al chocar contra la tierra, capotó».

José Antonio Cañabate nunca olvidará esos segundos, el instante exacto en el que el avión que pilotaba, una Bücker Bü 131 original de 1930, se fue abruptamente al suelo con sus dos ocupantes: «Salí rápidamente y me aparté por si el combustible nos jugaba una mala pasada. Mi pasajero, Sergio Monzón, me pidió que le ayudase porque no lograba salir. Rápidamente le asistí y nos alejamos del avión».En un abrir y cerrar de ojos

Fue prácticamente un abrir y cerrar de ojos. Y de ahí, un constante flujo de emociones. «No me dio tiempo a asustarme, tampoco después del accidente. Sí que sentí impotencia, rabia, fastidio por haberlo sufrido en mi avión favorito. Pero la próxima semana pienso volver a volar. Evidentemente, no le he cogido miedo», confiesa Cañabate, a quien todos sus colegas reconocen una enorme pericia por haber resuelto la complicada situación sin lesiones.

«La parte más importante de la formación que recibimos los pilotos es para las emergencias. Él la resolvió de manera brillante», reconoce Luis Sánchez, vocal de vuelo del Real Aeroclub de Zaragoza. En la Bücker siniestrada había experiencia de sobra. «El pasajero que iba a bordo es piloto de aviones y helicópteros. Se ha hecho socio del Aeroclub hace poco. Cuando se nos paró el motor, no nos lo podíamos creer. Una vez que pudimos salir del avión, tuvimos que llamar al 112. Me concentré en planear lo máximo posible y aterrizar. No me dio tiempo a avisar a la torre de control», explica el piloto.

Los dos ocupantes se alejaron del avión. O, mejor dicho, de lo que quedó de él. «Realmente, la imagen de la Bücker destrozada es muy impactante, pero el daño parece mayor de lo que es. Podríamos decir que ese avión es como un Fórmula 1. El compartimento en el que van los ocupantes está reforzado. Esa parte no quedó destrozada. El resto, que es de tela y madera, sí», explica Cañabate, que junto a Monzón, su compañero de aventura, pasó aquel día por el hospital, donde solo fueron objeto de un simple chequeo. No se hicieron nada, ni un rasguño, al contrario que la Bücker en que viajaban. Ocho décadas después, voló por última vez.

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