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Tercer Milenio

Mario Gros: "Aún nos preguntan si somos gallegos cuando nos ven tocar la gaita"

Profesor de gaita de boto aragonesa en la Escuela Municipal de Música y Danza de Zaragoza y fundador del colectivo Biella Nuei, ha dedicado varias décadas a la investigación y divulgación de la música tradicional. 

Mario Gros es profesor de gaita de boto en la Escuela Municipal de Música de Zaragoza.
Mario Gros es profesor de gaita de boto en la Escuela Municipal de Música de Zaragoza.
Francisco Jiménez.

A los 20 años, a través de Biella Nuei, inició su propia cruzada, la de recuperar los sonidos tradicionales, ¿misión cumplida?

Siempre estamos en el camino y en ese recorrido, como mucho, alcanzas algunas metas volantes.

¿Sería una la recuperación de la gaita de boto aragonesa?

Es un sueño cumplido. En los años 80, cuando iniciamos nuestro trabajo de investigación y recuperación, la gaita estaba en trance de desaparición, quedaban poquísimos gaiteros y escasos instrumentos. Ahora, el panorama ha cambiado más allá de lo imaginable. Hay varias escuelas y numerosos músicos, que tocan en diferentes puntos de Aragón y cada vez con más calidad, interés y rigor. No obstante, sigue siendo un instrumento minoritario y desconocido. Todavía hay aragoneses que nos pregunta si somos gallegos cuando nos ven tocando la gaita en Zaragoza.

Hablando de gallegos. Carlos Nuñez dice que hay que sufrir para que la gaita suene bien, ¿a qué cree que se refiere?

Al tocar un instrumento tradicional, la transmisión de sensaciones va mucho más allá del puro ejercicio, es decir, siempre hay algo detrás, aquello que los flamencos llaman el duende o el quejío. Me imagino que hace referencia a la total entrega del intérprete. Yo soy más hedonista y me centro en disfrutar.

¿Y qué siente cuando hace sonar la gaita?

Por un lado, un vínculo con mis antecesores, mi pasado y mi tierra, a lo que ayuda el sonido del instrumento, ya que enraíza con una tierra dura y agreste, tal y como dijo Labordeta; y por otro, un sentimiento de alegría, al poder transmitir y comunicar a través de un instrumento que deseas sea escuchado y acogido ahora y en un futuro.

Ha empezado un nuevo curso, ¿cuántos alumnos tiene y cuál es su perfil?

Somos dos profesores y tenemos unos 60 alumnos. Hay un grupo de niños, que disfrutan de cada clase; y después, adultos, la mayoría hombres, aunque cada vez hay más mujeres. Hay un salto generacional. Con muy pocos alumnos entre los 15 y los 35 años. No hemos conseguido enganchar a los jóvenes.

¿Cuál es el motivo? ¿Se pierde la batalla frente al hip-hop o el reguetón?

Yo creo que es algo sistémico. A esa edad, lo heredado, lo tradicional, lo local... no les interesa. Sus compromisos son otros. Tienen más relación con el medioambiente o el voluntariado.

¿Y puede influir el desconocimiento? ¿Saben qué es una gaita de boto?

La gran mayoría de los jóvenes no, como tampoco saben qué es trillar o qué es una era, a excepción de aquellos que lo han vivido y forman parte del medio rural.

Además de folclorista e investigador, usted es lutier. ¿Qué le llevó a construir instrumentos? ¿Aún sigue haciéndolo?

Me llevó la necesidad de contar con instrumentos tradicionales como la gaita de boto o el salterio, ya que no había posibilidad de conseguirlos de otra forma. A través de Biella Nuei, emprendimos la labor de medir los instrumentos antiguos, hablar con los antiguos instrumentistas y, a partir de allí, tratar de hacer reproducciones que fuimos perfeccionando. Y fue un trabajo apasionante, muy creativo, es algo casi milagroso ver cómo surge de tus manos un objeto que tiene esa cualidad mágica de producir música. En la actualidad, ya no construyo, salvo alguno para algún amigo o la familia.

¿Y sigue activo como músico?

Sigo colaborando en diferentes formaciones, en la grabación de algún disco y además, tenemos un grupo familiar, La Marca de Ifigenia, dedicado a la interpretación de música tradicional, con un particular interés en el legado sefardí. El grupo está formado por mi mujer, Concha y nuestros dos hijos, Marina, que toca el arpa y canta, y Martín, que toca el bajo, el contrabajo y la gaita. Yo toco instrumentos más particulares de viento y cuerda.

¿A ellos sí que los ha conseguido enganchar?

No los hemos forzado. De hecho, comenzamos siendo un dúo y fue su decisión unirse. Ambos son unos músicos excepcionales. Martín forma parte de numerosos grupos de diferentes géneros, del jazz al punk, y Marina, también tiene sus propias formaciones.

La gaita de boto es el elemento central del dance aragonés. ¿Cuántos perduran en Aragón?

Se celebran al año entre 90 y 100 dances. La cifra es variable, ya que son formaciones amplias, de entre 20 o 30 personas, y por lo tanto, difíciles de mantener en pequeñas poblaciones. Se conservan con mucha fuerza en Los Monegros, el Moncayo o en la Ribera Alta del Ebro. Se trata de un rito muy querido y además, una importante seña de identidad.

¿Dónde está su riqueza? ¿Tiene el reconocimiento que merece?

En mi opinión, es el entramado festivo más complejo, interesante, variado y rico que tiene Aragón, con diferencia. Sin embargo, no es conocido ni reconocido. Apenas acuden espectadores de fuera de la localidad. Muchos aragoneses no tienen ni noción de su existencia. A nivel institucional, tampoco está lo suficientemente valorado. Y eso que hablamos de un rito que reúne antiguos textos y danzas ancestrales, incluye una parte teatralizada, una rica indumentaria y un complejo desarrollo, con mudanzas en el interior de los templos, representaciones o pasacalles.

¿Qué le falta para gozar de la popularidad de la jota?

Durante el último cuarto del siglo XIX, la jota se eligió como elemento representativo de Aragón, eclipsando al resto, que quedaron prácticamente silenciados, sin presencia social ni exterior.

Algunos por elección y otros por obligación, han introducido a las mujeres en los grupos de dance. Ya era hora, ¿no?

El fenómeno comenzó en los años 60, en su mayoría por necesidad, fruto de la propia despoblación. En la actualidad, aún hay localidades en las que cuesta hasta nombrarlo. El tiempo acabará dando la razón a quién la tiene, es decir, a la naturalidad con la que debe verse la presencia de la mujer en el dance.

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