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"La catástrofe de Biescas fue el resultado de una combinación de factores explosiva"

El hidrólogo José María García Ruiz, investigador jubilado y exdirector del IPE, publicó cuatro meses después de la riada un detallado estudio sobre las causas. 

José María García Ruiz es investigador emérito del IPE en la especialidad de Hidrología Ambiental
José María García Ruiz es investigador emérito del IPE en la especialidad de Hidrología Ambiental
Heraldo

La catástrofe del barranco de Arás es el resultado de una combinación de factores “explosiva”: la intensidad de la lluvia (200 litros en una hora y una intensidad máxima de 515 litros por hora durante 8 minutos); laderas y un cauce muy pendientes (20% en el tramo final del torrente) y el arrastre de materiales muy erosionables que aceleraron la fuerza de la crecida. Pero sobre todo las fatales consecuencias tienen que ver con la instalación de una infraestructura tan vulnerable como un campin en un cono de deyección de alto riesgo. Son las conclusiones de un estudio dirigido por José María García Ruiz, profesor de investigación emérito en el grupo de Hidrología Ambiental y exdirector del Instituto Pirenaico del Ecología (CSIC).

¿Por qué se produjo la catástrofe del campin de Biescas?

El barranco de Arás era muy activo y por eso a principios del siglo XX los ingenieros decidieron construir un cauce artificial escalonado, con 40 presas de retención de sedimentos, para que no llegasen al cono de deyección donde se instaló el campin. Pero la calidad de las presas era muy pobre, colapsaron, se cayeron como un dominó y aportaron todo el sedimento, que fluyó bruscamente, bloqueó el cauce artificial y desvió las aguas y los sedimentos hacia donde estaba el campin: troncos, piedras… Además, se había hecho una restauración forestal para prevenir la erosión en la cuenca.

En resumen, se dio una conjunción explosiva de tres hechos muy claros: un barranco extremadamente activo con unos 2 km finales con una pendiente tremenda del 20%, excepcional en un barranco, y donde el agua puede alcanzar una velocidad y una capacidad destructiva muy grande. Un barranco que atraviesa por una zona de materiales que se desmoronan fácilmente, en conjunción con una lluvia de carácter casi excepcional: cayeron del orden de 220 litros por metro cuadrado en una hora y cuarto, algo poco frecuente. Y la localización más inadecuada para una infraestructura tan frágil como un campin.

Esta imagen se tomó dos días después de la tragedia. Se ve el cono de deyección donde se asentaba el campin (la masa de árboles a la derecha) y el cauce artificial de comienzos del siglo XX parcialmente relleno de los sedimentos aportados por la avenida.
Esta imagen se tomó dos días después de la tragedia. Se ve el cono de deyección donde se asentaba el campin (la masa de árboles abajo a la derecha) y el cauce artificial de comienzos del siglo XX parcialmente relleno de los sedimentos aportados por la avenida.
José María García Ruiz

¿Esto podría suceder hoy?

Afortunadamente no parece que haya infraestructuras frágiles en situación de riesgo extremo, pero lluvias de alta intensidad se dan todos los veranos. Hubo una similar poco después, de 70 litros en 15 minutos, en un barranco afluente del río Estarrún, en Aísa. Produjo una inundación local fuerte pero en un lugar donde no había ninguna infraestructura. Casi nadie se enteró.

Una de las presas rotas por la fuerza de la crecida. Al romperse, el agua arrastró los sedimentos allí depositados.
Una de las presas rotas por la fuerza de la crecida. Al romperse, el agua arrastró los sedimentos allí depositados.
José María García Ruiz

La tormenta pues no fue excepcional.

La lluvia de 1996 en Biescas tuvo un carácter especial, duró más tiempo del previsible. Nunca hemos sabido por qué la tormenta quedó fijada en un mismo sitio, a 5 o 6 km del campin. Afectó a toda la cuenca del barranco de Arás pero el núcleo más activo estuvo en el barranco afluente del pueblo de Betés. Después de la riada se arregló el barranco y se construyó una gran presa de retención de sedimentos.

En las inundaciones del Ésera en 2013, se repitió la imagen de otro campin arrasado por el agua junto al cauce, en Castejón de Sos.

Son lecciones que nos han enseñado que hay que estar lejos de los ríos. Un principio básico es conocer el funcionamiento de los ríos y el espacio que ocupan en momentos de grandes avenidas, y a partir de ahí evitar la ubicación de infraestructuras, y en ningún caso viviendas o instalaciones turísticas porque en algún momento los ríos reocupan su cauce.

Foto tomada en el barranco de Betés, afluente del Arás. Muestra el brutal tamaño de los bloques transportados por la avenida hasta el campin.
Foto tomada en el barranco de Betés, afluente del Arás. Muestra el brutal tamaño de los bloques transportados por la avenida hasta el campin.
José María García Ruiz

¿En qué medida ha mejorado la previsión meteorológica para alertar de estos fenómenos intensos?

Sí, ha mejorado, pero prever el lugar exacto es prácticamente imposible. Las autoridades tienen que asumir el riesgo real y estimar medidas más amplias para evitar que colapsen determinadas infraestructuras.

No basta con que haya una lluvia de alta intensidad, además esto tiene que confluir con un territorio que favorezca el rápido desplazamientos de los caudales. La zona del campin era de bastante riesgo y de hecho había mapas que así lo indicaban. Pero ese tipo de trabajos científicos se quedan en una estantería de un ministerio. Ese barranco ya se había definido como de riesgo alto precisamente por la fuerte pendiente del último tramo. Sí que es verdad que los ingenieros de montes habían hecho una gran obra de restauración y en los 80 el cono de deyección donde se asentó el campin daba una impresión falsa de seguridad porque el barranco se había restaurado.

¿Viviremos muchos episodios extremos a partir de ahora con el cambio climático?

En momentos de cambio climático, en los muchos que ha habido a lo largo de la historia de la Tierra, los eventos extremos suelen ser más acusados y más frecuentes, y por lo tanto estos podrían ser un reflejo, pero hay que tener una perspectiva temporal más amplia.

El botánico e investigador del IPE Pedro Montserrat ya advirtió de la peligrosidad de ese cono de deyección por la presencia de un arbusto, el espino amarillo (Hippophae rhamnoides). “Es mata de mal agüero -decía-, de ambiente torrencial, de rambla indómita que algún día volverá por sus fueros; quisiera ser mal profeta”. 

Él tenía una perspectiva muy aguda acerca de la relación entre las plantas y el ambiente en el que se instalan. Las plantas son indicadoras de determinados fenómenos naturales, como la torrencialidad, porque son resistentes al paso de corrientes de agua y reflejan la ocurrencia de ciertos eventos extremos. Vio que existía una planta en el cono de deyección que era muy indicativa de esa torrencialidad. Lo publicó (antes de la riada) en una colección de varios tomos sobre Aragón. Él decía que ese torrente era todavía muy activo y no debería haber ninguna infraestructura porque acabaría teniendo algún problema. Pero si alguien publica algo acaba en una estantería y nadie le da más importancia. No todo el mundo lo lee, ni siquiera las personas que deben tomar decisiones. Montserrat tenía mucha relación con Pérez Bujarrabal, el técnico que emitió un informe en contra de la instalación. El informe no muy extenso pero sí contundente.

El árbol muestra la imagen de la altura que alcanzó el agua durante el pico máximo de la avenida.
El árbol muestra la imagen de la altura que alcanzó el agua durante el pico máximo de la avenida.
José María García Ruiz
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